PARTE 2

3- ¡No me llamen "Ojou-sama"!

El suelo, que probablemente era de mármol, estaba cubierto por una alfombra persa como las que también había en las salas de recepción de su organización.

Puede que en este mundo no existiera un país llamado Persia, pero aun así comprendió que se trataba de una pieza de la más alta calidad, tejida a mano y cuya elaboración debía de haber requerido años, además de costar una fortuna.

Sentado ya en el sofá frente a Siguan y Suin, Jou esbozó una sonrisa irónica.

Aquello parecía la mansión de algún noble.

Al oír hablar de Santos y Santas, había imaginado que vivirían en un lugar parecido a un templo o a un recinto de ascetas, pero por lo visto llevaban una vida bastante elegante.

NT: Ascetas, es la persona que busca la perfección espiritual. 

Y no por ello pensó que fueran unos mundanos pese a ser religiosos. Sabía bien que, cuanto mayor es la autoridad de alguien, más necesita rodearse de adornos ostentosos que impresionen a los demás.

Vamos, los monjes más importantes siempre llevan hábitos resplandecientes de oro, ¿no?

Y si uno se pregunta si la corona que lleva un rey tiene realmente algún significado, acaba pensando que quizá no sea más que un adorno para la cabeza.

Una persona común seguramente se sentiría incómoda en un lugar así, pero...

Jou se sentó con toda naturalidad en el centro del sofá, cruzando las piernas.

Era hijo de un yakuza que había cargado sobre sus hombros una organización entera desde antes incluso de que él naciera. Estaba acostumbrado a los lujosos muebles y decoraciones en los que se había gastado una enorme cantidad de dinero.

Sobre la mesa de palisandro colocaron una vajilla de plata de tres niveles que le resultaba familiar.

Era, en otras palabras, un servicio de té de la tarde.

¿Está mal que un yakuza disfrute del té de la tarde? Puedo beber alcohol, pero también soy goloso.

A juzgar por la decoración, pensé que servirían cocina étnica, pero era de estilo británico clásico.

Oriente y Occidente. Era una mezcla, pero me gustó, así que la disfruté con gusto.


El rosbif del sándwich estaba jugoso y delicioso. Había un pincho con jamón y queso, coronado con un tomate cherry. La quiche era la clásica de berenjena y tomate, y todo sabía tan bien como en un hotel de primera clase.

NT: rosbif, es un corte de buey asado al horno.

¿Y qué tal esto? Tomé un bollo del piso del medio. Lo abrí, le puse abundante crema y mermelada, y le di un bocado.

La riqueza de la crema y la dulzura de la mermelada, junto con el sutil amargor y el aroma de la cáscara de naranja, inundaron mi paladar.

Este es, sin duda, el sabor de la mermelada para adultos. Los bollos también eran exquisitos, se deshacían deliciosamente en la boca.

Tomé un sorbo de té con leche, saboreando su exquisitez, cuando sentí que alguien me observaba.

Siguan y Suin me miraban fijamente.

—¿Ya estás lleno? —preguntó Siguan.

Aquellos ojos rojos de entonces ahora estaban tranquilos. Antes parecía una bestia salvaje en medio del desierto, pero viéndolo así, no era más que un joven.

Ese contraste le resultó un poco gracioso a Jou.

—¿Y qué hay de ti?

—Estoy satisfecho —el plato de plata que tenía delante ya estaba vacío.

Y no era para menos. La montaña de sándwiches que había allí hacía un momento había desaparecido en un instante.

Además, le habían traído otra tanda y ya estaba echándole mano.

Siguan se tragó de un gran bocado uno de los sándwiches recién servidos y volvió a decir:

—¿Cómo te llamas?

¿Me está tuteando, eh?

Por un instante, Jou se molestó.

Pero enseguida se dio cuenta de que él mismo aún no se había presentado, así que abrió la boca.

—Jou —murmuró el nombre de forma escueta. No creía que hubiera necesidad de dar su apellido en este mundo.

Siguan asintió.

—O Jou.


En ese mismo instante, Jou lanzó el tenedor de plata que estaba a punto de clavar en la parte superior de un pastel de fresas directamente hacia el entrecejo de Siguan. El hombre, que ya tenía la boca abierta y estaba a punto de atacar un sándwich de bistec rebosante de jugos, atrapó el tenedor con una sola mano delante de su cara.

El sirviente abrió mucho los ojos por la sorpresa, pero aun así le ofreció a Jou otro tenedor de plata.

Jou lo aceptó. Chasqueó la lengua con irritación y, esta vez sí, clavó el tenedor en la fresa que coronaba el pastel.

—E-esteee... OJou-sama, por favor, cálmese.

Suin habló en tono conciliador, pero Jou lo fulminó con la mirada, como si acabara de pronunciar una palabra prohibida.

La única razón por la que no le lanzó el tenedor de plata a esos ojos entrecerrados fue porque en la punta del tenedor estaba ensartada una hermosa y brillante fresa de gran tamaño.

La fresa que se metió en la boca también era exquisita.

Lo habían arrojado a un mundo incomprensible, pero al menos parecía que no iba a sufrir por la comida.

—¡¿Y por qué lleva una ‘O’ delante?!

—Es un apodo. OJou.

—¡¿Y por qué demonios tengo que dejar que tú me llames por un apodo?!

—Llámame Sig.

—¡¿Me estás escuchando siquiera?!

Este hombre… ¿Era serio o se estaba burlando de él? ¿O simplemente era un caso perdido por naturaleza?

