La Santa Yakuza, que fue invocado en otro mundo, queda cautivado por el obsesivo amor del Santo.
VOLUMEN 1
1 - ¡Invocación yakuza!
Cuando morí, terminé siendo llamado “La Santa” en otro mundo.
¿Qué demonios es eso? Porque yo también pensé lo mismo.
Kanou Jou, treinta y cinco años.
Profesión: Yakuza.
Causa de muerte… desconocida.
¿Y por qué desconocida? Porque no lo recuerdo.
Es probable que algún sicario de poca monta me haya apuñalado y morí.
Lo único que recuerdo es la imagen de mi traje blanco hecho a medida tiñéndose de rojo intenso.
Y aun así, la herida que atravesaba mi pecho había desaparecido por completo cuando me di cuenta.
Y ahora, Jou estaba de pie bajo un alto techo abovedado, en el centro de un amplio salón de piedra que parecía un castillo o un templo sacado de un videojuego. En las paredes había inscripciones grabadas en un idioma desconocido.
Percibiendo un aroma dulce parecido al incienso, Jou resopló suavemente por la nariz.
A su alrededor, varios hombres vestidos con largas túnicas y telas enrolladas sobre la cabeza formaban una fila perfecta. rodeándolo por completo.
—¡La invocación ha sido exitosa!
—¿En serio… es la Santa?
—Tal y como decía la profecía: cabello negro azabache, ojos oscuros… y una belleza digna de una mujer.
Creía haber muerto, pero… ¿solo había perdido el conocimiento y luego me secuestraron?
No tenía idea de a qué organización pertenecían los tipos que me rodeaban, ni entendía qué demonios estaba pasando.
Sin embargo, entre todas aquellas voces, hubo una palabra que hizo temblar ligeramente la ceja de Jou.
—¿...Qué dijiste? ¿Que tengo cara de mujer?
Sus afilados ojos, enmarcados por largas pestañas negras, brillaron con ferocidad.
Ante aquella mirada intimidante, los hombres a su alrededor se estremecieron de miedo, aunque varios terminaron sonrojándose.
Jou chasqueó la lengua para sí mismo.
La misma reacción de siempre. Por eso mismo me fastidia aún más.
Cada vez que alguien lo llamaba ‘cari-bonito’ o ‘muy atractivo’, terminaba irritándolo.
¡Un yakuza no necesita una ‘cara hermosa’!
Ah… si pudiera elegir, él también habría preferido un rostro capaz de hacer palidecer a cualquiera, en vez de uno que hiciera sonrojar a la gente.
Pensando eso, Jou agarró la parte delantera de su camisa y la rasgó violentamente, sin importarle que los botones salieran disparados.
Luego se quitó de encima la chaqueta manchada de sangre y la arrojó al suelo.
—¡Ustedes! ¿De qué familia son?
Su voz resonó con fuerza.
—¡Después de contemplar a esta Kannon de las Flores de Buda, no me vengan con que no saben quién soy!
Mientras hablaba, dejó al descubierto el gran tatuaje de su espalda; la serena figura de Kannon rodeada de lirios blancos.
Era una imagen sagrada.
Y, al mismo tiempo, el emblema del hombre más temido del bajo mundo.
El hombre conocido como ‘Jou de las Flores de Buda’
Se apartó hacia un lado su lustrosa cabellera negra.
Su cuello, donde podían apreciarse las ondulaciones de los músculos, era inconfundiblemente masculino, pero la blancura de su piel, tan pura como la nieve, resaltaba aún más. Al oír cómo varios hombres tragaban saliva con nerviosismo, Jou soltó una risa burlona por la nariz.
—No importa dónde esté, siempre habrá pervertidos.
Más bien, quería decirles que miraran su espalda.
Allí estaba; un Kannon sonriente rodeado de lirios blancos. Un tatuaje único en el mundo.
Originalmente había pedido un dragón ascendente.
Pero cuando estuvo terminado y se lo mostraron mediante dos espejos, lo que vio fue aquello.
Jou estalló en cólera.
Sin embargo, el viejo tatuador, mientras daba una calada a su kiseru, le dijo;
—Tu piel fue la que me pidió que tatuara a una Kannon rodeada de flores.
NT: Kiseru, es una pipa antigua japonesa.
Al ver aquella expresión tan satisfecha, Jou perdió las ganas de enfadarse y terminó soltando una sonrisa irónica.
