Noche 1 al 5

NOCHE 1

Los seres humanos tenemos algo llamado reloj interno.

Me pregunté si mi cuerpo también tendría esa función. De repente, como si algo me hubiera llamado, levanté la vista, y en la oscuridad apareció una delgada línea blanca horizontal flotando, extendiéndose por la ventana frente a mí.

A lo lejos, el borde del cráter brillaba con un resplandor blanco.

—¿Ya es de día…?

Murmuré para mí mismo, apenas moviendo los labios. 

Apoyé una mano sobre el escritorio de ébano y me puse de pie, caminando hasta la ventana. Bajo mis ojos, se extendía la ciudad que nunca duerme, iluminada por las luces de neón. No podía oír el ruido, pero sentía la vibrante vida en las distintas luces centelleantes y coloridas.

La noche era más oscura justo antes del amanecer, y la ciudad aún brillaba intensamente con su rostro nocturno. Sin embargo, en menos de media hora, las luces de neón se atenuarían con la intensa luz del sol. 

Hubo un tiempo en que temía al sol de la mañana. Eso fue hace mucho, cuando era pequeño. Algo todavía acechaba mi mente, susurrando, «Se acerca la mañana». Vamos. Apúrate y escóndete entre las sombras. 

Por eso, incluso ahora, cuando presiento que se acerca la mañana, mi corazón se encoge un poco. 

Será una costumbre arraigada en mi cuerpo.

Mientras observaba el borde del cráter, tan alto como una muralla que rodeaba por completo la ciudad,se iba iluminando poco a poco, sonreí con ironía para mis adentros.

Como en una vieja novela de terror, no es como si nos convirtiéramos en cenizas al exponernos a la luz del sol, había una razón para evitarla.

Debido a que la mañana era la señal para el comienzo de la actividad humana. Durante mucho tiempo, ellos y nosotros vivimos cada uno separados de esa manera. Los humanos temían la oscuridad de la noche, y nosotros nos escondíamos de la luz del día.

Dividiendo el día y la noche en partes iguales, en cierto sentido podría llamarse ‘coexistencia’.

Aunque venía acompañada de miedo, y por la falta de comprensión mutua, también surgieron muchos malentendidos.

Sacudí la cabeza ante ese hábito de pensamientos propios de las especies longevas. En cuanto empezaba a pensar, enseguida terminaba recordando el pasado con sentimentalismo. A veces era mejor pensar las cosas de forma sencilla, y así el corazón también podría mantenerse en calma.

Probablemente me siento deprimido porque estoy cansado.

El hambre ya se ha entumecido. 

Acaricié mi vientre, donde solo quedaba una sensación de vacío.

¿Cuánto tiempo ha pasado desde que dejé de beber? 

No…

Será más acertado decir: desde que dejé de poder beber.

Incluso obteniendo energía de una alimentación propia de los humanos, el cuerpo puede mantenerse en cierto grado, y de hecho así he estado viviendo durante los últimos cientos de años. ‘Mis semejantes’ me compadecen y, como si tocaran algo frágil como una rama seca, eligen con cuidado sus palabras y su actitud hacia mí. Pero al mismo tiempo, también percibo en sus miradas una mezcla de curiosidad y temor: “aun así, que este siga sin morir… da miedo.” Bueno, ya me he acostumbrado a eso.

Si existe algún inconveniente físico, sería el cansancio crónico, los fuertes mareos que siento de vez en cuando, y esa sensación de hastío que me hace pensar que todo es una molestia.

Aunque cargue con todo eso, tampoco es como si pudiera morir.

La vívida ciudad que observaba distraído de pronto me resultó desagradable, y di media vuelta para regresar al escritorio. Cerré la pantalla del portátil, en la que aún se mostraban diversos asuntos relacionados con el trabajo.

Volveré a mi habitación y me daré una ducha caliente. Me acurrucarse en mi suave manta y dormiré. No me quedaba más que seguir viviendo conectando pequeños momentos de alivio, ese era mi destino.

Tomé el celular, que se había enfriado sobre el escritorio, y cuando me detuve frente al ascensor que conectaba directamente con la oficina, el aparato vibró en mi mano.

—¿Hola?

Incluso para mí, era evidente que sonaba cansado.

Ya sabía quién era, y también podía imaginar el motivo de la llamada.

—Leooonis, ¿sigues trabajando? De vez en cuando deberías aparecer por el club.

Una voz que se adhería, densa y pegajosa.

—Hola, Cristian.

Respondí.

Detrás de él se escuchaba un bullicio ensordecedor. Tal como decía, seguramente estaba en un club. Aparté un poco el celular del oído.

—Últimamente no has dado señales de vida ni te dejas ver. Estoy preocupado por ti, aunque no lo parezca.

—Lo sé. Gracias.

Su tono seguía siendo igual de empalagoso y molesto, pero no era un mal hombre. Eso lo sabía. Era solo que Cristian siempre desprendía olor a sangre. Para los de nuestra especie, eso es ‘lo normal’, pero para mí, era un hedor. 

—Hoy estoy cansado. Será en otra ocasión.

Aun así, él solo respondió “¿Eh? ¿Qué has dicho?”, como si no hubiera oído. No era posible que no lo hubiera escuchado, y seguramente también se dio cuenta del suspiro que dejé salir ante su reacción.

—Oye, Leooonis… no te rindas. Puede que todavía encuentres algo que se adapte a tus gustos, ¿no? Aunque no te mueras por no “comer”, siempre tienes un aspecto horrible.

—.... 

Me miré en el espejo de las puertas del ascensor.

Aparento unos treinta años en términos humanos, pero aunque me arregle, mi cabello blanco está reseco, y el contorno de mis ojos se ve apagado. Mi piel tampoco es más que pálida. 

Tengo un aspecto terrible… y nadie lo sabe mejor que yo mismo.

—¿Ves? Aunque sea un rato. Ven a despejarte un poco. Bueno… mira, también te tendré preparado vino y comida normal.

Su voz resultaba molesta al oído, pero en ella también se filtraba una preocupación sincera.

—...Está bien.

Respondí así, pero lo hice teniendo en cuenta los sentimientos de Cristian. No tenía la menor intención de ir a “comer”. Solo que el vino que servía siempre era de buena calidad.

Terminé la llamada y entré en el ascensor que acababa de abrirse.

Mientras sentía un ligero mareo por la sensación de descenso, pensaba en cómo marcharme cuanto antes y volver a casa.

Aunque, antes que nada, esperaba no empezar a sentirme mal. 

Al club que administra Cristian acude una gran cantidad de clientes.

Sí… también muchos humanos.

Seres que, para mí, ahora no son más que una amenaza.

Probablemente cualquiera pensaría: ¿De qué habla un vampiro?

Así es… yo…

Soy alérgico a los humanos.

NOCHE 2


La suavidad del musgo humedecido por el rocío y el vapor.

La cálida sensación de las capas de humus en descomposición.

El aroma penetrante de las agujas de pino que flotan con el viento.