Mientras percibía una atmósfera que jamás habría imaginado durante el enfrentamiento que tuvieron en el páramo, Jou hundió el tenedor en el bizcocho de la tarta de fresas. Se llevó un bocado a la boca y se quedó completamente inmóvil.

—¿O-ocurre algo? —preguntó Suin con cautela.

—E-esto es... legendario

—¿Legendario?

—¡Sabe exactamente igual que la serie Super Shortcake del Hotel New Otani!

La emoción hizo que Jou gritara sin darse cuenta.

¡No podía creer que en este mundo existiera algo con exactamente el mismo sabor!

Era uno de sus dulces favoritos; hacía que alguno de sus subordinados fuera a comprarlo una vez por semana. 

Al final, que lo llamaran ‘OJou-sama’ quedó olvidado mientras se dedicaba a disfrutar unos macarons que tenían exactamente el mismo sabor que los de Pierre Hermé.

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El Lirio Blanco O-Jou-sama.

Era un apodo infame y maldito, el sobrenombre que Jou llevaba en el bajo mundo. Por supuesto, si alguien se atrevía a decírselo a la cara, se aseguraba de que esa boca podrida no volviera a abrirse jamás. Pero hubo una persona que siguió llamándolo así.

—OJou.

—¡Ya te dije que no me pongas esa maldita "O" delante!

Incluso en sus últimos momentos intercambiaron una conversación como esa.

¿Sus últimos momentos? 

¿Qué era exactamente eso de sus últimos momentos...?

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—Fuaah...

Al abrir los ojos, no vio un techo desconocido, vio un dosel. Claro.

Había muerto, luego había vuelto a la vida, había sido invocado a otro mundo, se había convertido en una Santa y ahora se encontraba en el dormitorio de la Santa del Gran Templo. Lo que tenía sobre la cabeza era el dosel de color rosa con motivos arabescos y adornado con encajes. 

Comprendió toda la situación en un instante.

En la vida de un yakuza, donde la muerte siempre acecha de cerca, no existe el lujo de quedarse aturdido al despertar. Cuando Jou se incorporó, las cortinas llenas de volantes se abrieron y el joven ayudante Efi asomó la cabeza.

—Buenos días.

—Hm, buenos días.

A un saludo se responde con otro saludo. Esa era la base de todo.

Los novatos que últimamente llegaban desde grupos de delincuentes callejeros y se pasaban el día mirando el móvil eran incapaces de algo tan simple. Aunque, por otro lado, a cualquier inútil que no supiera saludar se le podía enseñar rápido con una buena patada en el estómago.

Por la mañana se dice ‘buenos días’.

Por la tarde, ‘buenas tardes’.

Por la noche, ‘buenas noches’.

¿No es lo básico?

Incluso cuando se encontraba con alguien de una organización rival, Jou primero levantaba una mano y saludaba: ‘¡Oi!’ Y al instante siguiente le estampaba el puño en toda la cara.

—Voy a ayudarle con los preparativos de la mañana.

Efi se apartó un momento de la cama y regresó llevando un carrito con una palangana de plata y una toalla colgada sobre el brazo. Al parecer, quería que se lavara la cara.

Mientras se lavaba con el agua tibia, Jou recordó haber visto escenas parecidas en películas sobre nobles. Se secó el rostro con la suave toalla que Efi le ofreció.

—¿Desea que le traigan el desayuno aquí o prefiere desayunar en el comedor matutino?

—Mmm. Iré al comedor.

¿Comedor matutino?, pensó.

Entonces le explicaron que en el Palacio del Santo había un comedor para el desayuno, otro para el almuerzo y otro para la cena.

Incluso en la residencia principal de su organización, aquella con un enorme jardín japonés, solo había un comedor. Me pregunté si era necesario separarlos mientras seguía mi camino.

El Palacio del Santo, tal como indicaba su nombre, era el edificio donde vivían el Santo y la Santa. Sin embargo, pese a llevar la palabra ‘santo’ en su nombre, el lugar conservaba el calor de las manos humanas y el aroma de una vida cotidiana, era sorprendentemente mundano, y precisamente por eso no me disgustaba.

Sin embargo, no me gustaba la idea de estar bajo el mismo techo que ese santo bestial que de repente me besó.

Así que me dirigí a un comedor decorado en blanco donde estaban Suin y Siguan.

Creí haber visto sus caras de disgusto esta mañana, pero mis ojos se abrieron de par en par al ver la comida servida en la mesa, iluminada por el sol blanco de la mañana que entraba por los grandes ventanales de la pared este.

Arroz blanco humeante y una sopa de miso igualmente humeante. Salmón a la parrilla con lo que parecía una piel crujiente. Por el contrario, una tortilla enrollada de un amarillo suave, sin una sola parte quemada, con una pequeña porción de rábano daikon rallado al lado.

—¡¿Acaso no es esto comida japonesa?!


A Jou también le había impresionado el pastel del día anterior, pero jamás imaginó que en este lugar pudiera comer un desayuno japonés auténtico.

—Veo que lo reconoce —dijo Suin.

—¿Eh?

—En el país de O-Jou-sama también existen comidas de Hinemoto, ¿verdad?

—Ya veo.

Al parecer, Hinemoto era el nombre de un reino insular situado al este del continente, que estaba dividido entre este y oeste.

