6- La jaula Dorada
Al recibir el aviso, Siguan y Jou, acompañados por Suin y los demás sacerdotes, se trasladaron de inmediato mediante magia a la ciudad oasis de Bukka.
El lugar de llegada fue el templo de Bukka, un edificio considerablemente más pequeño que el Gran Templo.
El Sumo Sacerdote de Bukka, que los esperaba, recibió al Santo y a la Santa con una reverencia, como si el dios de la salvación en persona hubiera aparecido ante ellos. Después de unas cuantas palabras de agradecimiento y emoción, los condujo al exterior del templo.
La situación debía de ser realmente apremiante, pues la ciudad estaba completamente en silencio.
La avenida principal que se extendía desde el templo; una calle que normalmente debía de estar llena de comerciantes yendo y viniendo, estaba desierta. Todas las tiendas habían cerrado firmemente sus puertas y las ventanas estaban tapiadas con tablas de madera.
Parecía una ciudad antes de una gran tormenta.
No soplaba viento.
Más bien, el aire estaba estancado y viciado. Una pesada presión parecía oprimirle el pecho.
Jou miró de repente hacia el cielo del oeste.
Aunque no debería haber nada, percibió algo. Entrecerró los ojos y lo fulminó con la mirada.
—Es el instinto de la Santa.
Siguan, que caminaba a su lado, se lo explicó.
—Percibir la presencia de la Corrupción incluso sin que te lo hayan enseñado. Ese es nuestro poder.
—Tampoco es como ese cosquilleo en la nuca.
—¿Intención asesina?
—Así es.
Jou asintió ante las palabras de Siguan.
Jou se sorprendió de que Siguan, a pesar de llamarlo santa, supiera de la intención asesina de los humanos.
¿Acaso había alguien que quisiera atentar contra la vida del Santo que salvaría al mundo?
Si era así, significaba que Siguan no solo se había enfrentado a monstruos como la Corrupción, sino también a seres humanos.
Atravesaron la puerta occidental de la ciudad de Bukka, rodeada por altos muros.
En ese instante, los ojos rojos de Siguan se clavaron con agudeza en lo que había delante.
Los ojos de Jou también captaron lo mismo.
Fuera de la puerta, los sacerdotes de la ciudad estaban alineados en una sola fila. Todos entonaban al unísono algún tipo de cántico. Frente a ellos se extendía una pared con un patrón parecido a una red de luz.
Al otro lado había una enorme masa que formaba un remolino de un negro sombrío.
Aquella nube gris, visible incluso por encima de la pared, extendía su remolino como si estuviera pudriendo el cielo, pero parecía incapaz de atravesar la red de luz.
Suin les explicó que aquello era una barrera de magia sagrada.
Aunque no podía verlo, la piel de Jou se erizó. Todo su cuerpo comprendía que había algo dentro de aquel remolino.
—¿Qué hay dentro de ese remolino? —No podía ver qué había al otro lado de aquella tormenta negra. Pero, sin duda, había algo allí.
—Que también puedas sentirlo es parte del poder de la Santa. —dijo Siguan con una voz tranquila.
—¡Guh!
Uno de los sacerdotes que se encontraba al extremo de la fila dejó escapar un gemido y se desplomó. Al mismo tiempo que la sangre le brotaba de la boca, la barrera se deformó violentamente. Los demás sacerdotes elevaron desesperadamente sus voces al entonar el cántico, tratando de impedir que la barrera colapsara.
¿Qué se supone que debemos hacer...?, pensó Jou.
En ese momento, Siguan tomó la mano de Jou.
—La barrera ya llegó a su límite. Nosotros la volveremos a levantar. —Entrelazó sus dedos y juntó firmemente palma con palma.
—¿Qué demonios est...?
Jou estaba a punto de preguntar, pero en ese instante lo comprendió.
Un calor recorrió el espacio entre sus dos manos.
Las manos entrelazadas comenzaron a envolverse suavemente en luz. Era un acto tan simple como tomarse de las manos y, aun así, Jou sintió una conmoción que le atravesó el interior del cuerpo. No era un simple contacto; lo invadió la sensación de que algo lo atraía por completo, hasta con el alma.
Sin darse cuenta, Jou terminó extendiendo la mano junto a Siguan hacia el remolino que había al otro lado de la barrera.
No era que estuviera siguiendo el movimiento de Siguan.
Él también había querido hacerlo.
No hicieron falta palabras entre los dos.
¡ENCIÉRRALO!
En el instante en que lo pensó, la sombra gris que cubría el suelo estalló, y columnas de luz dorada se alzaron, como si atravesaran la barrera que había estado tambaleándose.
Innumerables columnas de luz rodearon el remolino, elevándose como si se erigieran sobre el páramo.
Aquello era……una jaula.
Una jaula dorada para pájaros que encerraba la tormenta.
Los sacerdotes deshicieron la barrera y, mientras se secaban el sudor de la frente, dejaron escapar un ‘¡Oooh~!’ de júbilo.
—Eso es……
—La jaula que atrapa a las bestias de la Corrupción……
—¡La barrera dorada del Santo y la Santa!
Jou también abrió los ojos de par en par, a pesar de que aquello era algo que él mismo había hecho.
