Noche 11 al 15

NOCHE 11

—Por cierto, ¿por qué esta ciudad está dentro de un cráter?

Levanté la vista de los documentos sobre el plan de desarrollo de infraestructura de Meteora que estaba revisando en mi escritorio de ébano. Era una pregunta de Slash, que tomaba el sol de las tres de la tarde que entraba por las rendijas de las persianas. Su mirada estaba fija en el borde del cráter, a lo lejos.

El sillón reclinable junto a la ventana ya se había convertido en su asiento favorito. Sobre la mesa auxiliar había una taza de café y una tableta. Sentado con el cuerpo hundido en el respaldo y las largas piernas cruzadas, daba la impresión de estar disfrutando de aquel despacho incluso más que yo, su verdadero dueño.

—¿No estabas viendo una película antigua? —En lugar de responderle, le hice otra pregunta.

—Me aburrí. —Respondió con una sola palabra. Seguía mirando por la ventana.

Cerré la laptop, me levanté y fui al dispensador para servirme una taza de café.

Con el capuchino humeante sobre el platillo, me acerqué a la ventana donde estaba Slash. Él ni siquiera se volvió.

—Por probabilidad.

—¿Probabilidad?

—La probabilidad de que un meteorito del mismo tamaño vuelva a impactar justo en el cráter que dejó el que casi extinguió toda la vida de este planeta es extremadamente baja. Por eso.

—Supongo que sí... Pero no puedes asegurar que sea imposible.

—Si llegara a pasar, tampoco habría mucho de qué lamentarse. Si de verdad existe un dios, como dicen los humanos, entonces significaría que tiene muchas ganas de exterminarnos.

Slash soltó una leve risa. La interpreté como una señal de que estaba de acuerdo.

—Tú vienes de otra ciudad, ¿verdad? ¿Qué te pareció este lugar?

Al preguntárselo, Slash apartó la vista de la ventana y entrelazó los dedos sobre el abdomen.

—Nada en particular. Para mí, todas las ciudades son iguales. Lo único que cambia es si hay más humanos o más vampiros.

—Es una opinión muy poco interesante. Aunque supongo que, desde siempre, los hombres lobo no han sentido mucho interés por la civilización.

Lo dije con un ligero tono de burla. Su único ojo me dirigió una mirada fugaz. No parecía molesto; más bien, era una mirada que intentaba descifrarme.

Con él era frecuente ese intercambio silencioso de intenciones. Era como una bestia salvaje que mide la distancia para decidir si puede considerar a alguien un buen vecino. Esa comparación era la que mejor encajaba.

—Con saber lo necesario para sobrevivir basta. Eso es todo. —Como si estuviera revelando un secreto, Slash habló en voz baja, casi en un susurro.

—Los hombres lobo son bastante simples.

—Son ustedes los que tienen demasiadas cosas.

—¿Te refieres a nuestra especie? ¿O a vampiros y humanos?

—A todos, menos a mí.

Esbocé una sonrisa.

Conversar con Slash era entretenido. Era un ser de otra especie, con una forma de pensar distinta, y la larga vida que había vivido le daba una perspectiva y unos conocimientos que despertaban mi curiosidad. Procurando no hacerlo enfadar, intercambiar palabras con él se parecía, en cierto modo, a intentar ganarse la confianza de un animal salvaje.

En realidad, no era tan irascible como había imaginado. Eso sí, era extremadamente cauteloso.

Lo cierto es que yo casi no sabía nada sobre los hombres lobo. Pensaba que, si lograba preguntarle, podría satisfacer parte de mi curiosidad intelectual. Aunque, siendo Slash, dudaba mucho que fuera a hablar tan fácilmente de sí mismo.

En especial...

¿Cómo había perdido el ojo izquierdo?

¿Por qué los hombres lobo, pese a poseer cuerpos inmortales, habían acabado al borde de la extinción...?

Preguntarle sería prácticamente lo mismo que decirle: ¿Cuál es tu punto débil?

—¿No íbamos a salir a las cuatro? —dijo Slash mientras se ponía de pie. Sobresaltado, miré el reloj.

—Es cierto. Me he relajado demasiado. —Ni siquiera había probado el capuchino que tenía en la mano. Slash tomó la taza de mi platillo y se lo bebió de un trago.

—Vamos. Antes de que me salgan raíces en el trasero de tanto aburrirme.

Dejó la taza vacía de nuevo sobre mi platillo y cruzó la habitación a grandes zancadas en dirección al ascensor.

Vaya, vaya.

¿No será que el verdadero dueño de esta habitación es él?

Dejé el platillo sobre la mesa auxiliar y fui tras Slash.

En lugar de salir por la entrada principal del Stella, usamos la entrada privada. Mientras íbamos bajando en los ascensores, Slash había dado instrucciones por el intercomunicador para que prepararan el automóvil allí.

—¿No podríamos salir por la rotonda de la entrada principal?

—Hay demasiada gente. Me distrae. Es difícil hacer mi trabajo.

—Eso sí que suena propio de un guardaespaldas.

—Salvo por el hecho de que un inmortal esté protegiendo a otro inmortal, es un trabajo al que ya estoy acostumbrado.

—Para mí, un guardaespaldas no está para proteger mi vida, sino para preservar mi posición como alguien intocable. Es un gesto.

—¿¿Frente a quién? ¿A los humanos? ¿De qué sirve comportarte como si estuvieras por encima de las nubes?

Slash soltó una risa nasal, pero no respondí.

Bajamos del ascensor y avanzamos por un pasillo sobrio. Lo único que veía frente a mí era la espalda de su traje negro.

A través de la pequeña mirilla de la puerta, Slash inspeccionó rápidamente el exterior. Sus movimientos eran los de un guardaespaldas competente. Bastaba con verlo para hacerse una idea del tipo de trabajos que había desempeñado hasta ahora.

Después de comprobar que era seguro, giró el picaporte y me condujo con soltura hasta la puerta del automóvil, que el chofer ya mantenía abierta.

Tomé asiento en la parte trasera, y Slash subió después de mí mientras se acomodaba la parte delantera del traje. El conductor rodeó el vehículo para abrir la otra puerta.

Pero entonces...

Noté cómo la mirada de Slash se volvía afilada. Sus ojos estaban fijos en el espejo retrovisor.

—¡Agáchate!

Su cuerpo me cubrió de inmediato y me empujó bajo el estrecho asiento.

¡Tum! ¡Tum!

Resonaron unos disparos sordos.

Con un estruendo, los cristales estallaron y se hicieron añicos dentro del vehículo. Sentí que el auto daba un bandazo. Algo salpicó en grandes cantidades contra la ventanilla lateral.