NT: El nombre ‘Hinemoto’ es ficticio en esta novela pero está inspirado ‘Hinomoto’ (日の本) que es el nombre antiguo y poético de Japón que significa “El país del sol naciente”, debido a que Japón es una isla, antiguamente sus habitantes creían que no existía otro país que mirara hacia el sol naciente hasta que llegaron los occidentales. Hoy en día no se usa ‘Hinomoto’ a menos que sea en canciones o poesía, es un término elegante, en la cotidianidad se usa ‘Nippon o Nihon’ (日本) que es más corta.

—Se dice que al Primer Santo le gustaba la comida de Hinemoto, por eso el desayuno en el Palacio del Santo suele ser de este estilo.

—Hmm...

¿Significaba eso que aquel Primer Santo provenía de Japón?

¿O tal vez era alguien de este mundo que simplemente había desarrollado ese gusto?

Mientras pensaba en ello, tomó los palillos.

¿Y si todo esto aún no es más que un sueño?

Pero el aroma nostálgico de la comida japonesa que le llegaba a la nariz, y el paisaje que contemplaba ahora mismo, eran demasiado reales para creerlo.

Desde luego, por las mañanas nada supera a un buen plato de arroz, aunque de vez en cuando tampoco está mal desayunar pan. De cualquier manera, tenía hambre.

Bueno, aunque un desayuno con panqueques, tostadas francesas o huevos Benedict tampoco estaría mal.

Ah, ¿qué estoy diciendo? ¡Si un desayuno japonés preparado por un yakuza también está buenísimo! 

No, mejor dicho, el desayuno que tenía delante ahora mismo.

Primero, un sorbo de sopa de miso.

El tofu frito y el cebollín son ingredientes clásicos. También le gustaba el nameko. Si fuera posible, le habría gustado probar una versión con mariscos.

Y luego, un bocado de arroz blanco.

Hmm. Tiene el punto de cocción que me gusta, un poco firme.

Tal como esperaba, el salmón a la parrilla tenía la piel bien crujiente.

La tortilla enrollada estaba suave y esponjosa; al morderla, el caldo se deshacía delicadamente en la boca. El daikon rallado al lado llevaba un poco de salsa de soja por encima, con los pequeños cuencos de acompañamiento tampoco había queja alguna.

Había verduras aliñadas con sésamo, un guiso de hijiki con soja, y en otro platillo, abundantes encurtidos de vegetales silvestres decorados con ciruelas encurtidas.

—Ah...

Incluso en este mundo podía comer un desayuno japonés perfecto.

Las lágrimas estuvieron a punto de escapársele. Aunque delante de aquellos hombres yakuza jamás mostraría algo así.

Al otro lado de la mesa redonda, Siguan, el Santo, estaba devorando su comida con gran apetito.

Era completamente distinto a la expresión salvaje que tenía ayer en el desierto.

Aunque, a fin de cuentas, seguía siendo un hombre al que se le había dado el título de Santo elegido por los dioses de este mundo, pero que no dejaba de comer. Viendo cómo se llevaba enormes bocados de arroz a la boca, Jou pensó que tenía un apetito envidiable.

Eso sí, no era buena idea echar salsa de soja sobre los encurtidos de ciruela.

Vas a morir de hipertensión.


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4 - El centro del mundo y la espalda del Santo.


Después del desayuno, Suin lo guió por el Gran Templo.

Había cuatro torres rodeando el edificio principal, y la que recorrieron era una de ellas. Subieron una escalera de caracol, girando una y otra vez, y entonces, al llegar arriba, Jou contuvo la respiración ante el paisaje que se abrió ante sus ojos.

A izquierda y derecha se extendía un vasto mar de un azul profundo, hasta donde alcanzaba la vista. Un estrecho puente de tierra unía aquellas dos grandes masas continentales. Y desde la base del puente podía verse una ciudad formada por edificios blancos de diversos tamaños. Al seguir con la mirada la carretera que atravesaba la ciudad, parecía que todos los caminos conducían a este Gran Templo.

Carretas cargadas hasta lo alto con toda clase de mercancías y personas tan pequeñas como granos de arroz iban y venían animadamente por el camino. La vestimenta de la gente era muy variada. Había personas con ropas de estilo desértico, tropical y otras de marcado carácter étnico.

También se veían hombres vestidos con atuendos semejantes a los que aparecen en los retratos de nobles europeos, adornados con abundante encaje tanto en el cuello como en los puños.

—Se dice que el Gran Templo es el centro del mundo.

Ante las palabras de Suin, Jou asintió.

Era, literalmente, una enorme encrucijada donde se cruzaban personas de Oriente y Occidente. Al contemplar aquella escena, cualquiera pensaría que este templo era realmente el centro del mundo. Peregrinos, comerciantes, mercenarios y enviados diplomáticos; todos se movían con el mismo destino: aquel templo blanco.

De pronto, Jou recordó el nombre de otro país que había oído mencionar allí.

—¿Y dónde está el país de Hinemoto?

—Más allá del continente oriental. Hay que atravesar los países del desierto y luego cruzar el Gran Desierto de la Muerte, donde ni siquiera las personas pueden vivir. Después se encuentra el gran imperio oriental de Shiyuu, y más allá de este, una nación insular.

Se decía que aquel lugar marcaba el extremo oriental del mundo. Por cierto, también existía una nación insular en el extremo occidental, considerada el límite del continente occidental.

Y, por cierto, el Gran Templo era conocido simplemente como el Gran Templo; no era un país. Al parecer, este lugar, considerado el centro del mundo, no pertenecía a ninguna nación.

—Entonces, ¿cosas como el miso o la salsa de soja llegan hasta aquí después de cruzar todo ese desierto?