Había vivido en el Japón moderno, un mundo en el que creía que no existían ni la magia, ni los milagros, ni la esperanza. No podía creer lo que estaba sucediendo ante sus ojos.
Sin embargo, ajeno al asombro de Jou, Siguan dijo como si fuera lo más natural del mundo:
—Vamos.
Sin siquiera responder ni preguntar el motivo, Jou siguió al hombre vestido de negro, que avanzaba hacia delante.
Mientras caminaban uno al lado del otro sobre la arena, Siguan dijo sin apartar la mirada del frente:
—Hay una bestia dentro. Habrá una batalla.
—Eso ya lo sé.
Después de todo, aunque fuera una bestia, Jou también había intercambiado su vida con bestias con forma humana en numerosas ocasiones.
No sabía qué clase de bestia era.
Pero, a estas alturas, ¿acaso iba a dejarse intimidar por un simple monstruo?
Entonces Jou volvió a fijar la mirada en el remolino que tenían delante.
Ahora que lo pensaba, su presencia se parecía, después de todo, a la de aquel monstruo que había aparecido cuando fue arrojado por primera vez al páramo.
Una vez, aquella bestia me atacó.
Y este hombre me salvó.
De pronto, la presencia del hombre que caminaba a su lado le produjo una extraña sensación de seguridad.
En cuanto se percató del calor que ardía en su propio pecho, Jou, por el contrario, frunció los labios con fuerza, con un gesto de fastidio.
Aunque fruncía el ceño de mal humor, aún conservaba el calor en las puntas de los dedos.
La sensación de las palmas que habían estado entrelazadas…… también.
Cuando los dos se plantaron frente a la barrera dorada, la entrada se abrió como si los estuviera recibiendo.
Como si fueran absorbidos hacia su interior, Jou y Siguan dieron un paso dentro.
Al atravesar la barrera, el agujero que había quedado detrás de ellos se cerró de inmediato.
Dentro del gigantesco remolino no había absolutamente nada de viento, como si hubieran entrado en el ojo de un tifón.
Y, en el centro, efectivamente, estaba la: Bestia.
Un enorme cuerpo del que se extendían cuatro gigantescas extremidades. De su cabeza brotaban innumerables cuernos retorcidos, y su cola, siniestra como la de un escorpión, se alzaba amenazadoramente hacia el cielo.
La mitad superior de su rostro estaba atestada de ojos brillantes, rojos, amarillos y azules, sin pupilas, mientras que la mitad inferior era una boca de un rojo intenso, abierta de par en par…sin lugar a dudas, era una criatura monstruosa.
No hacía falta que se lo dijeran. Aquella era la verdadera forma de La Corrupción.
En ese momento, Jou recordó de pronto el aspecto del monstruo que lo había atacado al principio.
—Lo primero que vi cuando llegué a este mundo fue algo parecido a una neblina completamente negra.
—Cuando la Corrupción adquiere más poder, empieza a tomar una forma concreta.
—Ya veo.
En otras palabras――esta vez era de una categoría superior a la anterior.
Jou se acomodó las mangas de su atuendo de Santa, que dificultaban sus movimientos, y cruzó los brazos.
—Entonces, ¿Tengo que acabar con eso?
Sin embargo, Siguan se apartó un paso de Jou y negó con la cabeza.
—No. Tú quédate ahí y observa.
—¿Ah?
Ante las palabras de Siguan, Jou arqueó sus bien delineadas cejas.
—¿Después de hacerme venir hasta aquí contigo, quieres que me quede mirando?
—Luchar es el deber del Santo. La Santa es quien cura las heridas del Santo.
—¿Qué? ¿Quieres que ponga la mano sobre un rasguño y diga ‘sana, sana, colita de rana~’ o algo así?
Ser un ángel vestido de blanco no era precisamente lo suyo.
Lo fulminó con la mirada, como diciéndole que lo dejara luchar, pero Siguan volvió a negar con la cabeza.
—No se trata solamente de curar heridas. El deber más importante de la Santa es―――calmar al Santo cuando se convierte en un Dios Vengativo.
—...........
Ahora que lo decía, eso también.
Jou puso una expresión amarga.
¿Otra vez tendría que besar a ese bastardo?
Por un instante, las chispas del cigarrillo de la noche anterior cruzaron por su mente.
El calor de sus labios y el calor de las palmas que acababan de entrelazarse volvieron a la vez, y Jou sacudió la cabeza sin poder evitarlo.
Como si finalmente se percatara de la presencia de ambos, la Bestia, que permanecía sentada en el centro del remolino, soltó un rugido.
La boca de aquella masa negra se abrió de par en par, revelando aquella abertura de un rojo intenso, y unos dientes plateados.
—¡Quédate ahí! ¡No voy a ponerte en peligro!
Después de esas palabras, Siguan saltó muy por encima de la cabeza de la Bestia.
Jou abrió los ojos de par en par ante aquella capacidad de salto sobrehumana.
Vio una corriente de luz verde. Jou podía percibir que tenía el poder del viento envolviendo sus piernas; ¿acaso aquello también era uno de esos poderes de la Santa? Por suerte, o eso cabía decir, parecía que el objetivo de la Bestia era Siguan.
Jou relajó un poco la postura de combate que había adoptado y contempló a Siguan y a la Bestia.