Sangre.

La vi brotar del hombro de Slash, que seguía cubriéndome.

—¡Ed! —Grité el nombre del conductor.

Entonces siguieron varios disparos secos. Las balas se incrustaban en la carrocería.

Slash me sujetó por la nuca y, con el rostro tan cerca que casi nuestras narices se tocaban, preguntó:

—¿Estás bien?

Asentí. Sin apartar de mí sus ojos rojos, habló:

—Es un ataque. Frente a la puerta privada del lado oeste. Un vehículo gris metálico sin parabrisas. Alcancé a ver el cañón de un rifle. Por el sonido, probablemente también hay dos fusiles automáticos. El conductor de este lado está herido.

No me lo estaba diciendo a mí. Estaba informando por el intercomunicador al equipo de seguridad.

Cuando terminó el reporte, volvió a sujetarme con fuerza por la nuca.

—Si no quieres que le vuelen la cabeza a esa cara tan bonita, no la levantes bajo ninguna circunstancia.

En cuanto terminó de decirlo, ignoró la lluvia de disparos, incorporó el cuerpo y, pese a su enorme estatura, se deslizó con rapidez sobre la consola hasta el asiento del conductor.

El motor rugió al encenderse. Cuando iba a cerrar la puerta del conductor, vaciló apenas un instante. Luego se inclinó hacia afuera y, con un solo brazo, levantó al conductor, Ed, que debía de haber caído sobre el pavimento, y lo cargó en el asiento del copiloto.

Un fuerte olor a sangre llenó el interior del vehículo.

Escuché a Ed gemir. Su garganta gorgoteaba, ahogada por la sangre, y era imposible entender lo que intentaba decir.

—Leonis está a salvo. Tranquilo. —La voz de Slash llegó desde el asiento del conductor. Pisó el acelerador hasta el fondo. El automóvil crujió y los neumáticos patinaron antes de agarrarse al pavimento. La larga carrocería se inclinó al arrancar. Giró el volante con fuerza y me golpeé la cabeza contra el interior de la puerta.

Con el rugido del motor, los disparos fueron quedando atrás hasta desaparecer.

—Volvemos al Stella. Por ahora, el vehículo gris metálico no nos sigue... Pero el segundo estacionamiento es el más cercano. Prepárense para cerrar las puertas.

La voz tranquila de Slash se mezclaba con el ruido del motor, como si estuviera comentando el menú de la cena.

Sin embargo, su brazo derecho permanecía extendido hacia el cuello de Ed, en el asiento del copiloto. Intentaba contener la sangre que no dejaba de brotar.

—Él también es un vampiro, ¿no? Pero la hemorragia no se detiene. —dijo Slash mientras conducía con una sola mano.

—La sangre de Ed es débil. Su capacidad de curación es lenta.

Desde debajo del asiento trasero alcancé a ver el rostro de Ed. Estaba pálido. La espuma ensangrentada que se acumulaba en la comisura de sus labios burbujeaba una y otra vez. Al menos seguía respirando.

El automóvil dio una sacudida. Debíamos de haber entrado al segundo estacionamiento del Stella. Tomó la curva acompañado por el chirrido agudo de los neumáticos.

El vehículo se detuvo de golpe.

Entonces se oyeron varias pisadas.

—¡Señor Leonis! —La puerta se abrió y apareció el rostro de Lily.

—¡Asegúrenlo! ¡Asegúrenlo! ¡Rápido!

Siguiendo sus órdenes, me sacaron del automóvil y, rodeado por el personal de seguridad, me condujeron de inmediato al interior del Stella.

Aun así, giré el cuello para mirar hacia el vehículo. Entre los hombres de traje negro alcancé a ver el parabrisas hecho añicos.

Slash seguía sentado al volante.

Su mano derecha, completamente teñida de rojo, continuaba presionando el cuello de Ed.

Y, aun así...

Me estaba mirando. Sin que su respiración se alterara lo más mínimo.

A veces, los ojos dicen más que las palabras.

Tengo muchísimas preguntas que hacerte.

Eso era lo que el único ojo de Slash me estaba diciendo.

**

NOCHE 12

Me estaba limpiando las manos con una toalla que me habían dado en la enfermería del subsuelo del Stella, pero solo con agua la sangre no salía del todo. El traje y la camisa también estaban rígidos y pesados por la sangre seca.

Pensé en volver al penthouse para ducharme y cambiarme de ropa. Solo lo pensé.

El ascensor se detuvo en la sala de seguridad.

El lugar era un caos. En parte de los monitores se repetían una y otra vez las imágenes del atentado que las cámaras de vigilancia debían haber captado hacía unos momentos. En los demás aparecían noticieros en vivo. Un canal de noticias mostraba el lugar de los hechos, en la calle oeste del Stella. En grandes caracteres se leía: “Leonis, víctima de un atentado”.

En cuanto entré, los miembros del personal fueron girando la vista hacia mí uno tras otro. Esquivando aquellas miradas molestas, me dirigí a la sala de reuniones, separada por paneles de vidrio ahumado.

Agarré la manija de la puerta.

Debía de estar cerrada con llave. Como no controlé mi fuerza, la puerta de vidrio se hizo añicos desde las bisagras y la cerradura, y los fragmentos salieron despedidos por el suelo.

El estruendo hizo que todos se volvieran al mismo tiempo. Los empleados que estaban en la sala de reuniones me miraban con absoluta sorpresa. La pelirroja a la que llamaban Lily, además de eso, me observaba con un evidente desprecio.

Solo Leonis frunció el ceño... y, si no me equivocaba, dejó ver una expresión de alivio.

Al instante siguiente, esa expresión se transformó en preocupación.

—¿Y Ed?

—Está en la enfermería. Un proyectil de rifle de gran calibre le atravesó la base del cuello, pero... cuando me fui ya había recuperado el conocimiento. El personal médico dijo que tardará, pero que ya ha comenzado a regenerarse.

—Ya veo… —Leonis dejó escapar un suspiro de alivio y relajó el ceño.

Apartando con el pie los fragmentos de vidrio, entré en la sala y tiré la toalla empapada de sangre al cesto de basura que había cerca.

—Ahora explícame qué demonios está pasando.

Las manos seguían ásperas por la sangre seca, así que las metí en los bolsillos del pantalón. Recorrí con la mirada al personal y luego fijé los ojos en las imágenes de dos hombres que aparecían en el monitor de la pared de la sala de reuniones.