Desde entonces, esa espalda había sido su compañera inseparable, tanto en la vida como en la muerte.
Y, al mismo tiempo, se había convertido en un símbolo de terror para los demás hombres.
Cuando los firmes labios de Jou se curvaban con crueldad; justo lo opuesto a la serena sonrisa de la Kannon de su espalda, corría el rumor de que ‘ese hombre ya estaba muerto’
Los lirios blancos eran flores funerarias.
Por eso su apodo terminó siendo;
‘Jou de las Flores de Buda’
Sin embargo, la reacción de quienes contemplaron el tatuaje de su espalda superó todas las expectativas. Fue algo que escapó por completo a cualquier predicción.
—¡Ohh, la marca del lirio blanco!
—¡Y además lleva en su espalda la mismísima imagen de la Diosa Oltena!
—¡Sin duda alguna, usted es la Santa!
Juntando las manos en señal de oración hacia la Kannon, todos se postraron de golpe sobre el suelo.
Aquella reacción, inesperada por completo, hizo que Jou rechinara los dientes mientras lanzaba miradas amenazadoras a su alrededor.
—¡¿Qué demonios pasa con eso de ‘Santa’?! ¡Soy un hombre!
—Y aun así, usted es la Santa.
El hombre de ojos entrecerrados que encabezaba la fila de personas vestidas con largas túnicas señaló detrás de Jou.
Al darse la vuelta, encontró una estatua dorada que le resultó inquietantemente familiar. Era una imagen de Kannon sonriendo con serenidad desde lo alto. Se parecía exactamente al tatuaje de su espalda. Detrás de ella también había una imponente estatua semejante a un Nio, envuelta en llamas carmesíes, pero esa no era la que le interesaba.
Jou se quedó mirando la figura con la boca entreabierta.
El hombre de ojos rasgados continuó hablando;
—Esa es una estatua de la Dios Oltena. Y quien porte su sagrada marca es, sin lugar a dudas, la Santa.
—¡Te digo que soy un hombre! ¡No tiene ningún sentido que un tipo como yo sea una Santa! ¡Explícate de una vez!
Ante la intimidante amenaza de Jou, el hombre respondió con absoluta calma y sin vacilar.
—No tenemos tiempo para eso.
—¡¿Qué?!
—En cualquier caso, no hay tiempo. Debemos llevarlo pronto ante el Santo. Cuando vaya a verlo, lo comprenderá.
Dicho eso, en el instante en que el hombre de ojos rasgados recitó algo en voz baja, una suave luz brilló bajo los pies de Jou.
Al mismo tiempo que apareció un patrón circular semejante a un círculo mágico, la visión de Jou se distorsionó brutalmente.
. ݁₊ ⊹ . ݁ ⟡ ݁ . ⊹ ₊ ݁.
Lo siguiente que vio ya no fue un templo, sino un desierto desolado.
Tierra rojiza y reseca. Viento árido.
—¡¿Qué demonios está pasando?! ¡¿Pero qué mierda es esto?!
Jou gritó mientras pateaba el suelo con sus zapatos de cuero.
Los acontecimientos cambiaban tan rápido que su cabeza no lograba seguirles el ritmo.
Entonces, una sombra se proyectó sobre él.
Al alzar la vista, vio una enorme masa negra que parecía cubrir el cielo entero.
Era un monstruo.
No tenía ojos ni nariz, solo una gigantesca masa oscura. Entonces aquella cosa comenzó abrirse como si se desgarrara. Lo que apareció dentro fue una hilera tras otra de afilados colmillos.
¿Así que eso era una boca?
Si aquella cosa lo engullía de un solo bocado, daba igual dónde lo alcanzara, moriría al instante.
Jou intentó llevar la mano al interior de su chaqueta, pero chasqueó la lengua con irritación.
No tenía su pistola.
Tampoco su ropa.
La chaqueta donde guardaba sus armas la había arrojado hacía un momento.
“El jefe es demasiado perfecto; por eso, de vez en cuando, tiene despistes bastante tontos…”
La voz de aquel subordinado resonó en su mente.
¿Qué clase de cumplido es decir que alguien es perfecto y un idiota al mismo tiempo?
La sombra se acercaba. Una presencia desagradable, como si el propio aire se estuviera pudriendo. Y, por alguna razón, Jou comprendió instintivamente que tanto humanos como bestias perderían hasta el alma si aquella cosa los tocaba.