¿Quedarse aquí quieto, ¿eh?
No me gusta ni mierda…… pero bueno, veamos qué sabes hacer.
Jou se sentó pesadamente en el suelo, con las piernas cruzadas.
Dirigiéndose hacia la figura vestida de negro que había saltado muy alto, la Bestia lanzó bolas de fuego de un rojo intenso desde sus innumerables ojos.
Algunas de las bolas de fuego también volaron hacia Jou, pero él no se movió ni un ápice, apoyando todavía la mejilla sobre una mano.
Si alguna estaba a punto de alcanzarlo, bastaba con inclinar un poco el cuerpo para esquivarlas.
Esto no era diferente de una bala. Que diera en el blanco o no dependía de la suerte.
También había llegado a apuntar un arma directamente al rostro de alguien mientras esa persona hacía lo mismo con él. Jou sobrevivió y el otro murió.
Así eran las cosas.
Incluso en los últimos momentos, ambos se apuntaban con sus armas.
Un impacto atravesó su pecho. Por el rabillo del ojo, vio cómo su traje blanco se teñía de rojo intenso.
Un negro aún más profundo se extendía por la camisa negra de su oponente. Siempre vestía de negro.
Su nombre…… ¿cómo era? Ni siquiera podía recordar su rostro……
En el instante en que llegó hasta ese punto de sus recuerdos, volvió bruscamente a la realidad.
Todo su campo de visión quedó ocupado por una espalda negra.
Al mirar más allá de ella, vio que las bolas de fuego que al principio habían sido disparadas por separado ahora se habían convertido en una sola masa que se acercaba.
Si Siguan la esquivaba, impactaría directamente contra Jou, que estaba detrás de él; se encontraban justo en esa posición.
—¡Oye!
Jou se levantó sin pensarlo.
Siguan no se movió. Ante la enorme bola de fuego que se aproximaba, levantó el Kokukobau por encima de su cabeza y lo descargó hacia abajo.
El Kokukobau era un arma.
NT: El nombre del arma está escrito en kanji, 黒箍棒 que se puede descomponer como ‘Bastón del aro negro’, decidí dejarlo romanizado a partir del hiragana que aparecía al lado del Kanji.
El bastón negro que Jou había visto en manos de Siguan cuando se conocieron――decían que era un arma sagrada transmitida de generación en generación a los Santos.
La bola de fuego, semejante a una roca al rojo vivo, se hizo añicos.
En medio de la onda expansiva y las chispas que salían despedidas, Jou no cerró los ojos.
La espalda vestida de negro se alzaba frente a él como un muro inamovible.
El extremo del turbante ondeaba violentamente con el viento.
En su mente no dejaba de repetirse una sola frase.
¡Este bastardo me protegió!
La ira pudo más que la gratitud.
Él no era ninguna princesa ni ninguna señorita a la que tuvieran que proteger.
—¡No me jodas!
—¡Oye! ¡¿Qué haces?! —Ignorando el grito de Siguan, Jou salió disparado hacia delante.
Metió la mano dentro de la túnica blanca.
Su compañera, que había llegado con él cuando vino a este mundo.
Por desgracia, antes de venir a este mundo ya había gastado todas las balas. No tenía ni una sola dentro; era simplemente un trozo de hierro.
La pistola que llevaba guardada dentro de la chaqueta seguía siempre consigo.
De nuevo, una espalda negra se interpuso ante sus ojos como un muro.
¿Acaso intentaba protegerlo otra vez? ¡Maldito Santo idiota!
Echó a correr, adelantando a aquella figura de gran estatura y se plantó delante.
Apuntó con la pistola.
—Si aquí existen los milagros y la magia……¡aunque no tengas balas, dispara con agallas, compañera!
Lo gritó con todas sus fuerzas. En ese instante, el cañón de la pistola comenzó a emitir un tenue resplandor. Las puntas de sus dedos estaban ardiendo de calor, y cuando apretó el gatillo, una seca sucesión de disparos resonó.
Todas las bolas de fuego que cubrían el cielo fueron destruidas una tras otra por balas que no deberían haber existido.
Dentro de la jaula dorada resonaron estruendos y destellos de luz.
Lo que había disparado parecían ser balas mágicas. En el instante en que aquellas balas envueltas en luz tocaban algo, las bolas de fuego explotaban y se dispersaban.
El único sorprendido fue el propio Jou.
Esto ya no es la potencia de una pistola. ¿Es una bazuca?
—Bueno, es magia, así que da igual —murmuró Jou. Luego se volvió hacia Siguan y, con orgullo, sacó pecho. —¡¿Lo viste?! ¡No necesito que un tipo como tú se preocupe por mí! ¡Puedo cuidar de mí mismo!
—Qué imprudente………… —Siguan lo dijo con voz ronca.
—Cállate. No va conmigo eso de quedarme mirando.
Las miradas de ambos se encontraron.
En ese instante, la Bestia, que aún seguía en pie, gruñó.
—¡Todavía quedan! ¡Detrás de ti!
—¡Que ya lo sé!
Jou le respondió con una sonrisa, levantando una comisura de los labios.
Disparó sin siquiera mirar hacia atrás y acertó a la bola de fuego que se acercaba con un estruendo ensordecedor.