—No. Las ofrendas destinadas al Gran Templo son enviadas instantáneamente mediante transferencia.

—Ah, ¿la misma magia que me envió junto a aquel santo bestial?

Ciertamente, en un instante se había encontrado en una lejana tierra salvaje. Si esa magia podía transportar personas, también podría transportar mercancías.

Al ver que Jou asentía, Suin sonrió.

—Desde los templos repartidos por todo el mundo se envían enormes cantidades de ofrendas a este Gran Templo. Productos típicos de cada región y artículos raros y valiosos. Los artesanos que los procesan y los comerciantes que negocian con ellos se reúnen aquí, y así fue como esta ciudad llegó a ser tan grande. Además, también llegan peregrinos de todas partes del mundo, personas que desean visitar el Gran Templo al menos una vez en la vida.

Las posadas, restaurantes y tiendas de recuerdos que atienden a esos visitantes también enriquecen y animan la ciudad.

Era una metrópolis del comercio y la industria, y también una ciudad a la que acudían multitudes por peregrinación y turismo.

—Ya veo. En ese sentido, realmente es el centro del mundo. —Jou asintió mientras contemplaba desde lo alto las blancas calles llenas de gente.

El siguiente lugar al que lo llevaron fue una galería cuyas paredes estaban decoradas con pinturas que representaban el mito de la creación.

Resumiéndolo a grandes rasgos, la historia decía que este mundo había sido creado por el feroz dios demoníaco Oltega y la bondadosa diosa Oltena, rebosante de compasión.

Había una enorme estatua. Parecía representar a una diosa de largos cabellos, situada detrás de una figura masculina que cargaba llamas rojas sobre la espalda.

—Así que ese era Oltega...

Según explicó Suin, el Santo era la encarnación del dios demoníaco Oltega, mientras que la Santa era la encarnación de la diosa Oltena.

—No, espera. Si es una Santa, ¿por qué eligieron a un hombre de más de treinta años?

Jou estaba a punto de arrodillarse ante la diosa para protestar por aquello, pero Suin se apresuró a interrumpir sus pensamientos.

—Se dice que las Santas renacen una y otra vez conservando la misma alma.

—Ya veo, algo así como la reencarnación.

Al escuchar aquella explicación que le resultaba familiar, Jou dirigió la mirada al mural.

—Entonces, ¿yo también fui una Santa?

La diosa Oltena, representada con un centenar de flores a su espalda, sonreía con dulzura.

La escultura tallada en mármol blanco parecía tan suave y cálida que daba la impresión de que, si la tocabas, sentirías su calor.

—No. Todas las Santas de la historia han tenido almas diferentes.

—Supongo.

De lo contrario, jamás habrían invocado desde otro mundo a un yakuza como él.

—Sin embargo...

—¿Sin embargo?

—Dicen que, cuando el Santo conocía por primera vez a las Santas de generaciones anteriores, siempre murmuraba: ‘No es ella…’.

—¿Qué? ¿Que no eran Santas?

No, eso no tenía sentido. Si se las llamaba las Santas de cada época, entonces debían haber sido auténticas Santas.

Entonces, ¿qué quería decir con aquello de ‘no es ella’?

Jou frunció el ceño. Había algo todavía más extraño.

—Conmigo no dijo eso.

—Así es, Ojou-sama.

—¡Te dije que no me pongas ese "o" delante!

¡Eso era aún peor que aquel ‘no es ella’! Pero entonces... ¿qué era exactamente lo que no encajaba?

Mientras intercambiaba bromas y pullas con Suin, Jou se llevó una mano a la boca.

Probablemente no se trataba de si alguien le agradaba o le desagradaba, ni de una cuestión de compatibilidad. Por eso mismo, no entendía por qué había sido él —un hombre— quien terminó allí...

—Me olvidé de hacer la pregunta más importante.

Jou miró a Suin.

—¿Puedo volver a mi mundo?

—No. Lo lamento, pero no lo sabemos.

Según parecía, la diosa les había revelado el método para invocar a la Santa, pero no el modo de devolverla a su mundo.

—¿O sea que es un viaje solo de ida?

Jou soltó una risa amarga.

¡No puedo volver a casa! Sería normal que un niño se echara a llorar.

Pero no había de otra si no podía regresar, así que Jou se frotó el estómago.

Aunque bueno, tampoco tenía tantas ganas de convertirme en una gran Santa. Y, sinceramente, aún menos ganas tenía de dedicarme al ascetismo.

De todos modos, si podía seguir viviendo aquí, ya se acostumbraría.

Aunque estos aposentos de Santa con comedor incluido tres veces al día no eran exactamente el desierto sin techo que había imaginado.


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Tras terminar la visita al Gran Templo y regresar a los aposentos privados de la Santa, Effi le hizo una propuesta.

—¿Qué le parece tomar un hamam antes de la cena?

—¿Un hamam?

—Sí. Es un amplio baño. También hay baños en esta habitación, pero el hamam cuenta con una gran sala de baños de vapor.

—¿Aquí también hay sauna? Qué moderno.

—¿Sauna? No estoy seguro...

La habitación de la Santa disponía de baño privado. La bañera con patas de garra era elegante, pero la idea de poder estirar brazos y piernas en una gran piscina de baño seguía siendo más atractiva. Y si además había sauna, mejor aún.

Por lo que había visto, aquel mundo no parecía especialmente avanzado tecnológicamente. Sin embargo, gracias a la magia, existían mecanismos tan prácticos que costaba considerarlo un mundo de fantasía.