La humedad de la niebla que se desliza sobre la superficie del agua.

Con el paso de las estaciones, la fragancia de todo tipo de flores perfuman el aire.

El aroma de la tierra seca.

El calor de las piedras que han absorbido la luz del sol.

Una brisa fresca acaricia la piel.

Montañas puntiagudas, como si desgarraran el cielo.

Praderas doradas que se extienden hasta donde alcanza la vista.

Innumerables arboledas oscuras, difuminadas por la nieve.

Mi aroma favorito… el osmanthus.

Todo eso ya no existe más que en mis recuerdos.

Cierro mi único ojo y, cuando tengo tiempo libre, evoco el mundo que alguna vez contemplé, recorriéndolo en mi mente.

No puedo decir, por mi propia existencia; que también se superpone con épocas de persecusión, que ‘aquellos tiempos fueron mejores’, pero el mundo era, sin duda, hermoso. Y no fueron los humanos, que dominaban este planeta y devoraban sus recursos, ni las incontables armas nucleares de la guerra mundial, quienes destruyeron el mundo.

Fue solo una piedra, que vino desde el espacio.

Dejó un cráter gigantesco en la tierra.

Los recuerdos de aquel hermoso mundo, que apenas logro recuperar al rebuscar en mi memoria, son borrados por el impacto que experimenté aquel día.

Un destello… y la onda expansiva.

El olor de una cantidad de vidas jamás vista siendo consumidas, apenas rozando la punta de mi nariz por un instante, 

El vapor de mareas abradoras que cubría el cielo.

Ni siquiera se oían gritos.

Lo único que escuché fue mi propia voz gritando.

Lo único que quedó…

fue la oscuridad.

Fruncí el ceño con fuerza y abrí los ojos.

En el suelo de la salida de emergencias, sumido en la penumbra, las luces que parpadeaban en la pista se reflejaban de forma rítmica. El grave que marcaba el ritmo hacía resonar el fondo de mi vientre.

Sin darme cuenta, solté el aire que había estado conteniendo, en una exhalación breve y contenida. Con él, también expulsé una profunda decepción. Al apoyar la espalda contra la pared fría, me di cuenta de que mi cuerpo estaba rígido.

No es que quisiera revivir el pasado…

Me acaricié el cuello, húmedo por el sudor frío y pegajoso.

Solo quería escapar de este lugar insoportable, ruidoso y apestoso.

Si no fuera por el trabajo, no querría estar aquí ni un segundo más. A través del intercomunicador en mi oído, los otros guardias de seguridad seguían con sus conversaciones triviales: dinero, apuestas, peleas, mujeres, hombres, comida, alcohol… siempre lo mismo, día tras día. Pero esa banalidad era justo lo que necesitaba para volver a la realidad.

—Oye, Slash, ¿no hay ningún cliente que te guste hoy?

—...No le presto atención a los clientes.

Al decirlo, alguien respondió entre risas —Ah, con que estabas despierto.

—Sí, deberías estar vigilando a los clientes. Es tu trabajo, ¿no? 

En este club hay muchos guardias contratados. No sabía cuál de todas esas voces era de quién, y tampoco me importaba.

—Qué desperdicio. Hace poco, unas chicas que fueron al baño estaban hablando de ti, ¿sabes? Decían que quería acercarse al guardia salvaje de un solo ojo que siempre vigila la salida de emergencia debajo de la zona VIP.

Respondí solo con un suspiro. Algunos en el intercomunicador soltaron una risa contenida.

No me interesaba para nada.

Sería otra historia si hubiera luna llena.

—Ahh, ojalá pudiera comer las sobras… Este es un local controlado por vampiros, así que hay muchas chicas de primera categoría.

—Déjalo. No sabes de quién puede ser la ‘cena’. Si le pones una mano encima, no podrás seguir viviendo en esta ciudad.

Como si dijeran “ni hablar”, los guardias —todos de aspecto intimidante— gruñeron. Se acobardaban, como si metieran el rabo entre las piernas, temblando.

La familia que fundó esta ciudad ostenta un poder absoluto. En la gran catástrofe de hace dos siglos ‘Impacto Profundo’, cuando la humanidad estuvo al borde de la extinción por la caída de un enorme meteorito, quienes la protegieron y la hicieron prosperar de nuevo no fueron otros que los llamados ‘vampiros’. Poseen cuerpos inmortales y resistentes, y sobrevivieron sin dificultad a aquella tragedia. …Bueno, eso también me incluye.

Los vampiros son una especie que no puede existir sin los humanos. Se alimentan de sangre humana; es lo obvio.

Hace mucho tiempo, se despreciaban entre ellos y luchaban. Hubo una época en que los humanos temían a los vampiros e intentaron exterminarlos. Y tras una larga guerra, también hubo un tiempo en que se decía que los vampiros solo existían en los cuentos de hadas, que tales cosas no eran reales.

Sin embargo, incluso después de que fueron olvidados por los humanos, formaron organizaciones secretas en las sombras integrándose en silencio en la civilización para seguir sobreviviendo. En aquel entonces, eran los vampiros quienes parasitaban a los humanos.

Y entonces ocurrió la gran catástrofe.

Los humanos que fueron devastados al recibir un golpe que destruyó toda una civilización, recibieron ayuda de los vampiros. Hablando de forma objetiva, quizá fue algo natural, ya que los propios vampiros también se habían visto enfrentados a una escasez de alimento.

—Sin embargo.

Con el tiempo los vampiros lograron restaurar el mundo hasta cierto punto.

La población humana comenzó a aumentar poco a poco, y la civilización que estuvo a punto de perderse consiguió continuar, de algún modo, sin interrupción. Puede que se haya vuelto algo distorsionada al incluir el elemento de los vampiros, pero aun así.

Al principio, pensaba que…

Mientras reconstruían la civilización, los vampiros acabarían por administrar a los humanos como si fueran ganado. Que eso sería lo más conveniente para su especie. 

No fue así.

Los humanos prosperaron sanos bajo el cuidado de los vampiros y, aunque a menor escala, lograron independizarse, construyeron ciudades y recuperaron la organización social que alguna vez tuvieron. Ahora, humanos y vampiros coexisten. Incluso hay ciudades levantadas por humanos donde se erigen estatuas de vampiros. Sin llegar a venerarlos, probablemente sea una muestra de gratitud por haberlos salvado.

Por supuesto, los vampiros exigieron una ‘pequeña compensación’, pero para unos humanos que evitaron la extinción, eso quizá no sea gran cosa… por ahora.

He observado todo ese proceso como un ‘hereje’. Me resultaba extraño. Este nuevo orden del mundo.

No tengo ninguna conexión con la raza de los vampiros, ni intención de involucrarme con ellos. Por eso, incluso ahora, sus verdaderas intenciones siguen siendo un misterio para mí. Esa compensación consiste en recolectar sangre de los humanos resurgidos de forma periódica, en forma de bolsas de transfusión… en otras palabras, un ‘impuesto de sangre’. ¿De verdad eso era suficiente para ellos?