La boca del monstruo descendió sobre su cabeza. Los colmillos dentados brillaron.
¡Me va a matar!
Justo cuando ese pensamiento cruzó por su mente.
Una silueta irrumpió desde lo alto, con el sol a sus espaldas, y se clavó en la cabeza del monstruo.
—¡Gyaaaaargh!!
Un grito agónico que desgarraba los oídos se escuchó por todo el desierto.
Jou frunció el ceño por reflejo, pero no apartó la vista del enemigo.
Era algo que había aprendido tras incontables enfrentamientos.
Nunca apartes la vista del rival.
Si desvías la mirada, pierdes.
La criatura oscura se desmoronó como humo y fue dispersada por el viento. Cuando desapareció por completo, quedó una única vara negra sobre el suelo.
No tenía hoja. Solo era un bastón negro.
¿El monstruo había sido destruido con algo así?
Un escalofrío recorrió la espalda de Jou. De repente, un hombre alto aterrizó entre la nube de polvo. Sin bajar la guardia, Jou observó al recién llegado.
El hombre llevaba un velo de tela negra. Su piel era de un tono cobrizo, el cuello largo y robusto, y sus ojos tenían una mirada feroz.
El viento agitó la tela, que se elevó por un instante, dejando al descubierto un cabello de un color difícil de definir, entre plateado y blanco. Sus ojos eran de un rojo intenso y profundo, brillando como ámbar fundido.
Era más alto que Jou, quien medía alrededor de ciento ochenta centímetros.
¿Llegaría al metro noventa?
No era un hombre de belleza refinada o elegante. Desprendía el aroma de una bestia salvaje, un macho indómito.
Es un buen ejemplar de hombre. Y es por eso que me cae mal.
Al darse cuenta de que había pensado algo así, Jou chasqueó la lengua involuntariamente.
El hombre dio un paso.
Y luego otro.
Acercó sus largos brazos y atrajo el cuerpo de Jou hacia sí. Entonces, sus labios carnosos rozaron los finos labios de Jou.
—¡¿Qué demonios crees que haces, pervertido?!
El puño de Jou salió disparado por puro reflejo.
Al instante siguiente, un golpe sordo resonó y el hombre se apartó.
…Pero la sensación seguía allí.
El recuerdo de aquellos labios cálidos aún permanecía sobre los suyos. La impresión de aquel contacto seguía aferrada a él, áspera e insistente.
No era solo la ira de haber sido tocado de repente. Por alguna razón extraña, su corazón también se había sacudido.
. ݁₊ ⊹ . ݁ ⟡ ݁ . ⊹ ₊ ݁.
2- El beso de una bestia.
Tras recibir el puñetazo de Jou, el hombre se tambaleó dos o tres pasos hacia atrás… pero logró mantenerse en pie.
Solo eso bastó para que Jou se pusiera en guardia.
Aunque había sido un golpe instintivo, sin usar toda su fuerza, jamás imaginó que alguien pudiera seguir en pie después de recibir uno de sus puñetazos.
Aunque, pensándolo bien, aquel tipo había derrotado a un monstruo como el de hace un momento.
Debía de ser increíblemente fuerte.
Mientras reflexionaba sobre ello, otra duda surgió en su mente.
…Pero, ¿dónde demonios estoy?
Hasta hacía un momento se encontraba en un lugar que parecía un templo o castigo. Un gran salón de piedra con el aroma del incienso flotando en el aire, y las paredes cubiertas de extraños símbolos que jamás había visto.
Pero ahora, de repente, estaba en medio de un desierto desolado.
Jou se llevó una mano a la barbilla y meditó sobre ello.
Al parecer, aquello de estar en otro mundo era real.
Entonces recordó algo que había dicho aquel hombre de ojos entrecerrados.
“Llevarlo ante el Santo”
Si ese era el caso… ¿significaba que este hombre era ese Santo?
¿Un pervertido que le plantó un beso apenas conocerlo?
¡Ni hablar!
Jou descartó la idea al instante.
Porque un Santo debería ser algo así como alguien que emite una luz divina o que cura enfermedades, ¿no?
No alguien que te roba los labios nada más verte. El mundo estaba acabado.
Aunque, pensándolo bien, tal vez en realidad se encontraba en el fin del mundo.