La tecnología para transportar personas u objetos instantáneamente mediante magia aún no existía en el mundo moderno de Jou.

Que hubiera un hamam le parecía perfectamente razonable. 

Guiado por los corredores, llegó al hamam. Era tan grande como los baños públicos de una posada de categoría. Las paredes de mármol gris claro estaban decoradas con mosaicos de mármol blanco que representaban las llamas del dios demoníaco y los lirios de la diosa. A través de un techo de vitrales entraba la luz exterior, reflejándose bellamente en el suelo.

Effi le tendió una prenda de baño.

Era una túnica fina de mujer, de encaje translúcido. Los hombres, al parecer, se envolvían una tela alrededor de la cintura y entraban así.

—Vaya, qué descaro —Murmurando eso, se puso la prenda.

Después de lavarse el cuerpo con agua caliente, entró en la sala de vapor. A diferencia del baño anterior, construido en mármol, aquí tanto las paredes como el suelo estaban revestidos de madera.

Un aroma parecido al de un bosque flotaba en el aire.

Apoyó la espalda en un banco y cruzó los brazos, cerrando ligeramente los ojos.

El calor llenó hasta lo más profundo de sus pulmones, y los latidos de su corazón golpearon con fuerza siguiendo un ritmo constante. Cada vez que el sudor recorría su columna vertebral, sentía cómo la tensión de su cuerpo parecía ir desapareciendo.

Después de todo, el sauna sí que era bueno.

Justo cuando pensó eso, el sonido de una puerta al abrirse resonó con un chirrido. Al girar la vista hacia el hombre que acababa de entrar, lo fulminó con la mirada.

—¿Y tú qué haces aquí?

—Este es el Palacio del Santo. ¿Está mal que use este hamam?

—...Qué fastidio.

El Palacio del Santo era el edificio donde vivían el Santo y la Santa. Ambos tenían derecho a utilizar las instalaciones comunes.

Siguan se sentó con toda naturalidad en el banco junto al de Jou.

Jou pensó que seguramente también habría bancos en el lado opuesto, pero al echar un vistazo reparó en la espalda grisácea del otro.

—¿Eso es... la marca del Santo?

Así se lo había explicado Suin.

En la espalda de Siguan se extendía una quemadura que parecía reproducir llamas ardientes. Del mismo modo que la Santa llevaba en la espalda una marca de lirios blancos, el Santo llevaba las llamas del dios demoníaco en la suya.

Sin embargo, la marca que tenía ante los ojos parecía, para cualquiera, una cicatriz de quemadura. Un rojo vivo, como sangre fresca aplastada sobre una enorme quemadura, cubría toda su espalda.

Podía imaginar que había sido una herida lo bastante grave como para poner en peligro la vida. 

—¿Acaso te sorprende?

Al notar la mirada de Jou, Siguan abrió la boca.

—Ah. Cuando tenía ocho años hubo un incendio en mi casa. Toda mi familia murió quemada y parece que yo fui el único que sobrevivió milagrosamente.

Siguan continuó hablando con el mismo tono indiferente de quien cuenta algo que le ocurrió a otra persona.

En realidad, antes de los ocho años apenas conservaba recuerdos de su familia, y tampoco recordaba con claridad sus rostros.

—Permanecí una semana con fiebre alta en la enfermería del templo de aquel lugar. Cuando desperté, las quemaduras de mi espalda habían sanado como si nunca hubieran existido, y el color de mis ojos y de mi cabello también había cambiado.

Fue entonces cuando apareció la marca del Santo, y Siguan fue acogido en el Gran Templo tal como estaba.

—¿Entonces los Santos de generaciones anteriores también tenían quemaduras en la espalda?

—No. Por lo que sé, yo soy el único que tiene una ‘cicatriz sagrada’ tan marcada.

Los demás Santos tampoco tenían la espalda completamente cubierta; como mucho, presentaban cicatrices con forma de llamas en algunas zonas. Además, se dice que los primeros Santos también tenían el cabello blanco.

—Los médicos del templo me dijeron que, en mi caso, las quemaduras que casi me costaron la vida fueron probablemente la carga espiritual que despertó mi poder como Santo.

Al parecer, los ojos rojos no cambiaban cuando el poder del Santo despertaba.

—Aún no saben si el primer Santo apareció así desde el principio o si cambió tras nacer —continuó Siguan.

Lo único diferente era que él poseía el poder para derrotar a las entidades llamadas “Corrupción”.

Llevaba en la espalda una cicatriz semejante a llamas y, a diferencia de los habitantes de este mundo, tenía los ojos rojos y el cabello completamente blanco.

—¿Y la Santa también tiene el pelo negro y los ojos negros?

Cuando Jou preguntó eso, Siguan negó levemente con la cabeza.

—No. Las Santas de épocas pasadas solo tenían la marca de los lirios blancos en la espalda. En cuanto al cabello, algunas eran rubias, otras morenas; los colores de sus ojos también variaban.

Es decir, en este mundo Jou era el único con el mismo cabello negro y ojos negros que los ojos rojos del Santo.

¿Era por eso por lo que lo habían llamado desde otro mundo? ¿O tal vez la diosa Oltena quería quejarse directamente ante él?

Pero ni una cosa ni la otra le interesaban demasiado. Cada persona tiene derecho a decidir por sí misma cómo vivir y cómo morir.

Jou cruzó los brazos y pensó en ello.

Entonces escuchó la voz de Siguan.