Si es así… ¿por qué?

Tal vez yo, que tenía demasiado tiempo libre, fui atraído hacia esta ciudad con la esperanza de que algún día encontraría esa respuesta.

La única ciudad donde los vampiros aún gobiernan y reinan…

—…’Meteora’, ¿eh? — dije en voz baja.

—¿Eh? ¿Dijiste algo? —preguntó alguien por el intercomunicador. Al no responder, enseguida cambiaron a otro tema trivial.

Todo volvió a convertirse en ruido.

No soy ni humano ni vampiro…

Tampoco pertenezco a este lugar.

Soy el único hombre lobo que queda en este planeta.

NOCHE 3

Un edificio con forma de caja cuadrada se levanta en la calle principal del bullicioso centro. Es completamente diferente al estilo arquitectónico solemne de los alrededores, y no importa cuántas veces lo vea, siempre me produce una extraña sensación.

A simple vista, parece no tener ventanas. Su forma cuadrada destaca aún más por la iluminación a nivel del suelo. En la fachada hay una entrada perfectamente cuadrada, que se conecta con la calle por una única rampa. A un lado del edificio se forma una fila de clientes esperando para entrar, todos vestidos con atuendos llamativos.

Este es el club más exclusivo de la zona, conocido como ‘Cubo’. También es uno de los establecimientos propiedad de Christian. Mi limusina se detiene frente a él. El conductor baja primero, rodea el vehículo con rapidez, abre la puerta y hace una reverencia. 

Me cuesta un poco levantarme del asiento, que me resulta tan profundo y mullido, así que extiendo la mano. El conductor duda un instante, pero luego toma mi mano. Puedo sentir su pulso acelerado latiendo con fuerza, y entiendo que está nervioso. Esbozando una leve sonrisa, le digo “gracias” y, procurando no preocuparlo más de la cuenta, retiro la mano rápidamente y me quedo de pie en la calle. La mano del conductor parece seguirme un instante, como si dudara.

Ignorando la fila de clientes, avanzo hacia la entrada y sin necesidad de abrir yo mismo la pesada puerta, un portero de piel oscura me guía hacia el interior. Incluso una vez dentro del local tenuemente iluminado, varios miembros del personal me siguieron.

—El señor Leonis ha llegado —susurra discretamente una voz por el intercomunicador.

Recorro el pasillo que me resulta familiar, y más adelante, el personal vestido de negro me indica el camino con la palma de la mano. Parece que hoy me conducirán a una sala VIP distinta a la habitual.

En cuanto la puerta insonorizada se abrió ante mí, me vi de inmediato inundado por una avalancha de luz y sonido. En el alto techo había focos que giraban sin parar, iluminando a los clientes que bailaban en la pista.

Aunque lo había previsto, sentí ganas de taparme los oídos.

Bajé ligeramente la mirada para no mirar de frente las luces parpadeantes.

En la barra, las botellas de alcohol estaban alineadas con pulcritud, y los reservados parecían estar casi todos ocupados. No importa cuándo venga, este club siempre está lleno. Bueno, es de esperarse… al fin y al cabo, este lugar también funciona como un “comedor” informal para nuestra especie.

Habrá quienes veneren a los vampiros, quienes quieran ganarse su favor, y por supuesto, quienes solo vienen a divertirse… cada uno tendrá sus propios motivos, pero en el fondo lo que los une es el deseo.

Guiado por el personal con traje negro, subí la suave escalera de caracol que llevaba a la sala VIP.

Solo eso bastó para que sintiera un leve mareo y, sin pensarlo, me aferré a la barandilla. En ese instante, me pareció ver algo inusual, un destello rojo al pie de las escaleras, y detuve la mirada. Pero, aunque recorrí el lugar con la vista, no logré distinguir qué era.

Al entrar en la sala con paredes de cristal y cerrarse la puerta, la música se volvió lejana. El suelo vibró suavemente debido a los graves.

La habitación es sencilla y moderna, decorada con muebles de estilo contemporáneo. La luz tenue, de tono cálido, se reflejaba en la gran mesa de vidrio pulido. Al sentarme en el sofá blanco de líneas rectas dispuesto a su alrededor, me di cuenta que, a diferencia de lo que aparentaba, era blando.

El grupo de hombres de traje negro que me había acompañado desapareció en algún momento, dejando solo a uno. Permanecía de pie junto a la puerta, intentando pasar desapercibido.

Noté que estaba extremadamente nervioso. Por el sonido acelerado de su pulso, su mirada inquieta y el olor que emanaba de su cuerpo.

—No tienes que ponerte tan tenso. Lo viste, ¿no? Puede que parezca joven, pero estoy tan deteriorado que incluso subir unos pocos escalones me resulta difícil.

Aun así, el hombre me miró sobresaltado por un instante, y enseguida bajó la vista hacia sus propios zapatos.

—No, señor… —respondió brevemente, lo que pareció ponerlo aún más nervioso.

A pesar de ser un hombre que probablemente me duplicaba en tamaño, en ese momento encogía el cuerpo como un animal pequeño. Aquello me resultó, a la vez, un poco gracioso y también lamentable.

No debería haberle hablado.

Apreté los dientes, tragando una leve sensación de soledad.

Antes de que el ambiente incómodo llenara por completo la habitación, la puerta se abrió de nuevo.

—¡Leonis! Perdona, hoy no es tu sala de siempre.

El que apareció fue Christian, con un traje blanco impecable y los brazos abiertos de forma exagerada. Su brillante cabello rojo, como siempre, resplandecía esponjoso como llamas. Su sonrisa tenía un aire algo frívolo, pero en sus ojos dorados se percibía cercanía. Aparentaba estar en sus veinte, pero él también era de la vieja guardia… aunque a los demás les resultara extraño, era alguien a quien yo podía llamar amigo.

—Ah… cada vez estás más marchito… Cuida ese cuerpo, Leonis.

Se sentó a mi lado y me ofreció la mano.

Pero al percibir el olor que lo envolvía, fruncí el ceño sin poder evitarlo.

—Tú… has “comido”, ¿verdad?

Ante el intenso olor a sangre humana, me aparté instintivamente.

—Ah, lo siento. Solo comí un poco. Vaya, tener un buen olfato también es un problema, ¿eh?

Christian no se acercó más y, sin mirar al hombre de traje negro que estaba junto a la puerta, le hizo una señal con la mano. Este salió y enseguida regresó con una bandeja de plata.

—Come algo, aunque sea un poco. ¿De acuerdo? Necesitas una dieta equilibrada. No puedes absorber nutrientes como una persona normal.

Cuando retiraron la tapa de la bandeja sobre la mesa, se elevó suavemente un aroma dulce a tomate.

Era una sopa de tomate con carne vegetal y verduras cocidas. Una ensalada de vegetales frescos y un puré de patata aún humeante. Un ligero aroma a sal y pimienta se percibía en el aire.

Para mí, en mi estado actual, este tipo de comida “humana” resultaba más familiar.

Incluso me sentí aliviado.