Uno era un hombre de mediana edad, vestido con un costoso traje color crema. Llevaba un bigote cuidadosamente arreglado y sostenía un grueso puro entre los dientes. Bastó un vistazo para saber que era humano. No existen vampiros gordos.

El otro tenía gafas redondas y una larga cabellera castaña y rizada. Una barba descuidada le cubría la mandíbula delgada. Detrás de los lentes, sus ojos estaban apagados, como si fueran un cúmulo de desconfianza. La imagen estaba ligeramente desenfocada y sus contornos se veían borrosos, probablemente porque era una fotografía tomada a escondidas.

De ese no podía decir si era humano o vampiro.

—¿Quiénes son? —señalé con la barbilla al preguntar.

Los miembros del personal se miraron unos a otros, como preguntándose quién debía responder. Solo la pelirroja seguía mirando a Leonis. Cuando él asintió levemente, la pelirroja... Lily, me tendió una tableta. En la pantalla aparecían fotografías acompañadas de texto.

—Don Mario Alessi. —Al pronunciar el nombre, Lily señaló al hombre del puro.

Entonces el otro era...

—¿Demi...? ¿Es su nombre real?

—Es un alias. Desconocemos su verdadero nombre.

En el expediente se detallaban, uno tras otro, los crímenes y los cargos atribuidos a ese tal Demi: agresiones, asesinatos, magnicidios... todo giraba en torno a la muerte. Figuraba como el líder de un grupo de combate llamado Vesper, pero, en pocas palabras, era un asesino a sueldo.

En cuanto al del puro, el título de ‘Don’ bastaba para entender que era el jefe de una familia mafiosa.

Desde que trabajaba como portero en Cubo sabía que la mafia también había echado raíces en esta ciudad. En alguna ocasión había oído a Christian, que estaba a cargo de los negocios y de los establecimientos de entretenimiento, quejarse de las organizaciones rivales. De pronto recordé que entonces había mencionado a la ‘Familia Alessi’.

Era la primera vez que veía el rostro de su jefe, pero jamás imaginé que terminaría cruzándome con alguien con quien creía que nunca tendría relación.

La mafia ya no era una organización criminal de la magnitud de antaño, pero seguía siendo un elemento perturbador para la sociedad. Tras la Gran Catástrofe pensé que desaparecería, sin embargo, durante la reconstrucción ya habían surgido grupos tan despiadados como pandillas que vivían a costa de los demás.

Así como donde hay perros siempre aparecen pulgas, parecían ser una presencia inseparable de la sociedad humana. Y, al parecer, eso no era diferente ni siquiera en Meteora, donde reinaba el vampiro Leonis.

En otras palabras, para Leonis estas organizaciones criminales eran un verdadero dolor de cabeza, una fuente constante de problemas.

—Alessi fue de los que permanecieron en Meteora incluso después de que los humanos lograran independizarse y construyeran una ciudad aparte. Si los humanos quieren aprovecharse de otros humanos, allá ellos... pero este tipo pretende disputarle el control de la ciudad a los vampiros.

Al parecer, a Lily no le gustaban los humanos. Ni siquiera intentaba ocultar su desprecio. Alcancé a ver a Leonis esbozar una sonrisa amarga. Por lo visto, la aversión de Lily hacia los humanos era algo de sobra conocido.

Leonis tomó la palabra. Quizá pensó que no era buena idea dejar que Lily siguiera hablando.

—Son una organización que altera el orden de esta ciudad y pone en peligro, además de sembrar inquietud, entre los humanos y vampiros que viven con honestidad. Cada vez que intentamos crear leyes para combatirlos o endurecer el control sobre sus fuentes de financiación ilegales, responden como esta vez... recurriendo a la fuerza para intimidarnos.

—Llamarlo "intimidación" me parece quedarse corto.

—Nosotros no portamos armas. Es parte de mantener una relación sana entre humanos y vampiros. Pero la mafia no piensa igual. Ellos sí van armados y, literalmente, quieren volarme la cara.

Leonis se llevó una mano al mentón. Imaginé ese rostro impecable atravesado por una bala y fruncí el ceño al recordar que eso había estado a punto de ocurrir.

—Alessi nunca utiliza a gente de su propia organización para ejecutar estos ataques. Aunque sea obvio quién dio la orden, contrata a terceros para poder negarlo después.

Con evidente descontento, Lily dio un golpecito a la tableta con la yema del dedo. 

—Entonces, ¿a ese tal Demi lo contrataron para atacar a Leonis?

—Llámalo "Leonis-sama", hombre lobo. —Lily cruzó los brazos y me fulminó con la mirada. Debía de haberse acostumbrado a mi presencia, porque ya no se intimidaba por mi aura.

En respuesta, recorrí con la mirada, sin disimulo, sus piernas pequeñas pero bien formadas, la cintura y el pecho que descansaba sobre sus brazos cruzados.

Debió de entender perfectamente el significado de esa mirada, porque su expresión se ensombreció aún más.

—¿Ese tipo es un vampiro? ¿O un humano?

—No es ninguna de las dos cosas. —Lily respondió con evidente fastidio.

—¿Qué quieres decir?

—Es un vampyr.

Miré de reojo la reacción de Leonis. Mantenía el rostro impasible, aunque me pareció que su expresión se había ensombrecido ligeramente.

Un vampyr. Un mestizo entre un vampiro y un humano.

En los cuentos de hadas era común que, cuando un vampiro mordía a un humano, este también se convirtiera en vampiro. Pero en realidad no era así. Los vampiros son una especie, no una enfermedad contagiosa. Aunque un hombre lobo muerda a un humano, tampoco puede convertirlo en uno de los suyos.

Por naturaleza, las especies no tienen descendencia entre sí. Es decir, no nacen hijos entre un vampiro y un humano, un hombre lobo y un humano, ni entre un vampiro y un hombre lobo.

Sin embargo, eso no era una regla absoluta. Solo en las relaciones entre vampiros y humanos o entre hombres lobo y humanos, en contadas ocasiones podía producirse una concepción como una mutación espontánea.

Y esos mestizos, más que heredar con fuerza las características de uno u otro progenitor...

...heredaban los rasgos desfavorables de ambos.

En otras palabras…

Los vampyr poseen una restricción alimenticia como la de los vampiros: solo pueden alimentarse de sangre. También son más fuertes y ágiles que un humano común, pero, al igual que los humanos, envejecen y tienen una vida corta.

No son vampiros. Tampoco son humanos.

Hasta donde yo sabía, eso era un vampyr.

—¿Están seguros?

Era una existencia muy poco común. Y, además, uno que estuviera enfrentado a los vampiros.