—¡Uwaaah!
—¡Cuidado!
Hasta ahí llegó su fanfarronería.
En el instante en que dio un paso hacia delante manteniendo el cañón de la pistola apuntado hacia atrás con una sola mano, pisó el borde de su larga túnica y estuvo a punto de caer.
—Por eso te digo que no te confíes.
—……¡!
El cuerpo de Jou fue sujetado por Siguan y su rostro quedó hundido contra su amplio pecho.
Sus mejillas se enrojecieron al instante. Para alguien del mundo yakuza, la vergüenza se convertía directamente en ira.
—¡No fue por mi culpa!
—¿Hmm?
—¡No fue culpa mía! ¡La culpa es de esta cosa tan larga y holgada!
Al igual que las de los sacerdotes, aquella larga túnica, cuyo borde llegaba casi hasta el suelo, era poco adecuada para luchar.
La ropa negra de Siguan, en cambio, llegaba hasta las rodillas y permitía moverse con facilidad.
Jou chasqueó la lengua y abrió el cierre de su túnica, después se quitó la prenda y quedó con el torso desnudo. Abajo llevaba unos pantalones holgados.
Estuvo a punto de arrojar la ropa al suelo impulsado por la ira, pero su mano se detuvo en seco.
La enrolló con cuidado, la sujetó junto con el cinturón y la dejó suavemente en el suelo.
—¡Esto también estorba!
También se quitó las sandalias que llevaba puestas.
Frunció el rostro ante la desagradable sensación de la arena que se metía entre sus dedos y los hacía sentir ásperos.
Los pies de Siguan estaban protegidos por unas botas resistentes.
La próxima vez haré que me consigan unas a mí también, pensó fugazmente.
Arrojó las sandalias a un lado y, como diciendo ‘ahora sí puedo moverme con libertad’, miró a Siguan.
—No bajes la guardia.
En sus labios flotaba una sonrisa que parecía de exasperación.
¡Este mocoso! ¡Me trata como si fuera un crío engreído!
—¡Como si fuera a hacerlo!
Olvidando por completo que acababa de tropezar, Jou resopló con desdén.
La batalla continuó.
La Bestia embistió con su enorme cuerpo, intentando separar a Siguan y a Jou.
Los dos saltaron para apartarse.
Al darse cuenta de que las bolas de fuego eran ineficaces, la bestia alzó su larga cola de escorpión.
Su cuerpo estaba cubierto de pelo espinoso. La mitad de su rostro eran ojos, y su cola estaba cubierta de espinas. Era como una pesadilla vuelta realidad.
Una cola tan gruesa como el torso de un hombre, se balanceaba como un látigo.
Una sombra cubrió el blanco rostro de Jou, pero no la esquivó.
Al otro lado del enorme cuerpo, podía ver el rostro malhumorado de Siguan, que lo observaba fijamente.
Seguramente estaba dispuesto a lanzarse en cuanto algo le sucediera a Jou.
¡Así que, tú quédate ahí y mira!
Mientras pensaba eso, esbozó una sonrisa desafiante al otro lado del cuerpo de aquella enorme bestia.
¿Miedo? Eso lo dejé en el vientre de mi madre antes de nacer.
Pero……quizá su corazón se mantenía extrañamente tranquilo ante ese monstruo descomunal, por aquel hombre tosco que estaba al otro lado.
Al mirar de reojo, vio que, una enorme cabeza estaba a punto de devorar de un mordisco a Siguan.
—Si le das un mordisco, ¿no estallará en llamas con un sabor súper picante?
Jou todavía tenía suficiente margen como para soltar una broma así.
Cuando tienes cerca a un tipo que tiene las agallas bien puestas como él…… su presencia resulta irritante, pero por alguna razón te tranquiliza.
La cola de escorpión cayó sobre Jou, mientras, al mismo tiempo, unas enormes fauces se abalanzaban sobre Siguan.
Un silbido……el sonido del Kokukobau al cortar el aire. Y un disparo resonó.
En ese instante……la cabeza de la Bestia salió volando.
La cola también explotó y se desgarró desde la mitad.
Los dos permanecieron en silencio, con el Kokukobau y la pistola preparados.
Sin embargo, incluso después de perder la cabeza y la cola, el cuerpo de la Bestia continuaba en pie sobre sus cuatro extremidades.
Al ver aquella figura inmóvil, Jou sonrió de lado.
Morir de pie…… hay que reconocer que el enemigo tiene agallas.
Mientras pensaba eso, Siguan dijo brevemente —Ahí viene, OJou.
—¿No está muerto? Y ya te dije que no me llames… —Estaba a punto de terminar la frase, pero se detuvo.
Sin poder evitarlo, gritó. No por miedo, sino por puro y genuino asco.
—¡Qué asco!
En todo el cuerpo de la Bestia comenzaron a aparecer innumerables ojos, uno tras otro.
Rojo, azul, amarillo……ojos brilantes, como de neón, cubrió todo su cuerpo.
Y todos esos ojos dispararon bolas de fuego en todas direcciones.
En medio de la lluvia de fuego, una sombra roja se proyectó sobre la blanca piel de Jou. Como si quisiera protegerlo, una sombra semejante a un enorme pájaro negro cubrió a Jou.