—Vamos, come. Aún está caliente. Si te dejo solo, seguro que te pones a morder cualquier cosa que vendan por ahí.

—Gracias.

Tomé la cuchara y empecé a comer.

La sopa tenía una acidez que me hizo encoger la lengua. Pero luego siguió un sabor suave. La cebolla y la zanahoria, ya tiernas, se deslizaban con facilidad por la garganta. La carne vegetal también había mejorado últimamente, acercándose en sabor a la carne auténtica de antaño. El puré de patata, cuidadosamente triturado y luego trabajado, tenía una textura suave en la boca. Aun así, conservaba ese sabor cálido y reconfortante.

Sentí una calidez en mi cuerpo.

Está delicioso.

Eso pensé, con sinceridad.

Durante la comida, Christian no dijo nada y simplemente me observó. Su expresión se mostraba desconcertada, como siempre.

El vino de buena calidad que había prometido también llegó poco después, y brindamos ligeramente.

—Estaba muy deliciosa. Mejor que mis comidas habituales.

Miré el plato vacío y, con una leve sensación de felicidad, me llevé la mano al vientre. En efecto, era más sabroso que esos platos elaborados y visualmente llamativos que Christian suele ofrecer; era sencillo… amable, y de algún modo, me resultaba nostálgico.

—¿En serio? Me alegra oírlo… Hace poco contraté a un guardia que iba de paso, y dicen que de vez en cuando cocina cosas bastante buenas. Probé la comida por curiosidad. No es atractiva, pero tiene ese sabor de antes… como lo que se solía comer en otros tiempos. Pensé que te gustaría, así que le pedí que lo preparara especialmente para mí.

Por alguna razón, Christian hablaba con aire orgulloso. Sin duda, el mérito debía ser del portero que había preparado el plato.

—¿Ah, sí? Me gustaría darle las gracias. Incluso podría contratarlo como cocinero.

Al decir eso, Christian soltó una risa inmediata.

—¡Oh, no, no! Ese tipo es increíblemente antipático, y ni siquiera intenta disimular su disgusto ni conmigo, que soy el propietario. Es fuerte e intimidante, eso sí, no es del tipo que encaje como cocinero.

Al oír eso, me despertó un poco de curiosidad. Pero tampoco era algo en lo que profundizar, y yo mismo no deseaba relaciones complicadas con otras personas. Me limité a decir “ya veo” y llevé el vino a mis labios.

—Qué bien… ¿se te ve un poco mejor el color?

—Con una sola comida no voy a volver a ser como antes… aunque quizá sea porque la comida estaba caliente.

—Bueno, puede que te venga bien tener un poco menos de fuerza. No es como si te fueras a morir por ser quisquilloso.

No respondí a eso y me limité a hacer girar la copa de vino. El líquido rojo onduló en su interior.

—Me pregunto por qué ya no puedes beber sangre…

Cada vez que hablaba con Christian, siempre salía ese tema. No, en realidad no era una pregunta. Más bien intentaba aceptar un hecho que ya no tenía vuelta atrás.

Yo siento lo mismo.

Siendo un vampiro, ¿por qué mi cuerpo se había vuelto incapaz de tolerar la sangre humana? Se suponía que heredé la sangre más antigua, la de los llamados progenitores. Y aun así, ni yo mismo lo entendía.

Simplemente dejé de sentir deseos de beberla.

Incluso si lo hacía por obligación, terminaba vomitándola o me faltaba el aire hasta perder el conocimiento. No moría, pero quedaba postrado durante días, con las náuseas sin desaparecer.

Cuando me di cuenta de que era algo parecido a lo que los humanos llaman una reacción alérgica, un shock anafiláctico, me quedé atónito… pero eso fue hace ya dos siglos. Desde entonces no he vuelto a probar sangre humana, y aun así sigo con vida. Por supuesto, no puedo desplegar mi poder al máximo, pero en el mundo actual no supone ningún problema.

Más que aceptarlo… lo resigné.

Esto es lo que soy ahora.

—Oh…

Christian habló de pronto. Se oyó un leve sonido de vibración. Sacó un dispositivo del bolsillo interior de su traje. Me hizo una señal con la mirada antes de responder:

—¿Hola?

No era correcto escuchar la conversación ajena, y además, al haber recuperado un poco de energía, me levanté y me acerqué a la ventana. Desde allí podía ver toda la planta inferior. Multitudes bailaban bajo las luces vibrantes, y en los reservados los clientes conversaban y se divertían. Una escena impensable tiempo atrás. Tras aquella gran catástrofe, la humanidad bien podría haber regresado a la Edad de Piedra.

—Lo siento, Leonis. Voy a ausentarme un momento. Hoy ha venido a otra sala un pez gordo humano. Iré a saludar.

A mis espaldas, Christian colgó la llamada y habló con un tono muy decepcionado.

Me giré y negué con la cabeza.

—No te preocupes. Gracias por la comida… Me alegro de haber venido.

Al decir eso, Christian sonrió mostrando los dientes.

—Si quieres, quédate un rato más. Si pides más vino, te lo traeré.

Agitó la mano con ligereza y salió de la sala apresuradamente. Lo observé, a través del cristal, descender la escalera de caracol seguido por el personal de traje negro. Su traje blanco se deslizaba entre los clientes, casi como si bailara en la pista. Lo seguí con la mirada distraídamente hasta que desapareció en otra sala VIP al frente.

No es que estuviera pensando en él.

Sino en cómo el color de su cabello rojo me hacía recordar la sopa de tomate que acababa de comer.

—Estaba deliciosa… esa sopa. —murmuré para mí mismo.

Entonces, sentí como si aquel sabor regresara a mi boca. Moví la lengua, explorando el interior… pero solo encontré la sensación de mis dientes, lo que me dejó decepcionado.

Mientras bajaba la mirada, de pronto la puerta se abrió de golpe con brusquedad. Al dirigir mi mirada hacia allí, vi a un hombre humano de cabeza rapada, con un fuerte olor a whisky, con su brazo alrededor de la cintura de una mujer. La ropa de ella cubría mucho menos de lo que dejaba ver; era lo mínimo indispensable.

—…¿No había nadie del personal que los detuviera? —Dije mientras dejaba la copa de vino sobre la mesa.

—Tú eres Leonis, ¿no? —dijo el hombre. La mujer, vestida apenas con lo justo, reía como si estuviera completamente ebria.

El hecho de que la conversación no encajara, de alguna forma me resultó curioso. Pero más que eso, me pareció una molestia.

—Así es. ¿Y tú? —Respondí.

—Había oído que a veces venías aquí… Tuve suerte.

Una vez más, la conversación no tenía coherencia. Qué fastidio.

Pero sin que yo dijera nada, el hombre continuó. —Tengo un local en los callejones de esta ciudad, un sitio como este. Pero cuando se trata de clubes, todo el mundo viene al Cubo… Todos los buenos clientes se los lleva este lugar.