—Sí. Lamentablemente.

El ceño de Lily se hundió aún más, como una grieta profunda. Al parecer, los vampyr le desagradaban incluso más que los humanos. O quizá solo odiaba a Demi.

Ya entendía.

Me había preguntado por qué Leonis, el Ancestro Verdadero de los vampiros y poseedor de un poder tan descomunal, necesitaba guardaespaldas. Pero tenía sentido si existía una lucha por el control de Meteora que se libraba en las sombras.

No podían permitir que la imagen del protector de la ciudad fuera mancillada. Era por la paz de quienes vivían allí.

...Algo así.

—¿Hay más vampyr dentro de Vesper?

—No. Eso sí que no. Solo su jefe, Demi.

Un pesado silencio se instaló en la sala de reuniones. Para los vampiros, al parecer, era un tema incómodo, del que preferían no hablar.

Solté el aire y negué con la cabeza.

—Bueno, ya entendí la situación. Y más o menos cómo están las cosas en esta ciudad... aunque, para mí, eso da igual.

Al oírme, Lily frunció el rostro con una expresión que prácticamente decía: ¿Qué?.

—Mi trabajo es proteger a Leonis.

Arrojé la tableta sobre la mesa; se deslizó unos centímetros. Todas las miradas la siguieron. En la pantalla seguían apareciendo las fotografías de Alessi y Demi.

—Si esos tipos son enemigos de Leonis… —Las miradas volvieron a posarse sobre mí—. Entonces son mis enemigos.

Al decir eso, solo Leonis dejó escapar una risa.

—Qué hombre tan simple. —Y sonrió, visiblemente complacido.

**

NOCHE 13

Lily dijo que Slash era un idiota. Que tenía los músculos hasta dentro de la cabeza.

Quizá fuera cierto. Los hombres lobo parecían dar más importancia al instinto que al razonamiento, no escogían cuidadosamente sus palabras ni recurrían a toda clase de estrategias a diferencia de los vampiros. Desde que empezamos a pasar tiempo juntos, esa impresión no había hecho más que reforzarse.

Era directo, sin dobleces, seguro de sí mismo. Y no adulaba a nadie. A veces resultaba tosco, arrogante e incluso maleducado, pero también era sencillo, fácil de entender... y, de algún modo, hermoso.

Esa simpleza incluso me resultaba agradable.

Los conflictos con la mafia existían desde antes de que Slash apareciera. Tener que pensar en ellos con un cuerpo debilitado era una tarea agotadora. Aun así, proteger la paz de la ciudad era mi deber y, al mismo tiempo, debía protegerme de sus ataques. Preservar la autoridad y la imagen de los vampiros era un pilar fundamental para mantener el equilibrio de poder entre las distintas facciones de Meteora. Sin embargo, cada vez que había un atentado y el personal de seguridad se interponía para protegerme con sus propios cuerpos, sentía un profundo dolor en el pecho.

Aunque no muriéramos, los vampiros también sentíamos dolor.

Lily odiaba tanto a esa mafia no solo por la devoción que me profesaba. Ella misma, al igual que sus compañeros, había sufrido una y otra vez ese "dolor". Cuando exponían sus cuerpos a las balas y eran humillados de forma unilateral, era natural que nacieran la ira y el odio.

—¿Por qué no se arman? —Por casualidad, o quizá porque podía leerme el pensamiento, Slash me hizo esa pregunta.

Estábamos en el ascensor que iba desde la sala de seguridad hasta el penthouse. Ya era imposible salir ese día. Todas las reuniones de la noche habían sido canceladas.

Su brazo derecho seguía teñido de un rojo oscuro por la sangre. Quería que se lo lavara cuanto antes... No, quizá lo que en realidad no quería era seguir viendo ese brazo manchado con la sangre de Ed, mi conductor.

—No es porque los vampiros no podamos morir. Nosotros no empuñamos armas para no infundir miedo a los humanos.

Como si ya hubiera imaginado esa respuesta, Slash no dijo nada.

—Si para enfrentarnos a los criminales también tomáramos las armas, ellos buscarían armas todavía más poderosas. Y esa escalada no tendría fin. Pero quienes acabarían viviendo con miedo serían aquellos que solo desean una vida en paz.

—...Y entonces ellos también empezarían a armarse para protegerse. —murmuró Slash.

Definitivamente, no era un hombre estúpido.

Yo no quería que esta ciudad... aunque fuera solo esta ciudad, terminara cubierta de armas en nombre de la disuasión. Era un equilibrio frágil y peligroso, y la humanidad ya había cometido ese mismo error una y otra vez a lo largo de la historia.

Aunque dijeran que mis ideales eran demasiado elevados, cuando tuve la oportunidad de crear mi propia ciudad, quise intentar construir una "utopía" nacida de la convivencia.

No puedo decir que lo haya conseguido.

—Pero aun así, que ustedes se dejen acribillar sin oponer resistencia tampoco deja una buena imagen. Habrá quienes sientan compasión por ustedes, pero también habrá quienes los desprecien precisamente por no defenderse.

—Es cierto. Es un punto doloroso.

Como no tenía una respuesta para eso, me limité a decirlo. Entonces, por alguna razón, Slash continuó con un tono cargado de irritación.

—Deja de fingir que aceptas todo con tanta facilidad. Me fastidia.

—¿Y por qué eres tú el que se enoja?

Cuando alcé la vista hacia él, respondió sin ocultar su enfado. —No soporto que pisoteen o menosprecien a alguien. Da igual si eres tú o esos tipos.

—No me pongas al mismo nivel que una plaga como la mafia.

Al oírme, Slash alzó los hombros de forma leve.

—Así está mejor.

No pude evitar sonreír.

Qué hombre tan curioso.

Cada vez que intentaba ocultar lo que realmente pensaba, Slash se empeñaba en sacarlo a la luz. ¿Sería propio de la naturaleza de los hombres lobo?

—Así que no me pusiste a tu lado solo para sentirte tranquilo por llevar un "almuerzo" contigo.

—¿"Almuerzo"?... Ah, te refieres a una provisión de comida. Bueno, también es por eso. Ahora mismo, eres la existencia más importante para mí. Además, dicen que, si vas a pelear, primero hay que llenar el estómago, ¿no?

Se lo dije con total franqueza. Slash frunció el ceño y, como un niño, murmuró un simple: —Qué fastidio.

Aunque entendía que solo me estaba devolviendo la broma, parecía molestarle que fuera yo quien lo llamara "comida".

—Así es. Para mí, tú eres una auténtica ‘disuasión’ viviente.