Mientras Jou daba vueltas a esos pensamientos, el hombre siguió acercándose poco a poco.
Cuando acercó una mano hacia él, Jou intentó apartarla por reflejo, pero estuvo a punto de que le sujetaran la muñeca.
Eso sería un problema.
Rápidamente, deslizó sus dedos entre los del otro y los entrelazó con fuerza. La otra mano acabó haciendo lo mismo, y aquello se convirtió en una auténtica prueba de fuerza.
Parecían dos luchadores forcejeando antes de un combate.
Jou clavó una mirada desafiante hacia el hombre. Al principio pudo mantenerle el pulso, pero el otro era más alto, más corpulento y, por supuesto, más fuerte.
Si aquello se prolongaba, acabaría perdiendo.
Antes de verse acorralado, lanzó una barrida contra las piernas de su rival. Pero este la esquivó en el último instante.
Como consecuencia, Jou perdió el equilibrio.
El hombre aprovechó para atraerlo por la cintura, y aquellos ojos rojos y brillantes se acercaron tanto que casi le resultó imposible enfocar la vista.
¿Es que este pervertido está tan desesperado por besar a otro hombre?
Pero…
¡Ni pensarlo!
Con esa determinación, Jou le dió un rodillazo en el estómago.
Incluso alguien como aquel hombre contuvo el aliento por el impacto. Aprovechando el instante en que la fuerza de sus brazos disminuyó, Jou lo empujó con todas sus fuerzas.
Sin embargo, aunque el golpe había dado de lleno en el plexo solar, el hombre seguía de pie, afianzado sobre ambas piernas. Por la dureza que sintió en su rodilla al impactar, comprendió que había tensado los abdominales para bloquear el ataque.
Estaba increíblemente bien entrenado. Por sus innumerables experiencias en combate, algo le decía que el cuerpo de aquel hombre estaba hecho para luchar.
Manteniendo la distancia, lanzó una sucesión de puñetazos y patadas. Pero todos y cada uno de ellos fueron esquivados por un mínimo margen.
—¡Tch!
Jou chasqueó la lengua con frustración.
Por su parte, el hombre aprovechaba cualquier descuido para intentar inmovilizarlo, y cada vez que lo hacía, Jou le estampaba un cabezazo en la mandíbula de aquella bestia humana o le pisaba con todas sus fuerzas el empeine.
El hombre retrocedía cada vez. Pero, lejos de rendirse, volvía a extender la mano hacia él.
Una y otra vez.
Fue entonces cuando Jou se percató de algo extraño.
Aunque era él quien estaba atacando de forma insistente… el hombre no había contraatacado ni una sola vez.
Lo único que hacía era intentar abrazarlo.
Aunque, pensándolo bien, tratándose de un pervertido empeñado en besarlo, ¿no contaría eso también como una forma de ataque?
Aun así, había algo de vacilación en sus movimientos.
Era como si temiera hacerle daño.
La escena le recordó a esos documentales de animales que había visto alguna vez: una fiera macho que seguía cortejando con paciencia a una hembra que no dejaba de mostrarle los colmillos. Y detrás de aquella mirada ardiente, rebosante de deseo masculino, creyó percibir por un instante un matiz diferente.
Una súplica. Como si buscara ser salvado.
Era casi... una oración desesperada.
Incluso mientras intercambiaban golpes, en el pecho de Jou comenzó a extenderse una agitación imposible de describir, algo que no era solo ira. Y entonces….
¿Fue un descuido? ¿O simplemente terminó cediendo un poco?
Justo cuando lanzó un puñetazo que incluso él mismo consideró demasiado indulgente… el hombre ignoró por completo el golpe que presionó en su mejilla.
En lugar de apartarse, envolvió a Jou con sus poderosos brazos en un firme abrazo.
Y volvió a unir sus labios.
…Y además, una lengua se deslizó suavemente entre ellos.
Por reflejo, Jou pensó en morderla. Pero no pudo hacerlo.
Un beso de otro hombre debería resultarle desagradable.
Y, sin embargo, no sentía rechazo.
Atrapado en el abrazo de aquellos brazos gruesos, tan fuertes que parecían inmovilizarlo por completo, sintió cómo sus músculos chocaban contra los del otro.
Aquel calor le recordó la calidez de la sangre.
Se parecía al olor de la vida que había percibido tantas veces en el campo de batalla.