Al ver que no respondía, el hombre bajó ligeramente la barbilla y siguió hablando. Cada vez que abría la boca, el olor a alcohol me golpeaba la nariz. La mujer seguía riendo, pero sus ojos permanecían fijos en mí.

—Y verás… Esta es tu ciudad. Es el paraíso ideal que tú creaste, ¿no? Aquí, humanos y vampiros pueden vivir en paz y en igualdad… ¿verdad?

No respondí a esa afirmación y me limité a mirarlo. El hombre se humedeció los labios con la lengua antes de continuar.

—Entonces, no estaría mal que mi local ganara un poco más, ¿no? Si tú te dejaras ver por allí, aunque fuera un poco, la reacción de los clientes sería estupenda. La mayoría de mis clientes son humanos, así que también sería un trato “beneficioso” para ti, ¿no?

Mientras decía eso, empujó hacia mí a la mujer que sostenía.

Ya ni siquiera me causaba sorpresa.

Los humanos son inmaduros. No se puede evitar; sus vidas son efímeras, por lo que son superficiales.

Es cierto que, si se tratara de un vampiro impulsivo, quizá habría caído en una tentación tan simple. Pensaría en tener un lugar donde pudiera comer algo ligero.

Pero, en mi caso, no había ningún beneficio.

Lo único que se me ocurrió fue: “Quizá debería investigar la situación de los locales en los callejones”. ¿De verdad había negocios en tan mala situación…? Mientras el hombre empujaba aún más a la mujer hacia mí y seguía diciendo algo, me llevé la mano al mentón, pensando qué hacer con esta situación.

—¿Hay algún problema?

De pronto, tras un aumento en el volumen de la música, se oyó una voz grave.

Al volver la mirada hacia el nuevo visitante, vi a un hombre vestido de negro de pie cerca de la puerta. Era alto, con un cuerpo musculoso que se notaba incluso bajo la ropa. Tenía una mandíbula marcada, con barba, y en el lado izquierdo llevaba un parche en el ojo. Su cabello negro estaba peinado hacia atrás, pero una franja blanca atravesaba desde la frente hasta la parte superior derecha de la cabeza. Solo tenía un ojo visible, pero su mirada era más que suficiente para intimidar a cualquiera.

No me resultaba conocido.

—¡Cierra la boca y lárgate! —gritó el hombre, molesto por haber sido interrumpido. Pensé que los humanos realmente tienen energía de sobra. A diferencia de mí, incluso enfadarse requiere un esfuerzo.

Me encogí ligeramente de hombros hacia el hombre de traje negro.

—Parece que están bastante ebrios. Sería mejor que descansaran.

Al decir eso, el hombre de traje negro movió apenas la barbilla y se acercó. Mi campo de visión quedó cubierto por la espalda del hombre.

—Fuera. —dijo con voz baja. Su voz era tranquila, pero no admitía negativa… más bien, dejaba claro que se consideraba superior. No podía ver la expresión del hombre de traje negro, pero sí el rostro del cliente ebrio, enrojecido por la ira. La mujer, con la misma mirada que me había dirigido a mí, ahora alzaba los ojos hacia él.

De repente. 

El cliente ebrio tomó la botella de vino que estaba sobre la mesa de vidrio y la estrelló contra la frente del hombre de traje negro. Se oyó un golpe sordo, y la botella rota junto con el líquido salpicaron el suelo.

El impacto hizo que el cuerpo del hombre de traje negro retrocediera y se inclinó hacia mí. Instintivamente extendí los brazos para sostenerlo. En el instante alcancé a ver su boca, estaba torcida por el dolor, pero su ojo brillaba con un rojo intenso, carente de emoción.

Como en cámara lenta, el líquido se deslizó siguiendo la línea de su alta nariz.

Gotas rojas salpicaron mis hombros y el cuello de mi camisa. También sentí un líquido tibio en la mejilla.

No era solo vino.

Sangre.

El aroma de la sangre.

Denso, delicioso… embriagador.

Por un instante, me sentí mareado y como si me invadiera una embriaguez, y mis pensamientos se nublaron.

Quiero beber.

Esa idea llenó por completo mi mente.

**

NOCHE 4

—El señor Leonis ha llegado.

La voz que se escuchó por el intercomunicador estaba tensa.

Ya no quedaba nada del ambiente en el que, hasta hace un momento, bromeábamos y reíamos con soltura. Desde que el jefe avisó de la llegada de un cliente especial, todo había cambiado.

Leonis.

Incluso yo, que llevo poco tiempo en esta ciudad, conocía ese nombre.

El fundador de ‘Meteora’. La cabeza de esta ciudad. Es decir… el jefe de los vampiros. Probablemente alguien de la estirpe de los progenitores, la más antigua. Quizá lleve miles de años viviendo. No debería haber nadie en esta ciudad que no lo conozca.

Aunque conocía su nombre, era la primera vez que lo veía.

Había oído a otros guardias decir que, de vez en cuando, aparecía por este local llamado ‘Cubo’, pero ¿así que era cierto?

Desde la entrada llegaba un olor a tensión. Literalmente. Cuando los humanos se ponen nerviosos, su olor corporal cambia. Era un olor más intenso que cualquiera que hubiera percibido antes.

Sin embargo, no había rastro del denso olor a sangre que suelen desprender los vampiros. Por más que afinara el olfato.

Un grupo de hombres de negro apareció frente a las escaleras que conducen a la sala VIP. Los guardias también los rodeaban, así que no podía ver bien al tal Leonis.

Subía por la escalera de caracol sobre la salida de emergencia.

Entonces vi unos dedos delgados aferrándose a la barandilla.

Una figura que ascendía con paso lento.

—……

Por un instante, abrí los ojos con sorpresa.

Me sorprendió.

¿Qué demonios es ese tipo…?

No desprendía ni el más mínimo olor a sangre.

Llevaba un traje de cuello alto de color beige claro, de excelente calidad, pero del cuerpo que había debajo no emanaba ninguna vitalidad. Tenía extremidades largas, un físico esbelto y proporcionado como una proporción áurea, pero sus movimientos eran lentos y sus pasos pesados. Su cabello plateado estaba bien arreglado, pero había perdido el brillo, apagado. Su piel era de un blanco casi traslúcido… como hielo fino a punto de quebrarse.

Aparentaba unos treinta años, pero a mis ojos parecía un árbol viejo, marchito en pie.

¿De verdad es un vampiro?

Era tan extraño que resultaba sospechoso.

Desde luego, sus facciones eran bellas, propias de un vampiro. También poseía la nobleza y la elegancia dignas de un progenitor. Pero no se percibía en él ni presencia dominante ni una energía sobrenatural poderosa.

—Parece que va a morirse en cualquier momento… —murmuré sin pensar.

Pero… enseguida retiré ese pensamiento.

A mitad de la escalera, de pronto, el hombre de hielo detuvo sus pasos y me miró directamente.

Sin vacilar, sin buscar con la mirada, me atravesó en un instante. Con aquellos ojos de un azul hielo, cristalinos.

Sentí un sobresalto.