—Es hermoso.

Por un instante no comprendió de qué estaba hablando. Cuando Jou giró la cabeza, vio que la mirada de Siguan estaba dirigida a su espalda. Parecía estar observando los lirios blancos grabados en ella.

—Supongo que sí. Comparadas con estas cicatrices de quemaduras, los lirios destacan mucho más.

—¿Lirios?

Al ver que Siguan inclinaba la cabeza sin comprender, Jou pensó que, después de todo, en este mundo no existían los tatuajes.

Ya lo había sospechado por la reacción inicial de aquellos sacerdotes que habían armado tanto alboroto, llamando milagro a algo que no era más que tinta sobre la piel.

—Te meten tinta bajo la piel. Es pigmento, nada más. O sea, algo hecho por el hombre. ¿No te parece que es un error tomar esto por la marca de una Santa?

Jou esbozó adrede una sonrisa maliciosa. —Y para colmo, soy un hombre.

En el pasado, a todos los que se habían atrevido a decir que tenía cara de femme fatale los había mandado de una patada a volar. También había tenido un subordinado que, en tono de broma, le dijo: "Jefe, hay hombres que, si se encontraran con una belleza como usted, se dejarían engañar y desplumar hasta el último pelo del culo."

¡Pero qué clase de pervertido pensaría algo así!

Ahora bien, si lo declaraban una falsa Santa, quien más problemas tendría sería, en realidad, el propio Jou. No solo podían echarlo a un mundo del que no sabía nada; también existía la posibilidad de que lo encerraran como estafador.

Y aun así, una parte de él pensaba: ¿y qué?

Todavía no aceptaba que lo trataran como una Santa y, aunque lo abandonaran a su suerte, no era un yakuza de nacimiento por nada. Tenía confianza en que podría sobrevivir donde fuera.

Alzó ligeramente las comisuras de sus labios rojizos y miró al hombre que estaba a su lado.

Le fastidiaba tener que levantar la vista. Él mismo medía cerca de ciento ochenta centímetros, pero Siguan era aún más alto y corpulento.

Siguan seguía mirándolo fijamente con la misma inexpresividad que había tenido cuando le contó su origen.

Sus labios, masculinos y proporcionados, ni finos ni gruesos, se abrieron.

—Eres hermoso.

—¿Qué?

Esta vez no estaba mirando el tatuaje de su espalda. Lo estaba mirando directamente a la cara.

Jou soltó una exclamación al escuchar aquella voz grave de barítono. Siguan respondió con la misma calma de siempre.

—Tu aspecto. Desde la primera vez que te vi pensé que eras hermoso.

—¿Qué intentas decir? ¿Que tengo cara de mujer?

Su voz se volvió instantáneamente más baja y amenazante. Era un complejo que arrastraba desde la infancia.

No odiaba el rostro que había heredado de su madre. Pero a todos los que se habían burlado de él tratándolo como si fuera una mujer los había molido a golpes.

—¿Entonces qué? ¿Que debería cortarme el pelo en lugar de llevarlo largo como una mujer?

De hecho, lo llevaba largo a propósito, solo para irritar a esa clase de imbéciles que chillaban como monos. Cabello negro, liso y brillante, digno de una auténtica Yamato Nadeshiko. ¿Cómo se sentirían esos tipos cuando alguien tan pálido y de apariencia delicada les pisaba la cabeza?

Al ver a Jou al borde de una amenaza abierta, Siguan asintió.

—La belleza no tiene nada que ver con ser hombre o mujer. No hablo solo de la belleza de tus rasgos. También es hermosa la fuerza de voluntad que brilla en tus ojos negros. Tu corazón es recto.

—...Gracias, supongo.

Jou se quedó sin palabras. Sin embargo, una parte de él recuperó la compostura de inmediato.

—No, lo que pasa es que a ti te falla un tornillo. O más bien, te falta toda la rosca.

—Eso es porque eres una Santa. Y además, porque fuiste tú quien apaciguó a este ‘Dios Vengativo’.

Después de que el Santo pierde el control y cae en el estado conocido como ‘Dios Vengativo’ debido al desenfreno del poder del dios demonio, solo la Santa puede calmarlo.

Eso era lo que Suin le había explicado a Jou.

—Por decirlo de otra manera, los Santos de generaciones pasadas, al ver a una Santa, murmuraban: ‘No es ella’.

—Eso me lo dijo Suin. ¿Y por qué no dijiste lo mismo de mí?

La duda cruzó por su mente por un instante y, de inmediato, el recuerdo de haber sido llamado ‘O-Jou’ volvió a él.

La irritación y la vergüenza se le subieron de golpe a la cabeza, pero apartó esa sospecha como si espantara una mosca.

—Pensé que eras una Santa porque así lo había decidido Dios. No tiene nada de extraño.

—¿De verdad?

—Si es una revelación divina, entonces, ¿qué tiene de raro que de repente llamen a alguien de otro mundo para convertirlo en una Santa?

¿Acaso Dios había decidido ese papel?

¿Era eso lo que había averiguado?

—No es que sea el portavoz de Dios. El que decide soy yo.

La lógica parecía conectarse en algún punto, pero, si ya había tomado una decisión, lo correcto sería seguir caminando hasta el final. Eso era el camino del yakuza.

Que Siguan, que ni siquiera estaba convencido, obedeciera porque ‘Dios lo había dicho’, no le cuadraba.

Mientras observaba los ojos de Jou, Siguan sonrió de pronto. No fue una sonrisa burlona, sino una sonrisa tan hermosa y serena como una flor al abrirse.