Lo admití.

Los hombres lobo son una raza fuerte y sobresaliente en combate. Por eso, en el pasado, eran temidos como seres "feroces". Era una percepción distorsionada, pero lo cierto es que sus habilidades estaban especializadas para la lucha.

De hecho, Slash había demostrado hacía un momento lo que era capaz de hacer. Ni el personal de seguridad ni Lily tuvieron nada que objetar al respecto; simplemente guardaron silencio.

Él era mi arma más poderosa y mi armadura.

No era un vínculo basado en el afecto entre los de nuestra especie ni en la confianza, sino una existencia un tanto inestable, atada por un "contrato" y, además, muy difícil de tratar.

—Supongo que, si muero por exceso de trabajo, al menos me cubrirá el seguro laboral —Slash soltó una risa mientras daba un ligero golpe a la pared del ascensor con el talón.

—No tiene ninguna gracia.

—A mí me parece un chiste infalible —seguía riéndose. Su único ojo rojo brillaba.

Era una bestia que acababa de encontrar a su presa.

No había mejor forma de describirlo.

Ding.

Las puertas se abrieron. Habíamos llegado a la entrada del penthouse. Slash despegó la espalda de la pared dispuesto a salir. Pero, al ver que yo no me movía, se volvió hacia mí desde el interior del ascensor.

—...¿Te importa si hacemos una parada antes? —Cuando lo pregunté, Slash no se negó.

Pulsé otro botón. Las puertas se cerraron y el ascensor volvió a ponerse en marcha. Al mirar el número del piso, pareció comprender adónde nos dirigíamos y regresó a colocarse a mi lado.

—Puede que Ed esté dormido.

—No importa. Si es así, también está bien.

No dijo nada más.

Las puertas se abrieron y ante nosotros se extendieron un suelo y unas paredes completamente blancas. Al frente había otra puerta automática; avanzamos hacia ella y se abrió en silencio.

Ya era entrada la noche, así que en el vestíbulo de la enfermería solo quedaban unas pocas enfermeras de guardia.

—Señor Leonis.

La enfermera, de rasgos finos aunque sin maquillaje, se puso de pie.

—¿Cómo está Ed?

Al preguntárselo, dirigió la mirada al monitor de la sala. Luego sonrió y respondió:

—Está estable.

—Me alegra oírlo. ¿Podemos verlo?

—Un momento, sí.

La enfermera salió del mostrador y caminó delante de nosotros para guiarnos. Slash, mientras tanto, recorrió su figura de arriba abajo con la mirada.

—Slash, deberías corregir esa costumbre. —se lo dije en voz baja.

—¿Cuál? ¿La de mirar a una mujer guapa como lo que es?

Su respuesta fue un susurro descarado. Su mirada seguía fija en la cintura de la enfermera... o, mejor dicho, un poco más abajo.

—Lo que digo es que no es propio de un caballero.

—Qué sorpresa. Que sea un vampiro quien me llame la atención por eso.

...

Era cierto que entre los vampiros no eran pocos los que tenían fama de mujeriegos. Quise decirle que también había excepciones, pero sabía que aprovecharía mis palabras para rebatir.

Así que, incapaz de responderle, me limité a lanzarle una mirada de reojo.

—Es aquí. Como tiene afectadas la función respiratoria y la deglución, le hemos colocado tubos directamente en los pulmones y el estómago, así que por ahora no puede hablar.

—Entiendo. No tardaremos.

La enfermera asintió y regresó al vestíbulo. En ese momento, Slash le dedicó una sonrisa... una sonrisa atractiva. Y pude ver cómo ella lo recorría con la mirada de pies a cabeza en un instante. Después, esbozó una sonrisa que desprendía un aire muy poco propio de una enfermera.

Decidí fingir que no había visto nada.

NT: ¿Celos Leonis? Jajaja ese Slash todo descarado. 

Ed estaba acostado en la cama de una habitación individual. La lámpara sobre el cabecero iluminaba tenuemente su rostro pálido.

La bolsa del suero con el acelerador de regeneración estaba conectada a su brazo, mientras que una bolsa de sangre le suministraba el líquido lentamente a través de un tubo introducido por la boca.

Desde el pecho hacia arriba estaba inmovilizado dentro de una cúpula semiesférica. Podía verse cómo el tejido de la herida expuesta se retorcía mientras volvía a unirse poco a poco. Era una medida para evitar que entraran cuerpos extraños durante la regeneración.

—Ed. —lo llamé por su nombre, pero sus párpados permanecieron cerrados.

Tomé la mano que descansaba sobre la cama. Estaba tibia. Y precisamente por eso sentí un nudo en el pecho.

De pronto, sus párpados temblaron y abrió los ojos.

Al verme, me pareció que esbozaba una leve sonrisa.

—No te preocupes. Descansa. —al decirlo, movió apenas la barbilla. Era un mentón joven, aún ajeno a la barba. Apretó suavemente mis dedos durante un instante y luego los soltó con discreción.

Después, su mirada se apartó de mí.

Parecía estar mirando a Slash, que en algún momento se había colocado detrás de mí. Él permanecía con una mano apoyada en la cintura, observando a Ed con una expresión impasible.

Los labios de Ed se movieron, como si quisiera decir algo. Pero los tubos que lo ayudaban a respirar y la transfusión de sangre se lo impedían.

Aun así, pude ver claramente que habían formado las palabras: ‘Gracias’.

No sabía si Slash también lo había entendido.

—Luego le pediré que te consiga un coche nuevo y resistente. —fue lo único que dijo.

Su expresión no cambió en absoluto, pero en su voz grave había un leve matiz de calidez.

Ed volvió a cerrar los ojos. Después de eso, solo quedó el suave subir y bajar de su pecho al respirar.

**

Yo...

Empujé a Slash a un lado y salí al pasillo a paso rápido. Sin detenerme, avancé con grandes zancadas hacia el ascensor.

—¡Oye!

Escuché su voz detrás de mí, pero me deslicé dentro del ascensor en cuanto se abrieron las puertas y pulsé el botón de subir.

Alcancé a verlo correr hacia mí al otro lado de las puertas que empezaban a cerrarse.

Cierrense de una vez.

Eso deseé.

Pero...

Un brazo se coló entre las puertas y, acto seguido, su enorme cuerpo entró en el ascensor.

—¡¿Estás loco?! Aunque estemos dentro del Stella, no puedes ir solo...

Slash se quedó con los ojos muy abiertos y dejó la frase a medias. Las puertas se cerraron, dejando a los dos encerrados en el ascensor.

Me vio.

No quería que me viera así.