Bajé la mirada y retrocedí. Me oculté de forma instintiva.

—……

El hombre pareció perder el interés de inmediato, y aquella mirada afilada como una hoja desapareció. Aun así, no me moví hasta que el grupo terminó de subir las escaleras y desapareció de la vista.

No se le puede subestimar.

Mi instinto lo afirmaba.

Sentía como si alguien hubiera agarrado mi corazón sin ningún miramiento.

En ese instante, comprendí al hombre llamado Leonis.

Hace mucho tiempo, cuando me vi envuelto en una cacería de hombres lobo en el continente, una vez fui salvado por un miembro de la estirpe de los progenitores. Aquel vampiro adulto tenía unos ojos verdes como esmeraldas, así que no sé si pertenecía a la misma línea que Leonis, pero la inmensa energía que emanaba de él era similar. Yo era joven entonces, y recuerdo haber metido la cola entre las piernas, paralizado por el miedo.

Yo también he vivido mucho tiempo y he acumulado poder. No era como para que me temblaran las piernas ante alguien como ese Leonis… pero, si no estuviera debilitado, quién sabe.

En los relatos antiguos suele decirse que vampiros y hombres lobo estaban enfrentados, pero no es tan así. Sus formas de vida y de pensar eran completamente distintas, y rara vez había motivos para chocar. Solo nos reconocíamos mutuamente como criaturas fuertes, marcadas por un destino de “casi inmortalidad”.

La gran diferencia era…

Que los vampiros, con el paso de los siglos, se convirtieron en una raza que salió a la luz y llegó a dominar el mundo.

En cambio, los hombres lobo desaparecieron, dejándome solo a mí.

No fue culpa de nadie. Solo fue la ley de mi especie. Por eso, no sentía envidia hacia los vampiros… y tampoco llenaba el vacío en mi pecho.

Ese destino de “casi inmortalidad” es cruel.

Cuanto más profunda es la soledad, más evidente se vuelve que… no puedo morir.

—Oye, Slash.

Una voz sonó por el intercomunicador. Sobresaltado, llevé la mano al auricular.

—¿Qué pasa?

—Un borracho está subiendo a la sala VIP donde entró Leonis. El dueño ya salió, y no nos dijeron nada de más invitados.

Su tono era acusador, como si me reprochara no haberlo visto, y también dejaba entrever urgencia.

Al alzar la vista hacia la escalera de caracol, vi a un hombre y una mujer abriendo la puerta de la sala.

Separé la espalda de la pared.

Pero dudé.

No quería encontrarme con Leonis.

Esa era mi sensación.

Pero no podía permitirme eso. La sala VIP de arriba estaba bajo mi responsabilidad. El dueño de este local también era un vampiro veterano, y parecía tener bastante cercanía con Leonis. No quería perder el trabajo que había conseguido con un origen tan incierto, ni tampoco provocar conflictos con los vampiros.

Chasqueé la lengua y subí la escalera de caracol a grandes zancadas.

Al abrir la puerta, no entendí del todo la situación… pero el borracho de cabeza rapada estaba empujando a la mujer ebria hacia Leonis. Y el propio Leonis, con las manos a la espalda, solo mostraba un rostro cansado.

—¿Hay algún problema? —pregunté.

Leonis me miró y, sin mostrar demasiada sorpresa, apenas torció ligeramente la comisura de los labios. Seguía teniendo ese aire marchito, sin vitalidad… pero su presencia era abrumadoramente fuerte.

El de la cabeza rapada gritó. —¡Cierra la boca y lárgate!

Estaba tan borracho que se había envalentonado. No percibía el aura de alguien poderoso que emanaba Leonis. O quizá los humanos simplemente son torpes para esas cosas… Por una vez, hasta me dieron ganas de elogiar esa osadía.

—Parece que están bastante ebrios. Sería mejor que descansaran. —dijo Leonis con una voz calmada y fría. Al parecer, no se había dado cuenta de que yo era el mismo con quien había cruzado la mirada en la escalera. Eso me dio un leve alivio.

Como guardia, me interpuse para evitar que el borracho hiciera daño a Leonis. Pero una parte de mí pensaba: “¿De verdad es necesario?”. Si el hombre a mi espalda liberara su verdadero poder, no sabía si siquiera yo podría hacerle frente. Más que el débil humano frente a mí, era la presión que sentía a mi espalda lo que hacía que el vello de mi nuca se erizara.

Lo mejor era terminar con este alboroto cuanto antes.

—Fuera.

Le dije al de la cabeza rapada.

Al mirarlo desde arriba, vi cómo en sus ojos vidriosos pasaba un instante de miedo.

Pero los humanos borrachos son necios e irremediables. Su cerebro lleno por el alcohol no pudo contener la ira hacia mí.

El tipo agarró la botella de vino que estaba sobre la mesa y, con un movimiento torpe, la arrojó contra mi frente.

No me moví, porque Leonis estaba detrás de mí.

Prefería evitar cualquier problema con él.

La botella se rompió y el líquido salpicó.

Sentí el impacto en la cabeza, pero lo que hice fue disfrutar del aroma del vino. Hoy en día, es algo tan caro que apenas se puede beber con normalidad.

También noté cómo la sangre tibia descendía por mi rostro.

Pero al mismo tiempo, sentí cómo la piel abierta de mi frente se cerraba de inmediato. Mi pulso ni siquiera se aceleró. Eso sí, el golpe me hizo inclinarme un paso hacia atrás, pero recuperé la postura y, mientras lo hacía, le agarré la garganta al de la cabeza rapada. Si extendía el brazo, el suyo no podía alcanzarme.

El hombre gimió y golpeó mi brazo varias veces, pero en cuanto apreté su arteria carótida, perdió la fuerza. No hacía falta llegar a romperle el cuello.

Lo empujé hacia la puerta y lo arrojé contra los otros guardias que estaban subiendo. El de la cabeza rapada, ya inconsciente, fue arrastrado por ellos escaleras abajo.

—Espera, queda otra…

Recordé a la mujer que había quedado dentro. Mientras me limpiaba la frente con la manga de la camisa, me giré para volver a la habitación.

Justo en ese momento… La mujer salió despedida desde el interior… literalmente lanzada, y chocó contra mi pecho.

La mujer gritó algo, pero más importante que eso…

¿Quién la había lanzado?

¿Ese hombre, que parecía un árbol marchito…?

No puede ser.

…Más tarde, acabaría maldiciendo profundamente haber pensado eso.

Entregué a la mujer que gritaba a otro guardia y regresé a la habitación para averiguar qué había ocurrido.

Fue un error.

Un brazo envuelto en tela beige claro se extendió hacia mí y se enroscó alrededor de mi cintura. Con la otra mano, sujetó mi brazo izquierdo.

— !!

Cuando me di cuenta, ya era demasiado tarde.

Desde el flequillo plateado de Leonis, asomaban unos hermosos ojos azules, enmarcados por largas pestañas, brillando ante mí como un caleidoscopio.

Maldición.

Esto es… ‘encantamiento’.