Siguan saltó, y unas llamas feroces se arremolinaron alrededor de los dos.
—¡¿Sigue vivo incluso después de que le cortaran la cabeza?!
—¡Las Bestias de la Corrupción no mueren simplemente porque les vuelen la cabeza! ¡Mientras no destruyamos el núcleo que se encuentra en alguna parte de su cuerpo!
Siguan, protegiendo a Jou con su espalda, hizo girar el Kokukobau como un molino de viento y repelió las bolas de fuego.
Jou también aprovechó los huecos que dejaba aquella defensa y disparó a las bolas de fuego que se acercaban.
—¡Podrías haberme dicho eso antes!
—¿Acaso teníamos tiempo para explicaciones?
—¡No!
Mientras intercambiaban esas palabras, los innumerables ojos seguían disparando bolas de fuego.
Jou se apartaba de la protección que formaba el Kokukobau de Siguan y, apuntando con el cañón de su pistola, atrapaba con precisión las bolas de fuego y las hacía caer una tras otra.
—¡¿Y porque perdió la cabeza ahora va y le salen ojos por todo el cuerpo?!
—No, la cabeza no ha desaparecido. Y lo mismo ocurre con la cola que destruiste.
—¡¿Qué?!
Al girarse ante esas palabras y aquella desagradable presencia, vio la cola que había cortado, enrollada como una rosquilla, rodando hacia ellos.
Las espinas de acero relucieron, mientras resonaba el sonido de las garras que desgarraban el suelo.
Si los pisaban, no solo acabarían aplastados……los atravesaría como brochetas.
Naturalmente, Siguan y Jou huyeron.
Pero, desde el lado contrario……¡la cabeza salió volando!
Flotando en el aire, abrió su enorme boca mientras lanzaba bolas de fuego desde los ojos aplastados.
En su interior se alineaban dientes plateados irregulares.
—¡¿Por qué demonios la cabeza también puede volar?!
—¡Te dije que ninguna de las dos partes había muerto!
—¡Eso también lo acabo de escuchar!
Con la cola rodando y la cabeza volando, Jou y Siguan quedaron atrapados en un ataque por ambos lados, espalda contra espalda.
La cola cubierta de espinas giraba, mientras las enormes fauces intentaban morderlos.
Pero Jou no era de los que pensaban ‘hasta aquí llegamos’. Y Siguan, que estaba espalda contra espalda con él, tampoco.
Los movimientos de ambos fueron simultáneos.
—¡Maldito bastardo!
Levantaron las piernas y, al patearlos, la cabeza y la cola salieron disparadas en direcciones opuestas.
Finalmente, la cabeza y la cola chocaron contra la barrera de la jaula dorada y rebotaron de vuelta hacia Jou y los demás.
Al verlo, Siguan murmuró: —Los encerraremos. ¿Puedes hacerlo?
—¡No nos queda otra!
Con tan solo esas palabras, Jou comprendió de inmediato qué tenía que hacer a continuación.
Era como si tuvieran telepatía.
La respiración de Siguan, los latidos de su corazón, llegaban hasta él.
No necesitaban ninguna señal. Podían moverse siguiendo únicamente aquel ritmo.
Jou apuntó el cañón hacia la cola, mientras Siguan alzaba el Kokukobau sobre su cabeza.
El arma de brillo negro fue descargada, y el gatillo de la pistola blanca fue apretado.
Al mismo tiempo, una red dorada salió disparada, enredó la cabeza y la cola de la Bestia y las fijó a la barrera de la jaula.
La Bestia se agitó violentamente, pero la luz sagrada la tenía atrapada y ya no podía moverse.
Jou y Siguan soltaron el aire al mismo tiempo y se volvieron hacia el cuerpo principal.
—El cuerpo principal todavía está ahí.
—¡Ya lo sé!
Jou asintió y observó el torso cubierto de innumerables ojos.
La verdad, daba asco. Pensar que tendría que aplastarlos uno por uno le resultaba agotador.
Dejó escapar un pequeño suspiro, y Siguan, al escucharlo, sonrió con amargura.
—Guarda algo de tus fuerzas.
Ante las palabras de Siguan, Jou estaba a punto de preguntar ‘¿Qué quieres decir?’, cuando recibió la respuesta:
—La Santa tiene el deber de calmar al Dios Vengativo.
……Ah, lo había olvidado. ¿Otra vez tendría que besar a este bastardo?
Jou frunció el rostro y bajó la mirada.
Entre las chispas de fuego, su rostro se calentó apenas un poco. Y eso mismo lo irritaba.
Mientras tanto, la Bestia seguía acercándose.
Siguan le cortó las patas delanteras y Jou destrozó las traseras a tiros.
Su sincronización era tan perfecta que nadie habría imaginado que, apenas un momento antes, Jou había estado lidiando con el conflicto de tener que besarlo.
Lo único que queda es el torso, pensó Jou mientras volvía la mirada al frente.
Pero los innumerables ojos que habían aparecido en aquel torso eran un verdadero fastidio.
Aunque habían dicho que bastaba con destruir el núcleo, en la situación actual era imposible acercarse debido a las bolas de fuego que salían disparadas de los ojos.
Mientras se protegían de las bolas de fuego mediante la barrera, Jou y Siguan fueron destruyendo los ojos uno por uno con el bastón y la pistola.