—E-estoy bien. De verdad, estoy bien.

Me limpié las mejillas con la manga del traje. Intenté detener las lágrimas, frotándome con desesperación, pero cuanto más lo hacía, más débil e insignificante me sentía, y más seguían brotando.

—Enseguida... se me pasará. Es solo que... al sentir alivio... pues... eso es todo… —me cubrí el rostro con ambos brazos.

Slash se iba a reír si me veía tan débil.

Él era fuerte.

Incluso después de perder a todos los de su especie, sigue viviendo completamente solo, soportando la soledad y el aislamiento.

No quería que me despreciara.

—Te lo ruego... déjame solo... un momento… —cuando estaba por terminar la frase, algo me envolvió por completo.

Una cálida y firme pared de pecho rozó mi mejilla. Mis lágrimas fueron absorbidas por la suave tela de su camisa. Sentí el peso de una gran mano sobre mi nuca; sus largos dedos se enredaron en mi cabello. El otro brazo me rodeó con fuerza la cintura, hasta el punto de hacer que mis talones casi se despegaran del suelo.

—Así está bien. —La voz amortiguada de Slash llegó hasta mí.

Escuché el latido lento y poderoso de su corazón. El aroma penetrante de su colonia, mezclado con un leve olor natural de su cuerpo, hacía que sintiera su presencia con aún más intensidad.

¿De verdad estaba bien?

¿Puedo rodear este cuerpo con mis brazos?

¿Puedo aferrarme a él?

¿Puedo permitirme depender de él?

¿Él......me lo permitirá?

**

NOCHE 14

Detesto el olor de la mentira.

No importa cuán necio, patético o ridículo seas.

Es mejor que seas tal como eres.

Porque así...

...eres más hermoso. Y más entrañable.


—Quiero darme una ducha —le dije a Leonis, que seguía aferrado a mí con fuerza desde que salimos del ascensor hasta entrar al penthouse. Debió darle vergüenza que lo hubiera visto llorar, porque no apartaba el rostro de mi pecho.

Las lágrimas que vi en el ascensor… Lo admito. Me conmovieron.

Siempre se mostraba sereno y aparentaba fortaleza, pero al verlo derrumbarse de repente comprendí, casi sin darme cuenta, que ese tipo ha estado solo todo este tiempo. Sin poder mostrarle su sufrimiento a nadie, siempre había llorado en soledad.

Sentí en mi pecho un calor dulce que no quería reconocer. No sabía por qué Leonis ya no había podido seguir ocultándose detrás de esa máscara delante de mí, pero tuve la sensación de haber visto una faceta que nadie más conocía.

...Aunque ahora esa misma cara seguía hundida contra mi pecho.

—Cuando termine de ducharme, te prepararé algo de comer. Sopa de tomate. Te gusta, ¿no? —Intenté negociar con él. Lo sostenía de costado mientras caminábamos hasta la puerta de mi habitación.

Pero seguía sin soltarme.

—¿Qué pasa? ¿Piensas ducharte conmigo? ¿Vas a lavarme la sangre?

Pensé que, si lo molestaba un poco, por fin se apartaría. Pero Leonis sólo aflojó un poco el abrazo. Sin levantar la cara, me tomó del brazo y echó a andar hacia su propio baño.

¿Eh...? No puede ser.

No pude evitar quedarme con la boca entreabierta. Pero no me salió ni una palabra. Incluso después de entrar al baño, seguía dándome la espalda.

Entonces, sin decir nada, empezó a quitarse el traje delante de mí. Lo fue dejando caer sobre la alfombra. Incluso se quitó los zapatos de una patada.

Mientras Leonis desabotonaba su camisa, solo pude quedarme inmóvil, mirando su cuello blanco.

Era una situación demasiado inesperada.

Leonis terminó de desvestirse por completo y se volvió hacia mí. Tenía un cuerpo hermoso. Era esbelto, pero sus músculos eran flexibles, como los de un joven ciervo. Donde la piel era más fina, adquería un tenue tono rosado. Su pecho no era tan ancho como el mío, aunque estaba bien formado. Sus pezones, apenas teñidos de color, parecían pétalos que jamás habían sido tocados.

Más abajo, el vello era escaso, y su sexo, de tamaño más bien pequeño, también tenía un delicado tono rosado. Conservaba una inocencia que parecía ajena al roce de cualquier otra persona.

Quizá la edad en que el aspecto de Leonis había dejado de envejecer era aún menor de lo que yo imaginaba.

Sin el traje, eso se hacía aún más evidente. A lo sumo tendría veintitrés años... o quizá incluso menos. Su belleza era sobrecogedora.

Entre los mechones de cabello todavía se alcanzaban a ver sus ojos enrojecidos. Sus iris azul hielo humedecidos por las lágrimas, contrastaba con el blanco congestionado de sus ojos, dándole un aire ligeramente doloroso. Aspiraba por la nariz de vez en cuando y, en ocasiones, sus labios se torcían apenas. Cada vez que parpadeaba, una gota resbalaba de sus largas pestañas.

Sus dedos blancos sujetaron el cuello de mi chaqueta y la deslizaron por mis brazos hasta dejarla caer. Luego desabrochó mi cinturón y bajó la cremallera… y mis pantalones cayeron hasta las rodillas.

Vaya, vaya...

Ante aquella situación desconocida, no pude evitar sentir una ligera inquietud. Pero la curiosidad por saber qué iba a hacer después era aún mayor.

Sí… Sentía expectación.

Tal vez incluso cierta clase de expectativa.

Sus dedos blancos desabrocharon también mi camisa y me la quitaron. Luego me despojó de la ropa interior, de los zapatos y de los calcetines.

Volvió a tirar de mi brazo ya estando desnudo. Me condujo hasta el amplio espacio de la ducha, rodeado de paneles de vidrio esmerilado, y, por último, me arrancó sin cuidado el parche que cubría uno de mis ojos. Lo lanzó sin más sobre el montón de ropa que había quedado tirado en el suelo.

Leonis no dijo nada. Yo tampoco dije nada. Porque si decíamos alguna palabra, quizá ambos volveríamos en si…

Nos metimos bajo una ducha caliente y lavó la sangre que se había secado por completo en mi brazo derecho.

Las dos manos de Leonis se deslizaron con esmero por mi brazo. Con un pequeño cepillo limpió con cuidado hasta las puntas de mis dedos, incluso entre mis uñas, hasta las puntas de mis dedos. Cuando la sangre se disolvió en el agua caliente y el olor desapareció, la piel que se había vuelto áspera también comenzó a relajarse.