Aunque entre criaturas existe cierta resistencia, si te miran de frente de esta forma…

Mis extremidades se entumecieron, y la fuerza abandonó mis rodillas.

Con los pensamientos desvaneciéndose, seguía preguntándome: ¿por qué?

¿Por qué yo…?

Mi espalda y la parte posterior de mi cabeza chocaron contra algo. Pero era suave… y mi cuerpo se relajó aún más. Aunque mi mente estaba embriagada, mis sentidos táctiles se agudizaron.

Más que inmovilizarme, una fuerza que se enroscaba y me apretaba se extendió por mi cuerpo. Dedos fríos recorrieron mi cuello, y se oyó el sonido de la tela rasgándose. Luego, esos dedos siguieron la línea de mi mandíbula, levantándola

Algo fino y duro rozó mi cuello.

Va a morder…

Pensé vagamente.

Había una sensación de urgencia, pero lejana, como si no me perteneciera.

Más que el dolor de los colmillos perforando la piel, fueron los labios suaves aferrándose a mi cuello lo que hizo temblar mis párpados. Una lengua húmeda y cálida acarició la zona, deslizándose sobre el vaso sanguíneo. Desde el lugar de la mordida, un dulce hormigueo se extendió por todo mi cuerpo y, por alguna razón, sentí cómo la sangre se acumulaba en mi bajo vientre, como si fuera a excitarme.

—Ugh…

Maldita sea… esto está mal.

No puede sentirse… bien…

Oí el sonido de la garganta de Leonis tragando, glu, glu. Al mismo tiempo, mi corazón latía con fuerza, pum, pum. Intentando compensar la sangre que perdía, su ritmo se aceleraba cada vez más.

Al mareo provocado por el ‘encantamiento’, se sumó el vértigo.

El calor se escapaba de mi cuerpo junto con la sangre. Sentía frío… y aun así, solo mi corazón y mi cerebro ardían como si estuvieran a punto de sobrecalentarse. Mi visión empezó a oscurecerse…

Y sin embargo, una sensación de euforia, como si me acercara al clímax, atravesaba el centro de mi cuerpo, impidiéndome moverme.

Esto es malo.

Me va a drenar por completo.

Por primera vez, sentí la muerte tan cerca. Ese miedo me devolvió la cordura.

—D… detente…

Jadeando, apreté los dientes y forcé la voz. Arranqué mis pensamientos a la fuerza del hechizo del ‘encantamiento’. Reuní toda mi fuerza en la mano izquierda, agarré el cuello de Leonis —que seguía aferrado a mí— y lo aparté.

Se oyó un sonido seco al desgarrarse la piel, pero no podía detenerme por eso. Aprovechando el impulso, invertí la posición y, con toda mi fuerza, lo empujé contra el sofá mientras le apretaba el cuello.

En circunstancias normales, le habría roto el cuello… o lo habría asfixiado. No medí la fuerza en absoluto.

Pero…

Leonis, tras haber bebido abundantemente de mi sangre, me miraba con los ojos entornados, extasiado… sonriendo. Con los labios aún manchados de mi sangre.

Y entonces—

—Delicioso… —dijo, lamiéndose los labios con una lengua roja y húmeda.

Maldita sea… ¿qué demonios es esto?

Bebiendo mi sangre sin permiso, como si nada. Si hubiera sido un humano, esa cantidad lo habría matado. Solo pude resistir porque soy un hombre lobo.

La rabia recorrió todo mi cuerpo ante la forma en que me había sometido y pisoteado. Esta vez sería yo quien destrozaría su orgullo. Pensándolo, apreté aún más la mano.

Pero el cuello delgado de Leonis, aunque suave, era como acero. Sentí a través de mi palma cómo su cuerpo se llenaba de fuerza, recuperando vitalidad a gran velocidad.

Lo miré con intención de matar.

Leonis me miró con ojos húmedos, y con sus largos dedos acarició mi mejilla.

—¿Qué eres tú…? ¿Por qué…?

Sus dedos se deslizaron con una ternura casi afectuosa. Un escalofrío me recorrió y aparté su mano con la barbilla.

Eso era lo que yo quería preguntar. Por qué había bebido mi sangre de esa manera absurda.

Cuando estaba a punto de hablar, sentí un fuerte golpe en la parte posterior de la cabeza.

En otras circunstancias, no me habría afectado. Pero había perdido demasiada sangre.

Mi visión se tambaleó… se nubló.

Maldita sea…

Maldiciendo, dejé que la conciencia se desvaneciera.


**

NOCHE 5

Los iris de un rojo carmesí temblaron.

Brillaban con una luz intensa, colmados de ira por la profanación que yo había cometido. Aun así, incluso eso me pareció delicioso, y no pude evitar pensar que era indecoroso de mi parte.

Arrastrado por un impulso abrumador, perdí la razón y, por primera vez en doscientos años, me alimenté. Me embriagué con el placer de sentir cómo ese néctar se impregnaba en mi cuerpo, seco hasta el extremo. Sin contenerme en absoluto, devoré.

Y, aun así, al mismo tiempo, no dejaba de preguntarme: ¿Por qué…por qué la sangre de este hombre es tan deliciosa?

¿Por qué…después de tanto tiempo sin poder aceptar la sangre, ahora…?

¿Por qué…este hombre no muere?

Pensé egoístamente, aun siendo yo el agresor, mientras bebía aquella sangre cálida que desprendía un aroma intenso. Pero ahora, el hombre yacía desplomado en el suelo, sin fuerzas.

Sus dedos se deslizaron débilmente de mi cuello. Me apresuré a sostener su cuerpo.

—¡A-ah…!

Pensé que lo había matado. Volví en mí, y la culpa y la vergüenza por haberme entregado al deseo y haberlo atacado me invadieron de golpe. Sentía cómo mi fuerza regresaba rápidamente, pero aun así sacudí el enorme cuerpo del hombre, que tenía los ojos cerrados y no reaccionaba.

—¡Leonis! ¿Estás bien?

Reconocí la voz de Cristian, pero no miré en su dirección. Levanté la cabeza del hombre, sosteniéndola sobre mis rodillas.

—¡Él… va a morir…!

—…Ugh…

El hombre gimió en mis brazos.

Está vivo.

Y volví a pensar: “¿por qué…?”

A pesar de que le había arrebatado una cantidad de sangre suficiente para matarlo… y de haber recibido un golpe con todas sus fuerzas por parte de Cristian.

—…¿Qué es…?

El alivio hizo que mis hombros se relajaran. Aunque pregunté mientras escuchaba su respiración débil, con los ojos aún cerrados, no hubo respuesta.

—Oye, ¿está bien? ¿Ese tipo no te estaba atacando…? Bueno, no creo que un humano pudiera hacerte eso, tampoco es que te esté subestimando, pero…

—No. El que lo atacó fui yo… Él solo… se resistió…

—¿Tú? ¿Y ese tipo resistiéndose?

Cristian se agachó, como si no pudiera creerlo, pero al ver mi boca manchada de sangre, abrió los ojos de par en par.