—Mierda, qué fastidio. —Jou chasqueó la lengua y miró de reojo a Siguan.
Siguan asintió.
—Es una aplicación de la barrera de antes. Podemos hacerla volar.
Solo con eso, Jou comprendió lo que Siguan quería decir.
Que sea capaz de entender lo que quiere decir este Santo que no explica una mierda…… qué irritante.
Como si hubieran luchado hombro con hombro desde hacía muchísimo tiempo, Jou comprendía la manera de luchar de Siguan.
Incluso ahora, Siguan derribaba con su arma las bolas de fuego que volaban hacia ellos, mientras las balas de Jou atravesaban otras.
—¡Si ya sabías cómo hacerlo, entonces podrías haberte encargado de esos ojos asquerosos de una vez!
—Si los hubiera destruido todos primero, ¿no te habrías molestado?
Jou se quedó callado mientras disparaba una bala al aire.
¡Mierda! ¡Este bastardo sabe perfectamente que no soporto perder!
En efecto, podía imaginar fácilmente que, si Siguan los destruía todos, él terminaría quejándose de todas formas.
—¡Lo haremos juntos!
—Sí…………—Al menos no iba a cederle la iniciativa.
Jou apretó el gatillo y Siguan blandió el Kokukobau en horizontal, de un extremo al otro.
El mismo color dorado que había aparecido cuando encerraron la cabeza y la cola salió disparado hacia el torso de la Bestia.
Solo que esta vez no era una red, sino partículas de luz.
Cada una de ellas voló hacia los ojos y los selló todos con luz sagrada.
Las partículas de luz danzando y brillando en el aire resultaban incluso fantásticas.
Y entonces, todos los ojos se cerraron, incapaces ya de disparar bolas de fuego.
Sin embargo, la resistencia de la Bestia todavía no parecía haber terminado.
—Todavía viene.
—De verdad que no sabe cuándo rendirse.
El monstruo encogió el torso, después de haber perdido sus extremidades, y comenzó a rodar pesadamente, igual que había hecho antes con su cola.
Y, para colmo, girando a gran velocidad.
¿De dónde sacaba semejante obsesión por seguir luchando, si ni siquiera tenía cabeza?
Ante el aferramiento de la Bestia de la Corrupción a la vida, Jou incluso sentió cierta admiración.
Aunque ya no tuviera espinas ni pudiera lanzar bolas de fuego, aplastarlos simplemente con aquel enorme cuerpo seguía siendo una amenaza suficiente.
Pero……ese ataque ya no significaba nada para Jou y Siguan.
Cuando Siguan blandía el Kokukobau, este se convertía en una cuchilla de viento que desgarraba la carne.
La pistola blanca de Jou también hacía volar trozos de carne cada vez que disparaba sus balas de luz.
Finalmente, el torso se convirtió en una simple masa de carne.
El cuerpo, que había estado hecho un ovillo, cayó al suelo y no se movió ni un poco.
¿Está muerto? No, tratándose de este tipo……
Justo cuando pensó eso, la masa de carne se abrió de golpe y, esta vez, mostró el vientre.
Aunque tenía ojos en la espalda y los costados, en el vientre no había nada.
Jou y Siguan observaron fijamente aquella zona, cubierta únicamente de pelo.
El vientre es, por naturaleza, una parte importante para cualquier ser vivo. Exponerlo así sería impensable a menos que tuviera intención de rendirse.
Entonces, ¿acaso esta cosa pretendía rendirse?......justo cuando Jou pensó eso, una enorme boca apareció de golpe en aquel vientre.
Había estado fingiendo estar muerto.
El cuerpo de la Bestia rodó pesadamente y, tal cual, intentó tragarse a los dos.
Pero ellos no eran de los que se quedarían ahí parados sin hacer nada.
—¡¡Ahí está!!
Apuntando al núcleo que se veía en el fondo de la boca abierta en el vientre de la Bestia, el Kokukobau salió disparado de la mano de Siguan, mientras una bala dorada salió de la pistola de Jou.
El núcleo se resquebrajó con un ‘¡crac!’, y las grietas se extendieron por todo el cuerpo.
De ellas brotó una luz dorada……y, finalmente, la Bestia se hizo añicos.
Al mirar alrededor, tanto la cabeza como la cola, que habían estado atrapadas en la red en un rincón de la jaula, desaparecieron sin que se dieran cuenta.
—¿Terminó?
El aire pareció aligerarse de repente. Cuando Jou murmuró aquello, Siguan negó con la cabeza.
—No. Todavía queda la purificación.
—¿Purificación?
Cuando Jou ladeó la cabeza, Siguan señaló el suelo.
En el suelo, que parecía haber quedado completamente limpio, había una pequeña esfera negra, aproximadamente del tamaño de una pelota de ping-pong.
Jou frunció el entrecejo al percibir una desagradable presencia procedente de aquella esfera.
Sin embargo, Siguan la recogió y, sin darle mayor importancia……se la tragó.
—¡Oye! ¡¿Qué demonios haces?!
¡Sin duda Siguan también sabía que aquello era peligroso!
Cuando Jou gritó, Siguan simplemente volvió a negar con la cabeza.