Siguiendo el rastro del agua que corría por mi piel, sus manos recorrieron desde mi cuello hasta mis hombros y mi pecho. Se detuvieron en el centro de mi pecho, buscando mi latido. Sus dedos blancos se hundieron ligeramente en mi piel morena. Después volvieron a subir hasta la clavícula y se deslizaron entre mi cabello, detrás de mi oreja. 

También lavó mi cabello e hizo espuma con un champú de agradable aroma y masajeó cuidadosamente el cuero cabelludo con sus dedos.

Para entonces, Leonis también estaba completamente empapado. Quizá estaba tan concentrado en lavarme que, de vez en cuando, se apartaba el cabello plateado hacia atrás.

Sus hermosos ojos quedaron al descubierto. También la frente que normalmente mantenía oculta. Por el calor de la ducha, tanto las comisuras de sus ojos como su piel tenían un tono sonrojado, no sabía si todavía seguía llorando.

También frotó jabón sobre mi cuerpo y me limpió con una esponja. Desde el cuello hasta el pecho, el abdomen y la espalda, con suavidad… incluso, para mi sorpresa, aquella parte masculina que había adquirido algo de firmeza debido a la ‘expectativa’. Aquellos dedos finos no dejaron lugar sin tocar. 

Hasta que terminó de enjuagar todo mi cuerpo, no dejé de mirar a Leonis.

Si nuestras miradas se encontraban, quizá podría arrebatarle el control.

Quizá podría tocar ese cuerpo.

Si eso ocurría entonces… Le enseñaría todo sobre mi cuerpo. Incluso podría convertir en placer la sensación de dolor y tristeza que sentía. 

Mientras no dejaba de pensar en aquello, ese momento no llegó.

Leonis cerró la ducha, me sacó de allí y me puso una bata de tela de toalla. Luego me hizo sentar frente al espejo y comenzó a pasarme el secador.

¿Qué es esto?

Todo terminó sin que ocurriera nada. Qué decepción.

Me sentí como un idiota por haberme emocionado.

A través del cabello agitado por el fuerte viento del secador, miré a Leonis.

Ya no estaba llorando, y antes de darme cuenta había vuelto a su expresión habitual.

¿Acaso me lavó como si fuera una mascota?

Me sentí como un perro en lo más profundo de mi ser.

No. No, no era eso.

En realidad, no había necesidad de esperar. Si solo se trataba de satisfacer el deseo carnal, podía solo extender un poco la mano, tenía ante mí ese cuerpo seductor. Podía haberlo atraído fácilmente hacia mí, podía haberlo tomado por la fuerza.

Y aun así no lo hice.

Simplemente fui yo quien decidió no hacerlo y sabía por qué. 

Me acobarde. Me acobarde ante la idea de dar ese primer paso por mí mismo.

Temí que Leonis me despreciara por haber sentido deseo carnal hacia él. Temí la vileza de aprovecharme de su corazón debilitado y abalanzarme sobre él.

¿Cuál era la verdadera naturaleza de eso?

¿Qué sentimiento fue el que se interpuso?

No quiero que me odie… ¿No fue eso lo que pensé?

Y más allá de eso… ¿qué había?

Consciente de ello, desvié mis pensamientos y cerré esa idea bajo llave.

El mayor mentiroso soy yo.

Hay un sentimiento que jamás debo permitirme albergar. Eso llamado ‘amor’.

Si llegara a sentirlo, el hechizo que pesa sobre mi cuerpo se rompería.

El amor mata a los hombres lobo…

Así fue como mi clan terminó extinguiéndose.


**

NOCHE 15

Pensé que su cuerpo robusto, de tono cobrizo, sería duro, pero era firme y, al mismo tiempo, flexible.

El agua resbalaba por su piel suave, quería sentirlo más.

Seguro que se sentiría bien. Ese cuerpo musculoso me envolvería por completo, aplastándome contra él sin dejar ni un solo espacio. Me atraería con fuerza hacia sí y me penetraría hasta lo más profundo, incluso durante toda una noche.

Hacía muchísimo tiempo que no deseaba que alguien me abrazara, que quería acostarme con alguien aunque fuera por necesidad de afecto, abandonarme a ello y ahogarme en el placer no sonaba mal. Serviría para despejarme y, sobre todo, para encontrar consuelo. Sentía cómo un deseo que había olvidado se encendía y se propagaba por todo mi cuerpo.

Seguramente Slash sentía lo mismo.

Cuando toqué su miembro, pesado y firme, ya estaba ligeramente endurecido. Si le hubiera dicho una sola palabra: ‘Abrázame’, quizá lo habría hecho. Probablemente prefería a las mujeres, pero si algo le convencía y lo deseaba, también podría acostarse con un hombre, o eso creía.

Yo también lo estaba esperando.

Era egoísta, pero esperaba que fuera Slash quien me deseara.

Mientras nos duchábamos juntos y nos lavábamos el uno al otro, jamás imaginé que permanecería tan tranquilo. Sus ojos brillaban con un deseo evidente, y aun así, no me tocó ni con un dedo.

Después de secarle el cabello, pensé en llevarlo al dormitorio para dejar aún más claras mis intenciones… pero Slash simplemente se puso de pie y dijo:

—Voy a preparar la comida. —Y salió del baño sin siquiera darse vuelta para mirarme.

No era el tipo de hombre que se avergonzara del deseo. Él también debía tener ganas.

Y, sin embargo, volvió a la rutina como si nada hubiera pasado.

No entendía por qué.

Tal vez porque yo era un hombre. Tal vez porque simplemente no era su tipo. O quizá solo no estaba de humor. Incluso era posible que el hecho de que hubiera reaccionado físicamente no fuera más que una respuesta natural de su cuerpo.

¿Habría sido mejor si hubiera tenido una erección?

Si es así, ¿entonces fue culpa mía?

Mi cuerpo se había olvidado del deseo sexual durante tanto tiempo y no respondía al compás de mis emociones. Sentía un ardor en el bajo vientre, el corazón agitado, pero mi cuerpo no reaccionó.

O quizá…

En el fondo, me avergonzaba por intentar olvidar todo lo ocurrido refugiándome en el sexo. Tal vez Slash también se dio cuenta... de que había intentado convertirlo en mi consuelo. Por eso se marchó. Era un hombre orgulloso, era posible.

—Qué idiota soy —murmuré frente al espejo.


**


Cuando regresé a la sala, ya cambiado con ropa cómoda, se oían ruidos viniendo de la cocina. Tal como había dicho, Slash estaba preparando la comida.  Podía oler el aroma de la sopa de tomate.