—Quizá porque, desde niño, te han llamado "Santo", te han dicho que eres alguien destinado a salvar el mundo y acabas creyéndolo.

Jou pensó que aquello sonaba a una especie de lavado de cerebro. A él no le importaba especialmente desmontar las ideas del Santo.

Sin embargo, Siguan negó con la cabeza ante sus palabras.

—No. No tengo intención de salvar este mundo.

—¿Eh?

Ante aquella respuesta inesperada, Jou dejó escapar involuntariamente una voz estúpida.

—Yo solo expulso la Corrupción. Ese es el papel que acepté cuando llegué a este mundo.

¿Cuándo llegó a este mundo...? ¿Se refiere al Primer Santo?

Si es así, entonces el Primer Santo también habría sido alguien venido de otro mundo, igual que Jou. Secándose el sudor que empezaba a brotarle, Jou clavó la mirada en los ojos rojos de Siguan.

—En aquella época, los continentes del Este y del Oeste no estaban conectados, y este Gran Templo que se encuentra entre ambos tampoco existía.

Siguan comenzó a relatar la historia de repente.

Tanto entonces como ahora, el mar que separaba los continentes oriental y occidental era una zona de aguas embravecidas que ninguna embarcación podía cruzar. Según cuentan, en aquellos tiempos un gran rey que había unificado la mitad del continente oriental ordenó al Primer Santo que calmara aquel mar, que se interponía en su campaña de conquista hacia el oeste.

“¡Santo! Si de verdad eres un mensajero de los dioses, ¡reza para que los dioses concedan mi deseo!”

—Naturalmente, el Santo se negó. Dijo que lo único que había aceptado de los dioses era expulsar la Corrupción. El hombre conocido como el Gran Rey montó en cólera y arrojó al Santo a una mazmorra subterránea.

—Vaya tirano de mierda.

Quizá le dirían que los yakuza eran iguales, pero los yakuza primero amenazan y negocian; solo después recurren a la fuerza. ¿No es eso bastante más civilizado?

—Era una época aún más antigua que esta; una era en la que el poder lo era todo.

Aquel tirano decidió cruzar el mar construyendo una embarcación gigantesca, una especie de castillo flotante capaz de desafiar cualquier corriente. Y ordenó que el Santo fuera ejecutado coincidiendo con la partida del gran navío.

Qué manera de celebrar una inauguración.

—Pero cuando la nave abandonó la costa y estaban a punto de cortarle la cabeza al Santo, una enorme ola surgió de repente y se tragó el barco. También al verdugo que estaba levantando el hacha sobre el cuello del Santo.

Cuando las aguas se retiraron, solo el Santo permanecía allí.

La gente que observaba desde lejos se postró ante lo que consideraron el castigo divino que había recaído sobre el Gran Rey y ante el milagro de que el Santo hubiera sobrevivido.

—Entonces, desde la costa donde se encontraba el Santo, el mar se abrió. La tierra emergió formando una estrecha franja semejante a un puente que unió los continentes oriental y occidental. El Santo cruzó aquel puente terrestre. Había purificado toda la Corrupción del continente oriental... así que después partió a purificar la del continente occidental.

Resultó que aquella estrecha lengua de tierra que conectaba ambos continentes era precisamente la que Jou había visto desde lo alto de la torre junto a Suin.

Con los brazos cruzados sobre el pecho, Jou preguntó. Una gota de sudor cayó desde su bien formada barbilla.

—...¿Y qué se supone que tengo que sacar de esa historia?

Siguan continuó con la misma expresión serena.

—Que, tanto entonces como ahora, nunca he tenido intención de salvar al mundo ni a la humanidad. Lo único que hago es expulsar la Corrupción.

—Pero eso es porque los dioses te lo ordenaron, ¿no?

—No. No fue porque los dioses me lo ordenaran. Fue un trato: el precio que pagué para que se cumpliera mi deseo.

—¿Y cuál era ese deseo?

—...No lo sé. No lo recuerdo.

—¡¿Qué clase de respuesta es esa?!

Jou alzó la voz.

¡¿Está diciendo que no recuerda el deseo por el que aceptó una tarea capaz de salvar al mundo?!

—¿No se supone que eres la reencarnación del Santo? ¿No recuerdas todo, incluso lo de tus vidas pasadas?

—Parece que, después de tantas reencarnaciones, los recuerdos se vuelven borrosos. Hasta el punto de recordar con claridad cosas sin importancia y olvidar lo que de verdad importa.

—¡Pareces un anciano senil!

Jou se puso de pie para gritarle, pero de pronto se tambaleó.

Siguan también se levantó para sostenerlo, aunque él mismo se tambaleó, y terminaron apoyándose mutuamente por los hombros.

—Hablamos demasiado tiempo... qué calor...

—Sí... creo que me acaloré un poco.

Sosteniéndose el uno al otro mientras se tambaleaban, abrieron con el hombro la puerta del baño de vapor.

Y se lanzaron de golpe a la piscina de agua fría que tenían delante.

Jou sumergió la cabeza por completo. Cuando volvió a salir a la superficie, vio que el Santo de cabello blanco había hecho lo mismo.

Al levantar la cabeza del agua, sus miradas se encontraron.

Siguan habló.  —Haz lo que quieras.

—Oye, cambias de tema demasiado rápido. ¿Qué intentas decir?