—Ese es el deber del Santo. Purificar el núcleo de la Corrupción dentro de su propio cuerpo.
—¿Estás bien?
—No estoy…… bien. —Mientras respondía con voz grave, Siguan se acercó un paso, y luego otro.
Respiración agitada. Sudor comenzando a aparecer en su frente.
Y sus ojos rojos empezaron a brillar intensamente.
Transformación en Dios Vengativo…….esas palabras llegaron a la mente de Jou.
No fue la voz de la diosa ni la intuición de la Santa. Simplemente comprendió que Siguan se encontraba en ese estado.
No queda de otra.
Jou esperó sin huir.
Tendría que volver a abrazarlo y besarlo. Pero si no lo hacía, aquel hombre no regresaría.
El Santo cae en la Transformación en Dios Vengativo porque se traga el núcleo de la Corrupción.
Y entonces, tanto su cuerpo como su mente son corrompidos por ella. Por eso necesita la purificación de la Santa.
Al pensar en ello, la figura de Siguan que se acercaba se superpuso con la que había visto cuando se conocieron por primera vez.
En aquel momento también, Siguan ya estaba luchando contra la Corrupción.
¿Qué habría pasado si no hubiera venido?
Justo cuando ese pensamiento cruzó por la mente de Jou.
—¡¿Eh?!
Un grito estúpido salió de la boca de Jou.
Siguan se había arrodillado frente a él.
Y entonces, le lamió la parte superior del pie de Jou.
—¡¿Aaaah?! ¡¿Qué demonios haces, pervertido?! —Gritó exactamente la misma frase que cuando se conocieron en aquel desierto.
Toda su determinación se esfumó en un instante.
El calor de aquella lengua le subió desde el empeine, y aunque se suponía que estaba sobre la fría arena, solo las zonas que Siguan tocaba estaban terriblemente calientes.
Jou intentó retirar el pie por reflejo, pero no pudo.
—¡Uwaaah!
Siguan le agarró firmemente el tobillo y el cuerpo de Jou terminó volcado.
—¡Jiih! ¡Ja, ja! ¡Para, me haces cosquillas!
Y por si fuera poco, cuando la parte superior ya era insoportable, Siguan comenzó a pasarle la lengua también por la planta del pie.
Cada vez que lo lamía, una sensación de escalofríos le recorría la espalda.
Cuando Jou comenzó a patalear, Siguan agarró también el otro pie y, esta vez……¡lo chupó!
—¡Uuuwaaaah! ¡¡¡No me chupes los dedos de los pies~~!!!
El Santo le estaba chupando los dedos como si fuera un bebé con un chupete.
Después del meñique, siguió con el anular.
Y además lo hacía con esmero y una insistencia desesperante, pasando la lengua por ellos y succionándolos.
Cada vez, una sensación de cosquilleo y hormigueo recorría la columna de Jou hasta el coxis.
¡No necesito semejante cortesía! ¡¡No me pases la lengua entre los dedos!!
Su respiración se volvió agitada. De su boca escapó un sonido que no se sabía si era una risa o un gemido.
Esto es malo. De verdad. ¡N-no me digas que voy a descubrir algo nuevo de mí!
—¡¡¡No quiero abrir una puerta nuevaaaa!!! —Jou lanzó un grito.
Aquel Santo bestia que se le había abalanzado sobre los labios apenas conocerse se había transformado ahora en un degenerado pervertido que le lamía los pies.
¿Por qué había terminado así?
La razón era sencilla.
Al mirar sus propios pies, Jou finalmente se dio cuenta.
Sus pies estaban cubiertos de sangre.
Aunque, mejor dicho, a esas alturas casi toda la sangre ya había sido lamida.
Además de la sensación escalofriante que le provocaba que lo lamieran, aquel ligero dolor que sentía debía de ser por eso.
Se había quitado las sandalias, había corrido descalzo y había pateado una cola cubierta de espinas. Era lógico que tuviera una o dos heridas.
¿No le dolía? ¿Acaso podía ponerse a decir ‘¡ay!’ en medio de una pelea a muerte?
Alguien que había atravesado innumerables situaciones de vida o muerte, ¿iba a mostrar debilidad por algo tan insignificante como el dolor?
Pero ¿y ahora?, eso se preguntó Jou.
Debería dolerle, pero el pie que estaba sujeto por la mano áspera de Siguan estaba extrañamente caliente.
La lengua que se deslizaba sobre su piel. Lo que sentía no era solo dolor; había algo más que le recorría la espalda con un escalofrío.
Ante la sensación de que el calor se acumulaba en lo más profundo de su coxis, Jou gimió internamente: Esto es malo.
Al mirar con más atención, descubrió que las heridas que Siguan había estado lamiendo la sangre habían desaparecido por completo.
Lo hacía con una delicadeza impropia de alguien en estado de Dios Vengativo.
Se suponía que estaba fuera de control y, sin embargo, por alguna razón no lo estaba lastimando.
Había sido así desde el momento en que se conocieron.
¿Y encima curas las heridas lamiéndolas? Maldito bastardo.
Jou se quejó mentalmente mientras observaba, entre exasperado y resignado, a Siguan arrodillado a sus pies.
Cada vez que le lamía entre los dedos, lo invadía una sensación que mezclaba cosquillas y calor.