Vestía una camiseta negra de algodón y un pantalón de chándal, lo vi de espaldas, revolviendo con una espátula el contenido de un tazón. De vez en cuando, miraba el interior de la olla humeante y la revolvía. Cada vez que lo hacía, el apetitoso aroma se hacía más intenso.

Me senté en el sofá y me quedé observándolo. Slash sabía que yo estaba allí.

Quería que se diera la vuelta. Quería que hiciera uno de sus comentarios burlones de siempre.

Pero...

Sentí que el cuello se me calentaba ligeramente.

¿Cuánto tiempo hacía que no me sentía tan avergonzado?

Me avergonzaba de haber intentado seducirlo de una forma tan torpe. Nunca se me dieron bien esos juegos propios del romance. Desde joven había sido malo para eso y, como tampoco tenía experiencia, nunca llegué a mejorar.

Además, si alguien me preguntara si amaba a Slash, me costaría responder que sí. No me desagradaba; al contrario, me caía bien. Pero si me preguntaran si eso era amor, diría que no.

Lo de hace un momento fue pura lujuria. Me dejé llevar porque estuvo siendo amable conmigo.

Cuanto más consciente era de ello, más me ardía la cara. Sin pensarlo, hundí el rostro en un cojín.

Vio cómo lloraba, me aferré a él e incluso intenté seducirlo... ¿Qué voy a hacer? ¿Cómo se supone que voy a mirarlo a la cara de ahora en adelante?

Por supuesto, el cojín no iba a responderme.

—Oye. La comida está lista. —la voz sonó sobre mi cabeza. Mis hombros se sobresaltaron.

—¿Todavía estás llorando?

Era la voz monótona de Slash, la de siempre. Levanté la cabeza con cautela y me encontré con sus ojos entrecerrados mirándome desde arriba, igual que siempre.

—Anda, lleva los platos. Deja de holgazanear y ayúdame —diciendo eso, me puso dos ensaladeras en las manos. Las llevé al comedor como me dijo.

Los individuales ya estaban colocados. El tazón con la porción más abundante era para él.

La ensalada Cobb llevaba lechuga, espárragos y calabacín, bañados en un aderezo de naranja de aroma fresco. Era una de mis ensaladas favoritas. Aunque en realidad, no había ningún plato que preparara él y que no me gustara.

Fui a buscar los cubiertos y, para entonces, Slash ya estaba sirviendo la sopa de tomate en los platos hondos.

—¿Vino?

—Blanco, mejor —respondió al instante. Asentí en silencio y, como una forma de disculparme, elegí una botella añeja.

Mientras servía el vino en las copas sobre la mesa, Slash terminó de colocar los platos. El pan estaba recién calentado y aún despedía vapor.

—La sangre puede esperar. Déjame llenar el estómago primero.

Normalmente, priorizaba mi "comida", pero cuando Slash tenía un hambre feroz el orden se invertía. En cuanto tomó asiento, empezó a comer.

La comida desaparecía de su plato a toda velocidad. Había sido un día muy largo. Me sentí culpable. A diferencia de mí, él obtenía la mayor parte de sus nutrientes de la comida, y lo había descuidado.

La vergüenza volvió a invadirme. Tomé una cucharada de sopa de tomate y me la llevé a la boca, como intentando olvidarla.

—...Está deliciosa… —las palabras escaparon de mis labios sin pensarlo.

Seguramente Slash había elegido vino blanco porque la carne vegetal de la sopa tenía sabor a pescado. Era tan tierna que se deshacía enseguida. La cebolla transparente y el pimentón estaban picados en trozos pequeños, fáciles de comer. El calor de la sopa me reconfortó el estómago y me hizo sentir en paz.

Comimos un rato en silencio.

La ensalada también estaba exquisita. El aroma de los cítricos llenaba mi paladar. A los espárragos les había quitado toda la piel fibrosa, por lo que estaban muy tiernos. El pan lo mojábamos en la sopa o lo untábamos con mantequilla. En poco tiempo, nuestros platos quedaron vacíos.

—Gracias por la comida. —le dije a Slash como siempre. Él solo arqueó ligeramente una ceja y enseguida empezó a recoger los platos. Lavar los platos era mi tarea, así que llevé los de ambos a la cocina. Los lavé, los coloqué en el lavavajillas y cerré la puerta.

Cuando regresé a la sala, Slash estaba sentado en el sofá, bebiendo el resto de vino. Permanecía recostado, con un brazo apoyado en el respaldo. Era la señal de que me estaba ofreciendo su pecho. Estaba esperándome para que bebiera su sangre. 

Normalmente, en cuanto me acercaba, me llamaba con un gesto del dedo. Entonces yo decía ‘por favor’.

Pero hoy era diferente.

Slash levantó la vista hacia mí y permaneció un momento en silencio. Cuando me senté a su lado, sus ojos me siguieron.

—¿Ya te tranquilizaste? —finalmente dijo.

Su voz era inexpresiva, como si preguntara si afuera estaba lloviendo.

Yo seguía algo tenso, así que asentí. —Sí.

Entonces, como siempre, Slash me hizo una seña con el dedo para que me acercara. Fue como si un tren que estaba a punto de descarrilar hubiera logrado volver a las vías justo a tiempo. Sentí alivio... aunque, en algún rincón de mi pecho, también hubo un poco de decepción.

Me acomodé con cuidado entre sus brazos. Incluso a través de la camiseta, el cuerpo de Slash irradiaba calor. Cuando me acerqué, él dejó expuesto el cuello. Después de dejar la copa sobre el aparador, relajó por completo su cuerpo.

—...

Froté mi frente contra su cuello. Tenía la palma de su mano sobre su pecho, sintiendo el latido de su corazón mientras su pecho subía y bajaba con una respiración pausada. Poco a poco, el calor de su cuerpo fue impregnándose en el mío.

—¿Qué estás haciendo? Anda, muérdeme de una vez. —dijo Slash. Pero, sin abrir los ojos, seguí acurrucándome contra su hombro.

No sentía deseos de beber su sangre.

Lo único que quería era permanecer así, sintiendo el calor de su cuerpo. Escuchar su respiración tranquila y el latido sereno de su corazón. Muy, muy en el fondo de mi memoria, afloró el recuerdo de cuando me dormía entre los brazos de mi padre y de mi madre.

Era... tan reconfortante.

—Gracias, Slash… —susurré.

Slash no respondió. Pero pude sentir que, por un instante, los latidos de su corazón se aceleraron ligeramente.

 

NOCHE 6 AL 10 NOCHE 16 AL 20

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