Pero no era solo eso.
Era un abrazo que parecía una plegaria destinada a impedir que algo se perdiera para siempre. No era suave como el cuerpo de una mujer y, aun así, había una extraña sensación de encajar a la perfección, como si ambos cuerpos encontraran de forma natural su lugar uno junto al otro.
La lengua se movió con un chasquido húmedo en su boca provocándole un escalofrío que recorrió su espalda.
Oye, Oye… ¿de verdad voy a reaccionar así por otro hombre? Qué humillación.
Y, sin embargo…
¡Estoy reaccionando! ¡No me jodas!
Una llama competitiva brilló en los ojos de Jou.
Negándose a perder, entrelazó también su lengua con la del otro y, como si lo estuviera desafiando, mordisqueó suavemente la punta de esta.
No supo si aquello había sido una buena o mala idea.
Sin separar los labios, el hombre abrió los ojos de par en par y se quedó mirándolo fijamente.
Jou también entreabrió los ojos y sostuvo aquella mirada.
El rojo estaba muy cerca. Tan intenso que parecía capaz de absorberlo. Tan ardiente y tan puro que resultaba casi doloroso contemplarlo.
Vistos de cerca, aquellos ojos tenían la profundidad espesa de un licor añejado durante largos años.
Rojos ardientes, y dolorosamente transparentes.
Los ojos rojos y los ojos negros de Jou permanecieron fijos el uno en el otro, ambos desenfocados por la cercanía.
Y en ese instante, por alguna razón, Jou comprendió de forma intuitiva que aquellos brazos que lo rodeaban eran brazos destinados a proteger.
La mano del hombre seguía apoyada sobre su espalda desnuda, sujetándolo con firmeza, sin intención de soltarlo. Y, sin embargo, temblaba ligeramente. Como si estuviera soportando algo.
Como si dijera: Si Jou no lo desea, no iré más lejos. No daré un paso más.
Después de estar sorbiéndome la boca de esa manera… ¿resulta que eres del tipo casto que se queda solo en los besos?
Una pequeña calidez brotó en lo más profundo de su pecho, acompañada de una sonrisa irónica.
Era una sensación genuinamente cálida.
Jou sonrió para sus adentros y, al final, rodeó con los brazos el fuerte cuello del hombre.
. ݁₊ ⊹ . ݁ ⟡ ݁ . ⊹ ₊ ݁.
Pasó un buen rato, y Jou seguía en aquel desierto.
Sobre sus piernas estiradas descansaba una cabeza de cabello blanco, roncando a todo pulmón.
El hombre que antes se había abalanzado sobre él no había parado de succionar sus labios como si fuera un pulpo pegado a una roca y, cuando por fin terminó, simplemente se dejó caer contra él.
No había perdido el conocimiento, solo se había quedado dormido.
Por más que lo sacudiera o le diera palmadas en las mejillas, no mostraba señales de despertar. Además, sostener continuamente aquel enorme cuerpo apoyado sobre él era agotador, así que Jou terminó acostándolo en el suelo y sentándose a su lado.
¿Y por qué ahora estaba usando sus piernas como almohada?
Porque el muy desvergonzado se había acercado arrastrándose hasta acomodar sobre sus muslos. Aunque le golpeara la cabeza y le dijera ‘pesa’, no se apartaba.
Jou empezaba a sospechar que solo estaba fingiendo dormir.
El viento del desierto era seco. En el cielo se extendían nubes grises y opacas, mientras que más allá del horizonte se agitaban oscuras sombras negras.
Aquello le recordó al monstruo que lo había atacado antes de encontrarse con ese hombre, y Jou entrecerró los ojos.
En un mundo como este, hablar de Santos o Santas probablemente no bastaría aunque uno tuviera varias vidas. Aunque, pensándolo bien… No era tan diferente de su antiguo mundo.
Justo cuando empezaba a sentirse adormecido, ocurrió algo.
El suelo cercano a ellos brilló de repente. Al mismo tiempo, aparecieron uno tras otro varios hombres envueltos en largas túnicas que arrastraban por el suelo.
Y entonces… Todos se postraron ante él.
Jou contuvo el impulso de ponerse en guardia de inmediato y exhaló lentamente, como si devolviera la ira al fondo de su estómago.
—Esta vez sí van a explicarme qué demonios está pasando, ¿verdad?