Cuando retorcía el cuerpo, la mano de Siguan que sujetaba su tobillo apretaba con más fuerza, como si no quisiera dejarlo escapar.
Que no voy a escapar, hombre. Pensando eso, Jou relajó el cuerpo.
Entonces, como si estuviera dando los últimos retoques, el Santo, que había estado chupando el dedo gordo de su pie izquierdo, levantó la cabeza.
Sus ojos rojos se encontraron con los de Jou.
Jou resopló ligeramente.
—¿Ya estás satisfecho?
De verdad, mis dedos de los pies no son caramelos.
—……
Siguan se levantó lentamente sin decir nada.
Entonces, con sus gruesos brazos, atrajo a Jou hacia sí.
¿Ahora tocaba que lo abrazara?
Como si estuviera calmando a un bebé, Jou acarició la cabeza blanca que tenía hundida contra su hombro.
—¡Ay!
En ese momento, sintió unos colmillos clavarse ligeramente en su cuello.
Después de repetir pequeños mordiscos, Siguan succionó el cuello de Jou.
Jou frunció el rostro y acarició bruscamente la cabeza de Siguan.
—¿Todavía no se te ha quitado la costumbre de chupar? ¡Este bebé!
Hombros, clavículas, cuello. Sus labios se adherían aquí y allá.
Cuando terminaba con un lado, pasaba al otro. Exactamente con el mismo esmero que había mostrado con sus pies.
Le hacía cosquillas. Dolía. Y, aun así, el calor de los labios que recorrían su espalda era extrañamente amable.
Lo mordía suavemente, lo lamía y volvía a hacerlo, como si quisiera cerciorarse de algo.
El brazo que lo rodeaba para impedirle escapar era extrañamente gentil, hasta el punto de hacerle perder las ganas de huir.
La gran mano de Siguan recorrió lentamente la espalda de Jou, ya relajada.
Acarició el tatuaje de un lirio blanco y Kannon grabado en aquella espalda blanca, como si lo contemplara con afecto.
En cuanto se le escapó un sonido, Jou palideció al escuchar lo que había salido de su propia boca.
¡N-no, espera! ¡¡No quiero abrir esa puerta!!
Aunque lo negaba desesperadamente, la mano con la que acariciaba la cabeza de aquel Santo bestia y bebé……no se detenía.
—¿Ya has recuperado la razón?
—Sí.
Durante un rato, Jou siguió acariciando la cabeza de Siguan mientras este continuaba besando y succionando distintas partes de su cuerpo.
Después de lamerlo y succionarlo hasta quedar satisfecho, finalmente la luz de la razón regresó a los ojos rojos de Siguan.
Jou apartó su amplio pecho y se puso de pie, comenzando a buscar la larga túnica que había dejado tirada.
Entonces, de entre la ropa salió rodando una pitillera plateada.
Era aquella que el Santo había ido a comprar expresamente hasta el mercado.
Aunque fuera un Santo pervertido que le lamía y succionaba el cuerpo, un regalo seguía siendo un regalo.
Además, es tabaco valioso, se justificó mentalmente Jou, y se llevó un cigarrillo a los labios.
Sin embargo, no tenía fuego.
¿Existirían encendedores en este mundo? ¿O cerillas?
Justo cuando Jou pensó eso, una llama se encendió frente a sus ojos.
Al desplazar la mirada, vio que el fuego ardía en la punta de los dedos de Siguan.
—¿Magia?……
Jou encendió el cigarrillo con expresión exasperada y le dio una calada.
—Gracias.
Después de darle las gracias, Siguan sacó un cigarrillo de su propia y vieja pitillera de cuero y se lo llevó a los labios.
Y entonces……de un tirón, atrajo a Jou por la cintura y juntó las puntas de ambos cigarrillos.
Chis.
Saltaron chispas. Compartieron el fuego. Solo eso, y aun así, estaban demasiado cerca.
El perfil que se veía al otro lado del humo tenía una expresión extrañamente suave.
Los dos se quedaron fumando durante un rato.
—¡¿Se encuentran bien?!
Al poco tiempo, la barrera de la jaula dorada se deshizo y Suin y los demás sacerdotes corrieron hacia ellos.
—Sí, de alguna forma.
Cuando Jou respondió, Suin apartó la mirada y todos los sacerdotes se sonrojaron al mismo tiempo.
Algunos incluso se cubrieron los ojos mientras dejaban escapar un —¡A-ah, vaya……!
Oigan, no miren entre los dedos.
Jou pensó eso mientras hacía su comentario mental, pero justo cuando ladeó la cabeza preguntándose si sería problemático que la Santa estuviera fumando, sintió que le echaban una tela sobre los hombros.
Siguan le estaba colocando suavemente su larga túnica.
Ahora que lo pensaba, estaba con el torso desnudo.
Jou lo pensó despreocupadamente, pero más tarde, cuando se miró en el espejo del baño, acabaría soltando un grito.
—¡¡¡¿¿¿PERO QUÉ DEMONIOS ES ESTO??!!!
Tenía el cuello completamente cubierto de marcas de besos……no, de marcas de dientes.
Con razón aquellos sacerdotes, todos ellos inocentes vírgenes, apartaron la mirada.
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