—¿Comiste, Leonis? ¡Eso es genial!

Dijo con una gran sonrisa, sujetándome de los hombros y sacudiéndome. Pero enseguida soltó las manos, como si se hubiera dado cuenta de algo. Por un instante, el miedo cruzó por su mirada. Probablemente percibió el “poder” que había vuelto a mí.

—Pero él…

—Sigue vivo, ¿no? Seguro que te contuviste al alimentarte. Además, lo dejé inconsciente de un golpe, nada más.

—N-no… no es eso…

Negué con la cabeza apresuradamente, pero Cristian parecía demasiado contento por mi primera “comida” en tanto tiempo como para escucharme.

—¡Ya veo, ya veo! ¡Qué bien, Leonis! ¡Con esto por fin te libras de esa anemia crónica! Si quieres, puedes llevarte a este tipo contigo. Mira, fue él quien preparó la comida que estabas comiendo hace un momento. Es un tipo algo arisco y bastante poco sociable, pero seguro que tú puedes domesticarlo en un instante, ¿no?

Dijo Cristian tocándose el rabillo del ojo.

Seguramente se refería al poder de “encanto”. Hace un momento, yo también lo había usado con este hombre sin darme cuenta. Pero… él había recuperado la conciencia a medio camino y me apartó.

¿Por qué pudo hacer algo así?

Bajé la mirada hacia el hombre, que seguía inconsciente.

Acaricié su frente tersa. A pesar de que el borracho lo había golpeado con una botella de vino, no tenía ni una sola herida.

Un hombre extraño.

De su cuerpo aún emanaba ese aroma que despertaba el apetito.

Quería hablar con él… y disculparme por lo que le había hecho.

No… sería inútil intentar disimular y ocultar mis verdaderos sentimientos.

Lo quiero. Quiero a este hombre. No puedo ocultar mi hambre.

Una vez más… quiero beber su sangre.

—Me lo llevaré.

Cuando se lo dije a Cristian, él sonrió y llamó a los hombres de traje negro que tenía detrás.

Separaron al hombre de mis rodillas. Con mi estado actual, probablemente habría podido cargarlo yo mismo, pero decidí dejárselo a ellos.

Al salir de la habitación, el local seguía lleno de música, como si nada hubiera ocurrido. Los clientes reían, bebían y bailaban como siempre.

Sin embargo, ni el parpadeo incesante de los focos en el techo ni el retumbar de los graves me resultaban molestos. Mis pasos no vacilaron al bajar la escalera de caracol; mi cuerpo se sentía ligero como una pluma. No había pesadez, ni mareo. Incluso mi mente estaba clara.

Porque había bebido sangre.

Después de siglos, volvía a experimentar lo que era el bienestar.

La sangre cálida de ese hombre me llenaba. Rebosa de vida, agitándose vívidamente dentro de mí.

¿Acaso la sangre humana siempre había sido tan poderosa? ¿O era que yo la había deseado tanto?

Mientras observaba la espalda caída del hombre, arrastrado frente a mí, me di cuenta de algo. Los hombres de traje negro y los guardias que nos rodeaban desprendían una clara sensación de miedo.

Me temían.

Pensaban que, si algo salía mal, ellos también serían sometidos como aquel hombre inconsciente.

Sentí una fuerte sensación de aislamiento.

Pero, dijera lo que dijera, esa distancia no desaparecería. Mientras fueran seres vivos, el miedo no podía erradicarse. Así que no tuve más opción que mantener una actitud lo más serena posible y dirigirme hacia la salida del local.

El conductor salió apresurado del coche estacionado frente al club, claramente sorprendido. Observé con cierta inquietud cómo colocaban al hombre, aún inconsciente, en el asiento trasero ya abierto.

No lo traten con brusquedad… es alguien importante para mí… Estuve a punto de decirlo varias veces, pero lo contuve. Subí enseguida al coche y atraje hacia mí el cuerpo inclinado del hombre. Su pesada cabeza cayó sobre mi hombro.

—Nos vemos, Leonis.

Cristian, que había venido conmigo, levantó la mano en despedida. Los hombres de traje negro y los guardias que nos rodeaban observaban al hombre en mis brazos con una expresión cercana a la compasión, pero ninguno dijo nada.

—Lamento lo de la habitación. Me disculparé debidamente más tarde.

—¡No te preocupes! Cuídalo bien. Luego te mando sus pertenencias.

Dijo Cristian, como si estuviera entregando un cachorro. Cuando el coche comenzó a moverse, volvió a entrar al club acompañado de su séquito.

El asiento del conductor y el trasero estaban ahora separados por la ventanilla polarizada. Dentro del coche, nos quedamos solos.

Podía oír la débil respiración del hombre. Su cabello, húmedo por el vino, desprendía su aroma. Un leve dulzor de sangre se mezclaba en el aire, y sin pensarlo acerqué la nariz.

Qué buen olor…

Froté el puente de mi nariz contra su frente, deleitándome en ello. Cuando mis labios rozaron su marcado arco superciliar, tuve que contener a duras penas el impulso de extender la lengua.

No sabía qué había bajo el parche, pero pensé que quizá se trataba de una parte privada, así que procuré no tocarlo mientras me inclinaba para observar su rostro. Me preocupaba si seguía con vida.

En sus párpados profundos, las pestañas eran más largas de lo que había imaginado. El puente de su nariz, recto y alto, era ligeramente afilado, pero encajaba bien con la firme línea de su mandíbula. Era rudo y robusto, pero bajo sus ojos se marcaban ojeras, y sus labios finos estaban algo secos y agrietados, dejando entrever una vida agotadora.

Sus brazos eran duros como el roble. Sus largas piernas, extendidas, parecían apretadas dentro de los pantalones, marcando la línea de sus músculos. El pecho que asomaba por la camisa que yo mismo había rasgado era ancho, y ahora subía y bajaba lentamente. Incluso podía oír el latido fuerte y pausado de su corazón.

Pensar que bajo esa piel morena y firme corría aquella sangre tan dulce… hizo que, al deslizar los dedos por sus pectorales elásticos, apenas lograra reprimir mi deseo.

Recordé aquellos ojos llenos de ira que había visto hacía un momento.

Lo siento… perdóname.

Seguramente, cuando despierte, se enfadará conmigo. Quizá nunca llegue a sentir aprecio por mí. No… eso está bien, no aspiro a tanto.

Al menos, prometo ofrecerle una vida en paz.

Por eso…

Mientras me confesaba así en mi interior, seguía disfrutando del aroma del hombre que continuaba dormido, relamiéndome.

Esa sensación de culpa, tan largamente olvidada.

Había vivido alimentándome como un humano, soportando siglos de sequía, entregado a una existencia que bien podría llamarse austera… y aun así, frente a este intenso apetito, la avidez y la arrogancia asomaron de inmediato.

No pude resistirme.

La sangre llama a la sangre.

Después de todo… sigo siendo un vampiro.

**


SIGUE NOCHE 6 AL 10


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