Preguntó con una voz grave y amenazante.
—Sí.
El hombre de ojos entrecerrados que estaba al frente del grupo, todos ellos inclinados hasta tocar el suelo, levantó la cabeza.
Mientras los demás estaban pálidos y temblando, aquel tipo era el único que parecía tener bastante valor.
—Mi nombre es Suin. Soy el sumo sacerdote del Gran Templo.
Según explicó Suin, el hombre que dormía sobre las piernas de Jou era, en efecto, el Santo. Y él había sido invocado a este mundo como la Santa destinada a formar pareja con dicho Santo.
Jou frunció el ceño.
—Escucha. Traer a alguien aquí sin preguntarle siquiera si está de acuerdo no se llama ‘invocar’. Se llama secuestro o rapto, ¿sabes?
Aunque, viéndolo de otra manera, había muerto y ahora estaba vivo otra vez, así que quizá debería sentirse agradecido. Por otra parte, resultaba bastante ridículo que un yakuza como él estuviera dando lecciones sobre consentimiento.
Ante sus palabras, Suin volvió a inclinar la cabeza.
—Lo lamentamos mucho. Pero nos encontrábamos en una situación urgente.
—¿Y por eso lanzaron a alguien que no entiende nada de esta situación delante de esta bestia?
Jou le dio un golpecito en la frente al hombre que seguía durmiendo plácidamente sobre sus piernas, que dejó escapar un gemido torpe.
Los hombres de largas túnicas que estaban detrás de Suin comenzaron a murmurar inquietos:
—Santo...
—¿Qué tiene de Santo?
Jou resopló. Puede que no fuera precisamente un degenerado impuro...
Bueno, no.
¡Era un pervertido que se había pasado un buen rato chupándole los labios a otro hombre!
Bufando por la nariz, volvió a mirar a Suin.
—Entonces, ¿qué son exactamente un Santo y una Santa?
Suin respondió sin vacilar.
—El Santo es la única persona capaz de purificar la Corrupción que amenaza este mundo.
La Corrupción. Al escuchar aquella palabra, Jou recordó la niebla negra de antes.
Recordó también aquella extraña certeza que había sentido: que aquella cosa podía devorar incluso el alma. Esa cosa no era un simple monstruo.
—La función de la Santa es apaciguar al Santo cuando este, tras recibir la impureza de La Corrupción en combate, se convierte en un Dios vengativo..
—¿Apaciguarlo? ¿Tengo que recitar algún conjuro o algo así?
Si era eso, aunque se tratara de una emergencia, podrían haberle enseñado primero las palabras del conjuro antes de arrojarlo allí. Por culpa de eso, ahora sus labios estaban tan hinchados de tanto que aquel tipo se los estuvo besando una y otra vez…
Mientras fruncía el ceño, Suin negó con la cabeza.
—No. Por muy poderoso que sea un usuario de magia sagrada, nadie puede apaciguar a un Santo que se ha convertido en un Dios Vengativo. La única capaz de hacerlo es la Santa.
—Entonces, ¿cómo se supone que lo haga?
—Por eso... con ese cuerpo que posee la Santa, deberá calmar la excitación del Santo... esto... bueno...
Hasta entonces, Suin había respondido con soltura y claridad, pero de pronto comenzó a retorcerse incómodo y a dejar las frases a medias, como si le costara decirlo.
Con su cuerpo.
La excitación.
¿Calmarla?
Tuvo un presentimiento horrible.
Siempre había tenido buenos instintos. No, más bien, si no los hubiera tenido, jamás habría sobrevivido en el mundo de la yakuza.
—En otras palabras, ¿estás diciendo que tengo que tener sexo con él?
—¿Sexo?
Suin inclinó la cabeza. Parece que esa palabra no existía en este mundo, pensó Jou, así que se corrigió.
—Ya sabes. Copular. Mantener relaciones sexuales. ¿O tengo que decir simplemente "hacerlo"?
—E-expresarlo de una forma tan descarada...
Suin se quedó desconcertado.
Los hombres que estaban detrás comenzaron a murmurar:
—¡A-ah...!
—¡U-uh...!
Uno se cubrió la cara con ambas manos como si hubiera visto algo que no debía ver. Otro se puso rojo hasta las orejas.
Jou los observó y suspiró para sus adentros.
—¿Son todos ustedes vírgenes o qué?