Cuando Jou se quejó de que era imposible entender lo que pasaba por la cabeza del Santo, Siguan continuó. —Sé que no aceptas tu papel como Santa. Si no quieres hacerlo, no lo hagas.

Aquellas palabras dejaron a Jou sin respuesta por un instante.

A pesar de hablar saltando de un tema a otro, tenía una intuición sorprendentemente aguda.

—Si no cumplo con los deberes de la Santa, ¿no serás tú quien tenga problemas?

—Yo solo me dedico a purificar la Corrupción. Haya una Santa o no, lo que debo hacer no cambia.

Cada vez que purificaba la Corrupción, el Santo se transformaba en un ‘Dios Vengativo’ y perdía el control.

Jou lo había visto con sus propios ojos. Después de todo, él mismo había tenido que lidiar con este hombre cuando, como una bestia hambrienta, se había puesto a besarlo.

Aun así, aunque estaba claro que sin una Santa tendría problemas, Siguan no le rogaba ayuda ni intentaba convencerlo. Y Jou comprendió que no era orgullo ni terquedad.

Simplemente pensaba así.

Nada más.

¿Acaso se había limitado a purificar la Corrupción, una y otra vez?

Durante muchísimo tiempo. Desde un pasado tan remoto que parecía no tener fin.

Pensar en ese largo camino y en toda esa soledad le produjo una vaga sensación de tristeza.

...Nada propio de él.

Dentro del baño de agua fría, Jou murmuró. —Y aun así, ni siquiera recuerdas qué promesa le hiciste a los dioses hace tanto tiempo.

—Aunque no lo recuerde, la fuerza de aquel deseo sigue grabada en mi pecho.

La mano áspera y curtida de un hombre acostumbrado a luchar se cerró con fuerza en un puño sobre el centro de su amplio pecho.

—Tengo que cumplirlo, cueste lo que cueste. No importa cuántas veces me reencarne ni cuánto se desgasten mis recuerdos y mi alma. Siempre pienso... que la próxima vez lo lograré.

Los ojos rojos siguieron clavados en los ojos negros de Jou. Aquellos eran los ojos de alguien que llevaba grabada una ‘promesa’ de hacía cientos de años.

Aunque ya no recordara cuál había sido esa promesa, sin duda aquella pasión seguía viva dentro de él.

Había dicho con total claridad que no lo hacía para salvar al mundo.

Que no era ningún santo virtuoso.

Solo por cumplir un único deseo propio, seguía levantándose una y otra vez, incluso después de reencarnar.

—No tienes por qué cumplir con los deberes de una Santa. Pero, si algún día logro purificar toda la Corrupción... ¿podré ir a verte al terminar?

—...¿Y eso qué es? ¿Una propuesta de matrimonio?

Aunque estaban en agua fría, Jou sintió que las mejillas se le calentaban. Se apartó el cabello negro que le caía sobre la frente.

Que un hombre le dijera algo así y él, en lugar de enfadarse, se sintiera avergonzado… De verdad que no parecía él mismo.

Con este tipo siempre pierdo el ritmo.

—Pero los idiotas que siguen sus convicciones... no me caen mal.

No era fe en los dioses. Aquel hombre había seguido avanzando completamente solo, guiándose únicamente por el ardor de un deseo que ni siquiera recordaba.

No había lógica ni conveniencia de por medio. Era un terco que seguía adelante con aquello que creía que debía hacer, sin importar nada más.

Jou se tocó el cuerpo, que ya empezaba a enfriarse, y bajó la mirada.

“Los de ahora son todos unos miserables cegados por el dinero, el deseo y la lujuria. Ya no quedan verdaderos yakuza.”

El que se quejó de eso fue el ejecutivo que lo había protegido y murió, ¿no?

El mismo que murió protegiéndolo. Aquel viejo tan respetado, que se lamentaba de que ya no existieran ni la lealtad ni la humanidad, y que terminó asesinado por un sicario de otra familia.

Ese fue el comienzo.

Después vino una tormenta de conflictos.

Incluso Jou se debatía entre ataduras de las que no podía escapar. Apuntó con un arma a personas a las que jamás había querido apuntar.

Era desesperante.

...¿Quién era aquel hombre?

Ni su nombre ni su rostro llegaban a su memoria. Sentía que estaba a punto de recordarlo, pero no podía. Incluso su nombre parecía estar ya en la punta de la lengua, a nada de salir, y esa sensación resultaba desesperantemente frustrante.

Con aquella sensación de haberse quedado en blanco, Jou permaneció un rato jugueteando distraídamente con el agua del baño frío.

Cuando volvió a levantar la vista, aquellos ojos rojos seguían observándolo.

Al darse cuenta, una voz escapó de los labios de Jou.

—¿Entonces puedo hacer lo que se me dé la gana?

—Ah, sí. Haz lo que quieras.

Siguan respondió con total naturalidad.

Jou asintió.

Supongo que sí. En este mundo, ni siquiera sé quién soy realmente.

Al menos, ahora soy libre.

Sintió como si algo le quitara un peso de los hombros.

—Bueno, está bien. Por un tiempo haré de Santa.

No entiendo este mundo, y si hago de Santa tendré comida, ropa y un lugar donde vivir garantizados. Por lo menos, necesito asegurar mi sustento por ahora.

Además, ¿no podría encontrar alguna forma de devolver a este Santo a la normalidad si sigo cerca de él?

Eso pensó.

Y aun así...

Si iba a tener a su lado a alguien con quien podía hablar de frente, alguien con quien se entendía… No sonaba tan mal.


PARTE 1 PARTE 3

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