Suin preguntó con cautela:
—Entonces... ¿ha purificado la Santa al Santo?
—Soy un hombre, ¿sabes? ¿Cómo se supone que dos hombres van a hacerlo?
Con una sonrisa maliciosa, Jou le devolvió la pregunta.
Suin se quedó pensando unos instantes.
—Aunque sea un hombre, sigue siendo la Santa. Así que pensé que, gracias a un milagro obrado por los dioses, habría logrado apaciguar al Santo...
—¡¿Qué milagro ni qué demonios?! ¡Hombre o mujer, solo hay una forma de hacerlo! ¡Si eres hombre, es como si te metieran un palo enorme por el culo! ¡Duele una barbaridad! ¡Es una masacre sangrienta digna de una virgen perdiendo la virginidad!
Jou le soltó la verdad sin rodeos a aquel hombre que parecía creer seriamente que los milagros resolverían el asunto.
Desde el fondo se escucharon voces temblorosas:
—E-el culo...
—E-el palo...
Había incluso alguno al borde de echar espuma por la boca.
—Sí, definitivamente son todos vírgenes...
—Entonces, ¿la Santa se sometió a esa penitencia?
—¡¿Quién demonios le prestaría el culo a otro hombre?!
Jou respondió al instante.
Además, ¿qué era eso de "penitencia"?
A diferencia de los demás, que parecían a punto de desmayarse, Suin seguía formulando aquellas preguntas con absoluta seriedad.
Sin duda tenía agallas. Aunque las usaba de una forma tan extraña que terminaba desconcertando a Jou.
—¡Lo único que pasó fue que este tipo me estrujó entre sus brazos y se pasó un buen rato chupándome los labios! ¡Y después de eso, se quedó dormido como un tronco!
Jou volvió a darle una palmada en la frente al hombre que seguía durmiendo sobre sus piernas.
—...ngh…
El hombre soltó otra vez un gemido torpe.
Los que estaban detrás de Suin comenzaron a murmurar de nuevo.
—¿Dice que solo se abrazaron y se besaron?
—¿Y aun así logró apaciguar a un Santo transformado en Dios vengativo...?
—¿No será la Santa más poderosa de toda la historia?
Esta vez dirigían a Jou miradas brillantes, llenas de admiración. Y él no tenía ningún motivo para ser admirado.
¿Qué demonios les pasa a estos tipos?
Jou soltó un suspiro. Al mismo tiempo, bajó la vista hacia el hombre que seguía profundamente dormido.
Si aquel sujeto realmente era un ‘Santo’, entonces aquellos ojos rojos de antes habían contenido, sin duda, la locura de una bestia...
No.
¿La de un Dios vengativo?
Y aun así, si había recuperado la cordura con algo tan simple como un beso, entonces aquello era más puro; o más inocente, que cualquier ritual sagrado realizado a costa de la vida.
Al pensarlo, Jou sintió una ligera vergüenza.
—No fue solo un roce de labios.
El hombre incorporó lentamente la parte superior del cuerpo, levantándose de las piernas de Jou.
—También entrelazamos nuestras lenguas a conciencia. Y no fui yo el único que abrazó a la Santa. Al final, la Santa también rodeó mi cuello con sus brazos.
—¡No vayas por ahí haciendo informes tan detallados sobre que nos estuvimos besuqueando con lengua!
Por puro reflejo, Jou le dio otro golpe en la cabeza blanca.
Pero más vergonzoso que la confesión de que habían estado besándose con lengua era que aquel hombre hubiera revelado que él mismo le había rodeado el cuello con los brazos.
3- ¡No me llamen "Ojou-sama"!
Bueno, el hombre que por fin había despertado; el Santo, se llamaba Siguan.
Tenía veintitrés años.
¿No es solo un mocoso?, pensó Jou.
La verdad, había supuesto que era bastante mayor. No porque pareciera viejo, sino porque tenía un porte descarado y una aplastante seguridad en sí mismo impropios de su edad.
Tenía la cara de un tigre feroz.
Aunque, pensándolo bien, Jou tampoco era quién para hablar.
Él también era de esos tipos cuya edad resultaba difícil de adivinar, aunque por razones opuestas. Había superado los treinta y, aun así, la gente rara vez acertaba su edad. Y no había sido una ni dos veces que había tenido que darle una paliza a algún ignorante que lo había subestimado por parecer demasiado joven.
Mientras intercambiaban aquellas presentaciones, regresaron al templo en un instante, igual que cuando él había sido enviado al desierto.
Según explicó Suin, aquello se llamaba teletransportación.
Ya veo, así que es magia. Muy propio de otro mundo.
Después, como Jou seguía con el torso desnudo, lo guiaron a una habitación privada para que se cambiara de ropa.
Allí lo esperaba un muchacho despierto y de aspecto inteligente llamado Effi.
Era un aprendiz de sacerdote y, según le explicaron, se encargaría de servirle como paje.Por cierto, todos aquellos hombres que habían estado siguiendo a Suin también pertenecían a ese lugar: el Gran Templo.
Todos eran sacerdotes.
Effi se colocó detrás de Jou, que seguía semidesnudo. Luego juntó las manos y se inclinó reverentemente ante sus tatuajes. Después le colocó sobre los hombros una túnica blanca.
Jou se dejó hacer mientras observaba la prenda que le estaban poniendo.
Al tocarla, se sorprendió. La textura era parecida a la seda y pesaba tan poco que resultaba increíble.
A simple vista parecía una tela corriente, pero transmitía una extraña calidez.
Además, tenía un brillo misterioso, como si la luz atravesara el tejido desde su interior.
La forma de la prenda era la misma que la de las largas túnicas que llevaban los sacerdotes. Se cerraba por delante, como un kimono o una bata, y las mangas eran amplias y holgadas. Al parecer, lo habitual era llevar debajo unos pantalones anchos y cómodos, y en los pies, sandalias.
—Las vestiduras de la Santa están confeccionadas con una tela sagrada capaz de purificar la miasma de la Corrupción —explicó Effi.
Ya veo. Así que no era una simple túnica.
Con razón no sentía esa desagradable sensación de la tela pegándose a la piel.
Sin embargo, mientras las vestiduras de los sacerdotes eran de colores como azul o rojo, la que le habían entregado a Jou era de un blanco inmaculado.
El cuello y el dobladillo estaban adornados con magníficos bordados realizados con hilos azul plateado.
Aquella era, al parecer, la vestimenta propia de la Santa. Después le ciñeron a la cintura una faja azul decorada con flecos plateados en los extremos y la anudaron con un lazo sobre la cadera izquierda.
—Vamos, vamos... ¿qué clase de castigo es ponerle un lazo a un yakuza?
Pero Effi, con expresión solemne, le dijo:
—Es la marca de los dioses.
Y aquello le quitó las ganas de hacer comentarios. Además, estaba acostumbrado a que lo ayudaran a vestirse.
En su antiguo mundo, cuando debía llevar atuendo tradicional japonés, como el haori y la hakama, era normal que algún miembro veterano de la organización se encargara de arreglarle la ropa.
Su largo cabello negro fue recogido con un cordón plateado y acomodado para caer sobre su hombro izquierdo. Después, Effi le preguntó:
—¿Le gustan los dulces?
—Sí.
—¿Tiene hambre?
—Un poco.
Effi asintió. Luego volvió a juntar las manos frente al pecho y le dedicó una sonrisa.
—Entonces informaré para que preparen té, dulces y también algo ligero de comer en el salón.
—¿El salón?
—Sí. El Santo y el señor Suin lo están esperando allí.
Effi condujo a Jou desde la habitación donde se había cambiado hasta el salón. Más tarde descubriría que aquella pequeña estancia era, en realidad, una sala destinada exclusivamente a vestirse y prepararse. Pero si aquella habitación ya era impresionante, el salón era aún más lujoso. Parecía el interior de un hotel de cinco estrellas. Y además tenía una marcada atmósfera oriental.
Los sofás y las mesas bajas seguían un estilo occidental, pero estaban fabricados en ratán y decorados con delicados grabados de dragones y peonías de inspiración oriental. Los cojines estaban bordados con intrincados motivos arabescos de estilo asiático, y en una esquina de la sala destacaba un gran jarrón ornamental.
Estaba pintado en vivos tonos índigo y naranja caqui, y su borde había sido decorado con pan de oro.
Si eso fuera una auténtica pieza de Ko-Imari, ¿cuánto valdría...?
NT: Ko-Imari o Antiguo Imari es una famosa porcelana japonesa de gran valor histórico y artístico.

Comentarios
Publicar un comentario